
«Lo mismo que se jura o se promete, se puede herir al otro, solo, con hablar. Y el “vale” puede contribuir a aplacar los ánimos. Bienvenida sea a nuestro diccionario coloquial.»
Seguramente, es la palabra más repetida en las conversaciones de los españoles actuales: “Vale”. Equivale al complaciente “OK” de los angloparlantes. También, tiene un sentido de despedida, de dar por zanjado un asunto, de concluir una argumentación. En su origen latino, «vale» era una despedida cortés. Significaba “cuídate”, otra expresión, que, ahora, se emplea mucho por influencia del inglés. Los antiguos romanos culminaban, así, sus misivas: «Si vales, bene est, ego valeo» (si te cuidas, bien está, yo me cuido).
Se recordará que la última palabra de nuestra biblia nacional, el Quijote, es esta: “vale”. Corresponde a la cortesía dramatúrgica del “he dicho”. Después de todo, Cervantes era un autor de comedias.
En la práctica, el auténtico sentido actual de “vale” es una expresión de asentimiento, de descartar cualquier tipo de conflicto verbal. Es la expresión común del famoso “consenso” de la política, trasladado a la interacción cotidiana.
En las conversaciones de todos los días, el recurso al “vale” supone quitar importancia a las cuestiones que no la merecen. Es el ejemplo de la relación de síntomas de dolencia, que tanto interesa a las pláticas entre las personas mayores, los viejos. En tal caso, el “vale” confiere cierta tranquilidad, al indicar que, de momento, uno ha sobrevivido a las peplas.
En algunos países hispanoamericanos, el equivalente al “vale” es el “ya”, con la misma idea de asentimiento, de evitar discrepancias o de terminar con ellas. En esa región es más frecuente el “OK”, pronunciado con las iniciales en inglés, que, por otra parte, se ignora a qué personaje se atribuyen. Algunos cubanos lo leen como “oca”. La cosa es quitar hierro al posible conflicto verbal.
La sociedad actual, acuciada por las escaseces, es prona a todo tipo de peleas y enfrentamientos. Las ocasiones son múltiples; se basan en la conducta del que intenta ponerse en el papel del contrincante. Tal suplantación parece algo irracional; pero, es muy corriente.
Aunque pueda parecer exagerada, la conflictividad suele ser, ante todo, verbal. Recordemos que, en nuestro tiempo, se ha llegado a tipificar el “delito de odio”. Quiere decir el que no pasa de una manifestación verbal, como una especie de desahogo. Ahí, se sitúa el “insulto”, que esconde muchas veces la envidia. Se considera que un vituperio pueda entenderse como una injuria o una calumnia, que hacen daño, si la persona afectada lo interpreta, así. Puede darse con singular acritud, incluso dentro del círculo de la parentela y, no digamos, en la parcela laboral o en la política. El conflicto verbal mínimo es “decir una palabra más alta que otra”. El paso siguiente es verbalizar una voz considerada como malsonante. Resulta misterioso el poder de las palabras, que pueden emitirse para exaltar los ánimos, y, también, para aplacarlos. Naturalmente, la clave significativa está en la intención del hablante. Es cosa que, en los casos liminares, la tiene que interpretar un juez.
Lo mismo que se jura o se promete, se puede herir al otro, solo, con hablar. No es fácil que uno se convenza de las razones contrarias, expuestas por el rival o el contrincante. En tal caso, el expediente del “vale” puede contribuir a aplacar los ánimos. Bienvenida sea a nuestro diccionario coloquial.
Amando de Miguel para Actualidad Almanzora.
