Los viejos barrenderos. Por Diego Pardos

Doña Emma, que tan bien sale en las fotos… debiera buscar a esos viejos barrenderos

«Se ve que el progreso quizá no esté muy de acuerdo con ese trato más cercano (¿”humano”, diríamos ahora?) que va desapareciendo casi sin hacerse notar»

Lo cuentan, alalimón, el Eco y el Diario de Teruel y puede leerse también en el Heraldo de Aragón. La alcaldesa, junto a su concejal de Limpieza, se fotografían radiantes ante una máquina barredora marca Ravo (que es nombre bien feo, por cierto), adquirida por el Ayuntamiento en régimen de renting, y que se suma a una flota de otras cuatro ya existentes. Ocioso es decir que dicho vehículo es pilotado por un operario municipal que, como si de un auto de choque se tratara, conduce el aparato y se lo pasa bomba girando sobre la misma baldosa como si bailara el chotis, restregando el suelo, fregando el pavimento, aspirando las deposiciones y regando los zapatos de los transeúntes. La ciudad de Teruel tiene su encanto, pequeña como es y merece, como otras capitales, gozar de una limpieza que nunca nos ha de parecer suficiente. Pero sus callejuelas estrechas, sus escaleras y escalinatas, sus cuestas prolongadas y empinadas y serpenteantes desde Las Viñas a San Julián y de San Francisco a Cofiero, expuestas a las nieves y las heladas… Esas calles parecieran reñidas con estos modernos -y carísimos- objetos de la automoción mecánica. Por las zonas en expansión, por los antiguos ensanches, por los jóvenes barrios, muy parecidos a los de las otras urbes, no es chocante sin embargo ver un molesto Ravo enlenteciendo el tránsito o subido a las amplias aceras. 

  

Pero, a la par que uno celebra con la señora Buj este avance para los turolenses, que lo será también para la brigada de limpieza, no puede dejar de añorar a los viejos barrenderos. Los viejos barrenderos eran como unos serenos sin llaves y sin farol y sin pito y sin gabán. Eran unos serenos con escoba y pala, que hacían sus largas caminatas en cuadrilla y no paraban de fumar. Su carro no llevaba los adelantos actuales. Aguantaban a la intemperie el frío viento, la lluvia vivificante y el sol inclemente. Y yo creo que limpiaban bastante bien y yo diría que eran más sufridos por no decir simpáticos, si tal cosa no fuera mucho decir. Y no presumían de ecosostenibles ni resilientes ni empoderados. Estos humildes trabajadores podían disfrutar del parque de los Fueros o los Jardincillos viendo a los niños jugar con los pájaros. En aquellos tiempos, el jubilado compraba el antiguo ABC y se sentaba a tomar tranquilamente un auténtico café en el Central admirando a las señoras gordas, a los señores bajitos con bigote, a las niñas con sombrerito y lazo que jugaban por el Retiro o la plaza de Oriente a través de los dibujos de Mingote y luego los buscaba a la salida porque le parecía que don Antonio, que era un poco de Teruel, también habría pensado en sus paisanos para pintar esas escenas costumbristas. 

Los viejos barrenderos. Fotografía del blog de Tuico.

Los barrenderos (ya he vuelto, discúlpenme) pasaban a media noche al lado del centinela que hacía guardia en el cuartel, del conserje que tomaba el aire en la puerta del hospital, del convento de monjas que ya dormían. Y era una buena hora para tomar café, acaso con un chorrito de coñac, y pegar la hebra con el guardiacivil y el celador. Yo no sé qué pensarán ellos… quizá no echen de menos aquellos trabajos; quizá celebren los últimos inventos, esas máquinas barredoras. Sin embargo en esto también se ve que el progreso quizá no esté muy de acuerdo con ese trato más cercano (¿”humano”, diríamos ahora?) que va desapareciendo casi sin hacerse notar. 

 

Doña Emma, que tan bien sale en las fotos… debiera buscar a esos viejos barrenderos (cuanto más viejos mejor, ellos han conocido los empedrados de Teruel) y posar con ellos, y decirles, antes de arrancar la nueva ravomáquina, que aunque los tiempos -como en la célebre zarzuela- “adelantan que es una barbaridad”, siguen pareciéndonos más fiables aquellos peones que recogían las hojas de los árboles usando un afilado rastrillo, y no como los de ahora, que nos ponen la cabeza del revés con ese otro horror de la tecnología que son los sopladores, ya sean eléctricos o de gasolina. El caso es hacer ruido, señora Buj, doña Emma. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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