
«El hombre que pudo reinar es todo un canto a los perdedores, con una feroz crítica del colonialismo. John Huston hizo del fracaso una virtud»
Como hoy en día e España, las televisiones públicas y las televisiones con licencia administrativa para cubrir un servicio de interés público, no tienen ningún interés para mí, pues anoche decidí premiarme viendo una vez más «The Man Who Would Be King» (en España, El hombre que pudo reinar). Estrenada en 1975, quizá no la mejor obra de John Huston, pero una de mis favoritas, una película de aventuras diferente a cualquier otra, acerca de dos soldados ingleses de fuerte carácter. Un guion firmado por el propio John Huston y por su asistente Gladys Hill, que se toman licencias desenfadadas sobre el relato corto de Rudyard Kipling, consiguiendo una espectacular adaptación y ampliación del genial relato del ganador del Nobel de 1907, acerca de Daniel Dravot y Peachy Camahan, dos antiguos soldados británicos en India durante la época en la que el país estaba bajo el dominio de Inglaterra.
John Huston leía a Kipling desde hacía tiempo, y siempre quiso llevar a la pantalla el relato ‘El hombre que sería rey’. Allá por finales de los años 40, la intención del realizador era llevarla a cabo con Humphrey Bogart y Clark Gable dando vida a la pareja protagonista. Una gran elección, sin duda.
En la década siguiente, Huston intentó hacerlo con Kirk Douglas y Burt Lancaster, otros dos actores idóneos para los personajes. Y más tarde, Robert Redford y Paul Newman fueron los elegidos del director para protagonizar el film, pero tampoco pudo ser. Fue precisamente Newman quien sugirió los nombres de Sean Connery y Michael Caine, y a pesar de que las parejas nombradas habrían estado impresionantes en los roles —cosa que en realidad nunca sabremos, sólo podemos especular—, no hay duda de que Connery y Caine se hicieron con los papeles de sus vidas. La química entre ambos es tremenda. 120 minutos perfectos, interesantes, amenos, bien realizados y bien planteados.
Sean Connery y Michael Caine son los sargentos británicos Danny Dravot y Peachy Carnehan; arrogantes y algo descarados, dos sinvergüenzas desertores del ejército británico de la época victoriana que, hartos de ir por ahí a salto de mata, toman la disparatada decisión de hacerse reyes. El Imperio se hizo con hombres como ellos, ahora se disponen a levantar su propio imperio y van a adentrarse en el lejano país de Kafiristan. Se encontrarán con una leyenda, y uno de ellos será dios. Después, la suerte les dará la espalda. Todo un canto a los perdedores, con una feroz crítica del colonialismo y su métodos.
La BSO de Maurice Jarre le proporcionó la épica necesaria para la credibilidad del relato a esta joya rodada en Marruecos. Lo mismo ocurrió con la maravillosa fotografía de Oswald Morris recordado por muchos clásicos, entre ellos “Moulin Rouge”, “El violinista en el tejado”, “Moby Dick” y “Lolita”. Trabajó con algunos de los grandes directores, John Huston, Sidney Lumet, Carol Reed, Stanley Kubrick y Franco Zeffirelli, recibiendo el Oscar en 1971 por su trabajo en “El violinista en el tejado” de Norman Jewison.
John Huston hizo del fracaso una virtud, y del perdedor un héroe y mientras Alfred Hitchcock muestra al crimen en acción, Huston analiza sus motivos. Es más, en Hitchcock muchas veces no hay motivos, todo es un MacGuffin, un truco falso que echa a rodar la película, un hábil recurso de guion capaz de engañar al espectador para luego provocar un giro basado en aquel elemento al que éste no prestó atención. Solo es una excusa para iniciar una acción que luego va a provocar diferentes reacciones. Como el propio director afirma sobre el MacGuffin, “en historias de rufianes siempre es un collar, y en historias de espías siempre son los documentos”, algo que se encargó de demostrar en sus propios filmes.
Al recordar la película en su autobiografía An Open Book, Huston elogia a su asistente de dirección Bert Bratt por capturar los planos generales de las caravanas de camellos y los pasos montañosos. La dirección artística de Alexander Tauner también es perfecta. En una entrevista con American Heritage, el director habló de una gramática básica necesaria para filmar: “La gramática en su aplicación más amplia es la adherencia a la forma, no cambiar el estilo. He conocido directores que diseñan una escena: aquí está la cámara, tú estás aquí y tú allí. A veces incluso iluminan el decorado con antelación para ahorrar tiempo. Luego entran los actores y ruedan. Por supuesto que esto es posible, pero es muy limitante. Por lo general, hago que la gente entre, no les digo mucho, los llevo ante la lente de la cámara y dejo que se digan sus líneas unos a otros hasta que encuentro mi camino en la escena. Una vez que has encontrado la toma correcta para introducir la escena (escrito tu primera frase declarativa), entonces el resto fluye. Has encontrado la clave de toda la escena. Eso es la gramática. Además, las relaciones espaciales de las imágenes en la pantalla deben ser las que son en la vida real. Si estás filmando a personas a unos pocos pies de distancia, entonces la parte superior del cuerpo debe llenar la pantalla. Eso es lo que veríamos al mirar a alguien desde esa distancia en la vida real. Si los personajes están separados por centímetros, filmas un primer plano de una cabeza grande. De nuevo, eso es lo que el ojo ve en la vida. Y eso es gramática”.
Antes de ser cineasta, fue en su juventud boxeador, consiguiendo ser campeón de pesos ligeros en la categoría de aficionados; periodista en el diario que trabajaba su madre; pintor bohemio en París; teniente de caballería en México; escritor de relatos sobre hípica y boxeo; actor hasta los últimos años de su vida. Su carrera como director comenzó en 1941 con El halcón maltés, de Dashiell Hammett. Esta obra supuso, de un sólo golpe, el nacimiento de cinco hitos en la historia del cine: el pistoletazo de salida de John Huston como director; la aparición del cine negro como género cinematográfico; el florecer del mito de Bogart como el moderno antihéroe, ya que fue su primera película como protagonista –hasta ese momento había encarnado papeles secundarios de matón y gánster–; el mito del detective cínico, mujeriego y misógino; y el de la mujer fatal (papel de Brigid O’Shaughnessy, una asesina irresistible, protagonizada por Mary Astor).
En 1987 finalizó su carrera con la magistral adaptación de “Dublineses”, de James Joyce, y entre una y otra llevó a la pantalla obras de Carson McCullers, Herman Melville, Stephen Crane, Flannery O’Connor, Ernest Hemingway, Malcolm Lowry, Tennessee Williams y, naturalmente, Rudyard Kipling. John Huston rodó 29 películas a lo largo de su carrera cinematográfica. La Academia de Hollywood le premió en 1948 con dos Oscar por “El tesoro de Sierra Madre” (mejor director y guion); y fue candidato en otras ocho ocasiones a la mejor película. Con esta misma película su padre ganó el Óscar al mejor actor de reparto. Más tarde en 1983 dirigió “El honor de los Prizzi” película interpretada por su hija Angélica Huston y que reportó a la actriz el Óscar a la mejor actriz de reparto. No recuerdo bien si fue Orson Welles o Peter Viertel quien dijo en cierta ocasión: “La obra de Huston no es tan interesante como su propia vida”, en cualquier caso, ambos le conocieron muy bien.

