
«Anita Delgado, esa chica humilde, con aspiraciones de ser artista, nunca pudo imaginar el futuro que le esperaba tan lejos de su querida Málaga»
En 1890, año en el que nació Anita Delgado, una de las malagueñas más conocidas de la historia, la ciudad de Málaga ya había comenzado la gran reforma urbanística que, junto al aumento demográfico de la población, dio origen a una gran actividad constructiva y una considerable expansión que provocaría la realización de varios proyectos que darían a la ciudad el aspecto que hoy en día conocemos.
En estos últimos años del siglo XIX, la ciudad se recuperaba de la crisis producida por la plaga de filoxera que asoló la provincia malagueña con graves consecuencias económicas, por lo que la población en general atravesaba un difícil periodo en el que para muchos era difícil subsistir.

En la malagueña céntrica Plaza el Siglo, la familia Delgado Briones regentaba el café-teatro “La Castaña”. Este tipo de establecimientos eran locales de esparcimiento donde el vino, el baile y el cante eran los protagonistas, siendo junto con los Cafés, lugares en los que se vivía la historia de la ciudad y sus gentes.
En este ambiente nació Ana María Delgado Briones (1890-1962), que junto a su hermana Victoria, se crio en un ambiente humilde en el que no es difícil imaginar las dificultades diarias para salir adelante.
Desde muy pequeña, las hermanas Delgado se sintieron atraídas por el mundo artístico. En aquellos años, las posibilidades que ofrecía su ciudad natal para formarse en estas disciplinas eran limitadas, siendo la Academia de Declamación de Narciso Díaz de Escovar el único centro que ofrecía la posibilidad de formarse en estas materias. La Academia gozaba de una fama intachable gracias a la labor de sus primeros maestros entre los que destacan el propio Narciso Díaz de Escovar (1860-1935), los pintores Joaquín Martínez de la Vega (1846-1905) y Verdugo Landi (1870-1930) o Arturo Reyes (1864-1913). Las clases que se impartían eran gratuitas, lo que permitió a las jóvenes hermanas acudir a ellas, algo con lo que su padre no estaba de acuerdo al principio, sin embargo, la madre de las muchachas logró convencer al cabeza de familia para que aceptase el deseo de sus hijas.

Ana y Victoria asistieron varios cursos a clases de gramática, retórica, poética, literatura e historia del teatro que lamentan tener que abandonar al comenzar a ir mal las cosas en el negocio familiar y decidir sus padres trasladarse a Madrid buscando una vida mejor. Las jóvenes, a pesar de la tristeza de abandonar las clases y el ambiente malagueño en el que se habían criado, también albergan la ilusión de encontrar nuevas oportunidades que les pudieran abrir camino en su vocación artística.
Así, tras el traspaso del negocio familiar, se trasladan a Madrid donde Ana y Victoria comienzan a buscar trabajo en los locales de espectáculos más conocidos de la ciudad.
En pleno centro de Madrid, en la calle de Tetuán, existía un conocido local que durante el día se jugaba al frontón y por la noche se convertía en escenario para vedettes y cupletistas como La Fornarina (1884-1915), La Bella Chelito (1885-1959) o figuras míticas como Mata Hari (1876-1917).

Las jóvenes malagueñas deciden formar un dúo artístico dándose a conocer como Las Hermanas Camelias, que pronto gozarían de la simpatía al público asiduo al local entre los que se encontraban Ramón María del Valle Inclán (1866-1936), Julio Romero de Torres (1874-1930) y su hermano Enrique, Leandro Oroz (1883-1933) la famosa Pastora Imperio (c. 1890-1979).
No se puede decir que las chicas fueran buenas artistas, pero su carácter amable, su seriedad y responsabilidad en el trabajo, su discreción y su belleza las diferenciaba de muchas otras artistas, para las que las hermanas eran consideradas ñoñas, remilgadas y demasiado recatadas, siempre bajo la supervisión de su madre, bien atenta a los posibles deseos de intimar con ellas por parte de los clientes, con los que casi no se relacionaban.
Pocos meses después de comenzar a trabajar en el local de espectáculos Central Kursaal, Madrid comienza a vibrar; la ciudad se convierte en una auténtica fiesta con calles adornadas, llegada de personajes ilustres y espectáculos seleccionados; son los últimos días de mayo de 1906, el 31 de ese mismo mes se casan Alfonso XIII (1886-1941) y la princesa británica Victoria Eugenia de Battemberg (1887-1969).

