
«Un virus woke que nos inyectan lentamente para que lo empecemos a normalizar pero que terminará destruyendo nuestra civilización»
La cultura woke parece invadir cada día parte de nuestras vidas. Un término originario de los Estados Unidos en la década de 1940. Entendido como un despertar derivado del verbo inglés “Wake”. Utilizado principalmente como alerta ante las injusticias sociales de manera especial contra el racismo.
Su origen está relacionado con las reivindicaciones de los afroamericanos Hoy en día se impone por la cultura de la cancelación “cancel Culture”, acabar con todo aquello que nos vincule con las tradiciones, los vínculos sociales o la misma historia del pasado.
Un eslogan asociado con el discurso en 1965 de Martin Luther King con su “stay woke” donde animaba a los estudiantes a permanecer despiertos para garantizar a los negros los mismos derechos que a los blancos.
La influencia real de nuestra sociedad es incitar al uso de un nuevo lenguaje “inclusivo” que pone el acento en el cambio climático, la identidad sexual y la solidaridad rediseñando nuestras fronteras donde debemos dar cabida a todos aquellos que quieren entrar.
El “militante” woke ha creado una etiqueta política donde debemos rendirnos ante la nueva izquierda con ideologías de control social. Una censura para enarbolar el globalismo.
El wokismo se ha convertido en el enemigo de nuestra maravillosa historia que pretende cambiar nuestros valores cristianos para aceptar la nueva religión del mundo occidental. Nuestras tradiciones y costumbres quieren ser descartadas en favor del autoritarismo y la decadencia.
En cierta medida lo podemos leer bajo el autor Richar Coundenhove Kalergi fundador del primer movimiento popular para una Europa Unida en su obra “El plan Kalergi” cuando antes se tenía un sentido de la responsabilidad, cultura y tradición pero la clase que gobierna carece de esos sentimientos de responsabilidad, de cultura o tradición. Y no es cuestión de racismo sino que esta cultura que nos intentan imponer en favor de una “invasión migratoria” debería convertirse en una prioridad para los Estados miembros, tomándose en serio la lucha contra la inmigración ilegal. Todos aquellos que llamen a la puerta de manera legal, cumpliendo nuestras normas, leyes sin imponer las suyas son bienvenidos, pero aquellos que no llegan con esa idea pueden convertirse en una seria amenaza para la seguridad de nuestra sociedad y nación.

Ya lo comprobamos con esa propaganda ideológica woke en la pasada ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de París, una mofa y burla del cristianismo y una normalización del movimiento LGTBQ+, un desprecio al mérito y el talento deportivo para ensalzar el imperialismo cultural woke.
Un virus que nos inyectan lentamente para que lo empecemos a normalizar pero que terminará destruyendo nuestra civilización tal y como la conocemos actualmente. El adoctrinamiento en las escuelas con la disminución de las creencias culturales y tradiciones religiosas, la exigencia para combatir un “supuesto” cambio climático, la imposición del conocimiento sobre la ideología de género. Sometidos como ya ocurre en muchos lugares de EEUU con libros escolares woke con actos sexuales explícitos desde la guardería hasta sexto grado.
Un movimiento que nació como una lucha de justicia social y ha terminado transformándose en una epidemia donde nos quieren inocular un virus de conductas sesgadas acabando con el concepto de familia donde su diseminación ha sido galopante.
Contra el virus woke solo nos queda la vacuna del sentido común.

