
«En unos tiempos en los que “no se lleva” manifestarse como católico, no tengo ningún pudor en reconocer mi fe»
Por diversas circunstancias he sido entrevistado a lo largo de estos días por diversos medios a consecuencia de mi actividad docente. Cuando he manifestado que todo mi proceso vital se ha sustentado en mi búsqueda de la fe a través del Evangelio, mis interlocutores me han mirado con extrañeza.
El ser creyente impregna toda tu vida pasada, presente y futura. Es una realidad de lo que no hay que jactarse, ni tampoco que ocultarla. Es un compromiso contigo mismo y con los demás, que difiere del llamado cristianismo ocasional; ese cristianismo “sobre ruedas”, puesto de manifiesto en momentos puntuales: bautizos, bodas, comuniones y funerales.
La Iglesia Católica nació de una forma sencilla, alrededor de los humildes y necesitados. Sin darnos cuenta, ha ido derivando hacia una parafernalia en la que se evidencia más el parecer que el ser. En bastantes ocasiones, el católico se convierte en espectador de una sacramentalización que no compromete. Nos encontramos a veces en una vivencia cultural, que identifica la Iglesia con el templo. Se puede estar en el templo sin integrarse en la comunidad. Sin hacerse cargo de que, todos, laicos y consagrados, somos actores de la implantación del reino de Dios en la tierra.
Mi buena noticia de hoy surge de la llegada del nuevo Obispo de Málaga a nuestra diócesis. He tenido la oportunidad de conversar con D. José Antonio Satué. Me ha parecido un pastor cercano, sencillo pero profundo, práctico y con las ideas muy claras. Me da la impresión que se trata de un hombre que se preocupa más del contenido que del continente. Que tiene clara la labor de los seglares en la Evangelización y de la realidad de una Iglesia, que está pasando tiempos difíciles -como siempre-, a la que tenemos que hacer presente en nuestras familias y nuestros ambientes. Un buen fichaje.
Sigo pensando que el caldo de cultivo de la fe se encuentra en nuestro metro cuadrado de influencia. El mensaje se puede diluir en las grandes manifestaciones llenas de signos externos. Pero, ojo, tampoco debemos renunciar a las mismas que son muy necesarias. Este es el gran reto de nuestra Iglesia. Presentar la buena noticia a través de una comunidad cercana y acogedora. Esta Iglesia que, pese a sus defectos, nos ha seguido transmitiendo la fe. Una Iglesia de la que me siento orgulloso.