El día 25 de mayo, Anita se dirigía al Central Kursaal cuando se produjo un alboroto en la calle Tetuán al que incluso acudió la policía. La gente, como suele ocurrir normalmente en esos casos, se agolpó y creó confusión, ocasionando algunos encontronazos entre los transeúntes. Anita, en ese desbarajuste recibió un codazo y al mirar a su lado, su mirada se cruzó con la de un caballero con rasgos orientales, de aspecto serio y con barba que se dirige a ella con un gesto amable en el que le expresaba sus disculpas, ese episodio hubiera carecido de importancia, si no hubiera sido por la historia imprevista que se produjo después.
En los días anteriores a la real boda, el Central Kursaal se animaba más cada noche, los espectáculos eran de mayor calidad y la clientela era de una clase social más elevada que de costumbre, cuando las hermanas estaban preparadas para actuar, se produjo un gran revuelo en la sala ante la llegada al palco principal de unos destacados invitados, allí se encontraba con un grupo de personas que lo acompañaban, el caballero con el que Anita tuvo el encontronazo horas antes en calle Tetuán; desde el escenario lo pudo ver.

Tras la actuación y los amables aplausos del público, desde el citado palco se oirían otros más prolongados con una clara intención de ser oídos en solitario, algo que sorprendió a las muchachas que acudieron apresuradamente junto a los camerinos con su madre. Algunos minutos más tarde apareció un hombre enviando saludos de parte del príncipe Jagatjit Singh (1872-1949), Maharajá de Kapurthala. Ante tal situación y conociendo las intenciones de muchos caballeros que cada noche se acercaban a las artistas, la señora Briones lo despidió afirmando que sus hijas no eran como “las otras”.
Durante las noches siguientes, al finalizar cada actuación de las hermanas, a nombre de Mademoiselle Anita llegarían ramos de flores y joyas con la clara intención de conquistar a la hermosa joven. Estos hechos llamaron la atención de los intelectuales que acompañaban a Valle Inclán en su palco, quienes al saber la negativa de la madre de Anita de que su hija aceptara la solicitud del príncipe de conocerla, pusieron gran empeño en conseguirlo, aunque no los consiguieron.

Por tanto, ante la negativa de conocer al príncipe por parte de Anita, bajo la influencia de su madre, fue él el que se presentó ante ella para estrechar su mano y presentase personalmente y con una clara intención, ya premeditada. Su conversación con la madre de Anita fue escandalosa para la los Delgado Briones, ya que lo que Jagatjit Singh le propuso fue darle a la familia como dote el peso de la joven Anita en oro si aceptaba casarse con él. La señora Briones y su marido trataron de ver las posibilidades ante la situación, por una parte si él estaba enamorado, la dote era importante, era un hombre rico y su hija estaba ilusionaba y de acuerdo con la propuesta, no era una mala idea aceptar la proposición, pero por otro lado, el pertenecer a una cultura tan distinta y el hecho de haber estado casado en cuatro ocasiones y haber quedado viudo otras tantas no les gustaba, sin embargo la balanza se inclinaba hacia los beneficios que ese matrimonio les podía aportar, tanto a ella como a la familia.
Los intelectuales seguidores del escritor Valle- Inclán, La Fornarina y Pastora Imperio enterados del asunto se tomaron gran interés en convencer a mamá Briones para aceptar la proposición del príncipe indio, informándole sobre su cultura y la influencia de Gran Bretaña en aquel país, lo que hizo algo más atractiva la propuesta.
El 31 de mayo todo Madrid se sumó a la celebración en las calles de la boda real, sin embargo, ese día a punto estuvo de acabar en una gran tragedia en España al producirse el atentado contra la carroza de los novios en la Calle Mayor, a manos de Mateo Morral.
Después de este triste acontecimiento se creó el caos en la ciudad y muchos invitados ilustres decidieron abandonar Madrid, entre ellos el príncipe enamorado de Anita Delgado, que partió a París donde temporalmente se instalaría. En unos días todos en el Central Kursaal quedaron consternados pues ya se habían ilusionado con la idea de la boda.

