Para HDLGP, vosotros. Por Antonio E. 

Para HDLGP, vosotros.

«El gobierno que ni siquiera defiende sus fronteras, cómo iba a afear a sus aliados preferentes por algo tan nimio como injuriar y odiar la Nación»

Recientemente hemos visto como el alcalde de Vilafranca del Penedés, socialista para más señas, no solo se reía, sino que también coreaba el grito de ¡Puta España! tras el pregón pronunciado por un despojo de tienta, cabestro o similar. Quiero pensar que dicho grito en realidad iba dirigido a su señora madre, y no a la Nación a la que muchos amamos y respetamos, como debe quererse y respetarse a la tierra que nos vio nacer, y a la que algún día volveremos para que nos cubra con su abrazo eterno. 

La cuestión no es nueva, ni en el estercolero catalán, ni en las provincias vascongadas, tanatorios sanguinolentos ambos, donde algunos velan la libertad perdida, a manos de criminales golfos meapilas y ladrones, mientras señalan con el dedo aún humeante a sus próximos objetivos, nosotros. Que este infecto y despreciable gobierno no salga a condenar esos actos de odio, sino que desde su propio partido los aliente y permita, a nadie extraña, lo atípico hubiese sido lo contrario, algo que para ellos sería inconcebible.  

Por tanto, que su colección de ratas pretorianas, estabuladas en las ondas y demás urinarios rebautizados como digitales, tampoco lo señalen, nos indican bien a las claras en qué consiste su única labor, cobrar por sacar brillo y dar lustre el orto del macarra que tan espléndidamente les paga. 

El gobierno que ni siquiera defiende sus fronteras, cómo iba a afear a sus aliados preferentes por algo tan nimio como injuriar y odiar la Nación que él, dice representar, faltaría más. La cuestión es muy clara, si un grupo de hijos de puta insulta a la Nación que tú, miserable chulo, dices representar ¿Cómo es que ni siquiera tienes la hombría o el cuajo de defender tú supuesta obligación? A no ser que estés tan de acuerdo con los injuriadores, que incluso ordenes que dichos hijos de puta alienten tales insultos. 

Lo mismo ocurre en aquella región, mal llamada “Euskadi”, desde hace décadas taberna y cuna de criminales chivatos y tarados. Que los amigachos del sátrapa rindan homenajes a sus criminales, aireen sus crímenes y les den los mismos honores que a sus gobernantes, dice muy poco y mal del rebaño que lo consiente, y de la piara que les aclama, a unos y otros. Ellos también queman banderas y alientan injurias, exactamente los mismos marranos que se rilaron estrepitosamente cuando fueron detenidos por la Guardia Civil, o por la Policía Nacional. Textual. 

Siempre lo dije, y lo sigo manteniendo, que aquello de poner la cara para que te la rompan, no sirve para nada. Ni siquiera cabe en este tema tan sangrante cualquier tipo de razonamiento, las ratas y los cerdos no razonan, gruñen matan e infectan todo lo que tocan, incluso algunos de ellos llegan a gobernar. 

Por pura lógica solo cabe cerrar los puños, y devolverles sus invectivas, que en ningún caso consiste en insultar a ambas regiones, sino a todos aquellos que, resguardados bajo el manto protector del anonimato, y de este gobierno de cobardes y sectarios, permiten que se insulte y denigre lo más sagrado que para millones de españoles representa su Nación. 

Así pues, cuando algún cerdo, vómito de rata, o vulgar hijo de siete mil padres, dilema inquietante para los que siempre creyeron que tenían uno solo, griten esas injurias, que sepan que muchos millones de españoles harán lo propio con sus madres, y demás especímenes que lo coreen, como vulgares hijos de puta que son. Denominar no es insultar, mucho menos cuando tan basurienta ralea lo pide a voces. 

¡Viva por siempre España! 

 

 

Antonio E.

“Lo valioso no es lo conseguido, lo verdaderamente importante es mantenerlo”. Nacido en Valladolid, diplomado en el noble arte de trabajar y doctorando en la disciplina más importante que existe: conseguir ser un buen español. Autor de varios libros, desde siempre me gustó leer la historia de mi país, aprenderla, estudiarla y compartirla. Su desconocimiento nos aboca, irremediablemente, a tropezar en las mismas piedras de siempre. Odio la doblez, la traición, el engaño y la cobardía, rasgos que abundan cada vez más en nuestra sociedad.

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