
«Al fin y al cabo echar de comer al ganado tiene su encanto más aún si el mismo no percibe ser tratado como tal»
Mercadona nació de pie, o lo que es lo mismo con un pan debajo del sobaco. No lo digo yo solo, lo dicen un innumerable número de profesionales del sector que atónitos asistimos al parto de un engendro raro, en donde más que ofrecer al personal un surtido complejo y variado de productos en sus lineales, imponía una nueva forma de consumir hasta ese momento jamás visto.
El comunismo distributivo consistente en la sovietización de las estanterías llegó sin pedir permiso, y pilló literalmente en Babia al resto de enseñas tradicionalistas y a los fabricantes los cuales, sufrieron en sus propias carnes como las marcas líderes, los mostradores de producto fresco o el personal especializado eran secundarios. Gracias a ellos desaparecieron los antiguos economatos, miles de mercados tradicionales, así como cientos y cientos de cadenas de distribución locales, pequeños establecimientos y tantas y tantas empresas de alimentación, servicios generales y demás añadidos al sector de la distribución, que la lista sería interminable. Pero es que las cosas son así y el mercado manda y si además está bien visto desde las altas esferas políticas, pues mejor que mejor.
Mercadona jamás tiene ofertas ni se molesta en publicar folletos, es más; se extiende capilarmente como una tela de araña lo cual logísticamente ya se ha demostrado que es la fórmula más rentable. El abastecimiento es lo primero, la amplitud de los pasillos lo siguiente para exponer el máximo producto con palets completos o medios palets. Y tener un gran parking es obligatorio pues haber quien es el guapo, que se lleva a cuestas la compra si llena un carro tan grande como los que había de toda la vida en los hipermercados.
La peña embelesada por su gran surtido de marca propia renunció al glamour de las marcas líderes que salen por la tele y fue abducida hasta el infinito. De hecho, esa manera de consumir ya no es de pobres básicamente porque desde entonces todos somos más pobres, aunque el Gobierno y sus medios se esfuercen por hacernos pensar lo contrario.
Otras cadenas que por entonces apestaban –llámese Día, Lidl o Aldi– tuvieron que espabilar y dejar de ser tan cutres buscando un modelo de tienda (lai out) mejor presentado, aunque manteniendo su esencia. Al fin y al cabo echar de comer al ganado tiene su encanto más aún si el mismo no percibe ser tratado como tal.

Estos días hemos asistido a la defensa a ultranza del despiece humano al estilo “thai” y a la difusión del amor en el supermercado. Desde luego ambos son métodos novedosos e infalibles de defender y fomentar la pasión humana. ¿La excusa? Que era la última semana de agosto, es decir, esa en la que la peña vuelve a las redes y a la televisión donde el “periodismo choni” superviviente al hastío estival sigue de guardia.
Nada cambia desde que Mercadona llegó a nuestras vidas. Los demás a rebufo sueñan con ser como él y se adaptan a los tiempos y la estupidez colectiva. De hecho la cuota de mercado de la enseña es del 25%, o lo que es lo mismo, son tendencia, son Ley, son colectivismo puro y duro, son el amor de mi vida (l’amor de ma vie) para tanta y tanta gente, que no les hacia falta vender amor a granel o en formatos grandes, pues son Hacendado en las casas, legión en la mesa y ahora también una opción para llevarse a la cama a algún alma cándida y de paso, una piña y seguramente algo más.
Así que ya lo saben queridos míos; el colectivismo sea de la índole que sea es de borregos, y los borregos generalmente son de izquierdas ya que sus líderes así lo quieren y disponen, aunque excepciones “haberlas haylas”. “Subestimamos la estupidez humana”, afirmaba Bioy Casares. Y es una verdad como un pino de grande. De la categoría absoluta, pues que mejor que ser idiotas para pasar el rato sin que les duelan prendas por ello.
![]()
Feliz día de Santo Beato Bartolomé Gutiérrez.
Españistán a 2 de septiembre de 2024.