Sin embargo, poco tiempo después, Anita recibiría una carta con una proposición de matrimonio y a la que prometía ser la Primera dama de la Corte. En la misiva, le comunicaba a su vez que el enlace se llevaría a cabo según los deseos de la familia de la joven, aunque sin olvidar las costumbres y leyes del pequeño estado al que pertenecía el príncipe, a las que ella debía respetar.
Tras valorar la situación y tras la promesa de Anita de no abandonar a su familia y casarse “como Dios manda”, se acepta la propuesta de matrimonio celebrándose el 28 de enero de 1908 cuando Anita estaba a punto de cumplir dieciocho años.

La boda civil se celebró en París y después en la India, ceremonia a la que la novia llegó montada en un elefante y vestida con un sari color grosella. La fastuosa boda se realizó por el rito sij y pronto se habló de ella más allá de las fronteras del pequeño principado y muchos fueron los comentarios de admiración para la radiante Maharajaní Anita Delgado. Su belleza, elegancia y distinción no pasaban desapercibidas para los distinguidos invitados al enlace. Cambió su nombre por el de Rani Sahiba, princesa Kaur de Kapurthala.
Anita supo atender con diligencia sus deberes como Primera dama de la Corte y durante años mantuvo continua correspondencia con el escritor, investigador y cronista malagueño Narciso Díaz de Escovar con quien cultivó una excelente relación de amistad desde que fuera su alumna en Málaga. En sus cartas le contaba no solo las costumbres de aquellas lejanas tierras, también le hablaba de su vida personal y del profundo amor que sentía por su ciudad natal

Vivió en el lujoso Palacio de L´Elyse en el Punjab indio, palacio que su marido mandó construir para ella; vivió una vida dorada durante los años de su matrimonio. Durante la Primera Guerra Mundial, el matrimonio se estableció en Londres donde Anita trabajó de voluntaria y el Príncipe al servicio del ejército británico; fueron muy generosos con sus donativos a los afectados, sin embargo, las historias de amor no siempre acaban bien y en el caso de Anita y el príncipe, el matrimonio comenzó a tener problemas tras su vuelta a la India; duró dieciocho años en los que la malagueña disfrutó de una vida de lujo, fiestas, viajes y animada vida social aunque no fue muy aceptada por la aristocracia británica asentada en la India; por otro lado fue duro tener que aceptar no ser la única mujer del Príncipe.
Respecto a los motivos de su divorcio hay versiones diferentes, por un lado, hay quien afirma que el Maharajá conoció a una joven de la que se enamoró y la convirtió en favorita y por otro lado hay quien afirma que fue ella la que se enamoró de un familiar de Jagatjit Singh. Tras su divorcio mantuvo un romance con el torero Juan Belmonte (1892-1962) y después vivió un gran amor, el que fuera su secretario Ginés Rodriguez, viudo de una prima suya, que redactaría las memorias de los últimos años de Anita.
Su hijo, Ajit Singh (1909-1982), nacido un año después de su boda, sería tras su divorcio, el único vínculo con el Estado en el que reinó. Murió soltero en la ciudad de Bombay en 1982, antes de emprender un viaje a España.

Durante los viajes junto a su marido, escribió un diario que tituló “Impresiones de mis viajes a las Indias”, publicado en Nueva York en 1915. Su vida ha sido interesante para muchos y han escrito varias biografías sobre su vida, una vida llena de privilegios que, gracias a su carácter y a la educación de su marido, al que ella misma lo calificaba de “moderno”, pudo disfrutar de no permanecer encerrada y disfrutar de las actividades que le gustaban, algo no permitido para muchas mujeres en ese país y en esa época.
Tras su divorcio regresó a Europa y hasta su muerte en 1962 vivió entre París, Málaga y Madrid. En los últimos años de su vida recordaba con mucha nostalgia los años vividos en la India, sus costumbres, sus viajes y la vida tan distinta que pudo conocer allí.
Murió en su casa de Madrid, en brazos de su hijo, padecía del corazón y como bien decía una amiga: «era una mujer sin vida«.
Esa chica humilde, con aspiraciones de ser artista, nunca pudo imaginar el futuro que le esperaba tan lejos de su querida Málaga, y es que la vida sorprende cuando uno menos lo espera.

