El Quinto Mono (o Votar con la Nariz II). Por Manuel Jesús Pérez Lorenzo

El Quinto Mono

«El Quinto Mono, el de la nariz tapada, es el mono que nos interesa, porque el fango que se ha inventado el PSOE, por sí mismo no tiene olor»

 La Paseata del sábado 24 de marzo del presente año nos publicó Votar con la nariz, en el que hacíamos una referencia a la locución “votar con la nariz tapada”, explicando que uno de sus orígenes más probables era la necesidad de los votantes franceses, quienes, ante una segunda vuelta en sus elecciones presidenciales, a veces se veían obligados a votar a uno de los dos candidatos simplemente para que no saliera el otro. Y, en él, nos manifestábamos partidarios de, sí, votar con la nariz, pero no con la nariz tapada, sino al contrario, totalmente al aire, completamente destapada, para que el hedor nos pudiese alertar sobre algunos infames pajarracos que nos piden su voto una vez cada cuatro años, olvidándonos exactamente en el instante en el que echamos la papeleta en la urna. Los ciudadanos hemos quedado para ser incómodos males necesarios para nuestros nuevos señores feudales, que dicen legitimar su derecho de pernada con semejante acto glorioso, consistente en elegir una papeleta con los nombres que nos han impuesto como lentejas los aparatos de los partidos. 

 

Viene a colación (y perdón de antemano por la extensión) porque este sábado es, precisamente, la jornada de reflexión antes de las votaciones al Parlamento Europeo. Como todo el mundo sabe, en nuestro país, tenemos un día previo al día de la propia votación, en el que no puede hacerse petición del voto, o “captación de sufragios”, como se encarga de decir textualmente nuestra Ley Electoral General. Así las cosas, evidentemente, no nos vamos a arriesgar a pedir el voto, ni para la Izquierda depredadora ni para la Derecha. Y, ni siquiera, aunque se pudiese insinuar sin manifestarse expresamente entre elegir, dentro de la primera, a una ideología mala o a otra peor; ni tampoco, dentro de la segunda, entre quienes ya han gobernado y engañado a sus votantes o quienes tienen todavía limpio el principio de presunción de inocencia en su frontispicio. 

 

Así que eso no vamos a hacerlo, por mucho que nos parezca ridícula una jornada de reflexión. Por cierto, si tuviera que existir una reflexión, no se ve por qué a los ciudadanitos de a pie solamente se nos da un día para decidir sobre la patente de corso que tenemos que dar a nuestros políticos sobre nuestras vidas, nuestras libertades y nuestras haciendas, mientras que el Presidente puede tomarse cinco para sus reflexiones fake. Bueno, en realidad, tampoco se ve muy bien por qué debemos tener semejante tontería, como si el que ya estuviera decidido fuera a cambiar el signo de su voto, y como si el que no lo está tuviera capacidad de reflexionar en asuntos políticos, por el mero hecho de que los profesionales de la política nos dejen de dar la paliza un día con lo buenos que son y con todo lo que van a hacer por nuestro bien. 

 

En conclusión, no, en esta jornada no vamos a pedir el voto o captar sufragios para ninguna fuerza política. Sin embargo, sí que vamos a atrevernos a pedir que, o bien no se vote, o bien se vote con los ojos, con los oídos, con la boca y con la nariz destapados. Pero no solamente en ésta, sino en todas las convocatorias electorales. Pediríamos a nuestros compatriotas de izquierdas que un día creyeron en un partido socialdemócrata homologable y dentro de nuestra Constitución y de nuestro Estado de Derecho, que tuvieran las agallas intelectuales necesarias suficientes para romper la omertá a la que están sometidos o autosometidos. Y pediríamos a nuestros compatriotas de derechas que un día fueron ya engañados, que pensasen si los votos deben tener también dignidad o solamente practicidad (aquello tan olvidado de honra sin barcos o barcos sin honra). A los demás, no les pedimos nada. Bueno sí: a los de Extrema Izquierda que, por favor, se vayan a vivir a los países cuya ideología asesina de vidas y libertades tanto defienden de boquilla y nos dejen en paz de una vez con su tabarra trasnochada; y a los de Extrema Derecha que, por favor, se organicen en un partido fuerte y se presenten a las elecciones, para que tanto ignorante como hay entienda de verdad qué es un partido de Extrema Derecha y a qué se lo están llamando, cayendo de hoz y coz en la propaganda progre. Hay que ver, hay que oír, hay que hablar y hay que oler. 

 

Decimos que “o bien no se vote”, porque (el no votar) nos parece, seguramente, la posición más digna que podemos adoptar los sufridos siervos-electores (hasta que un utópico cambio en la Ley Electoral produjese que los votos en blanco también ocupasen escaños, para que quedasen vacíos, de modo que la desafección ciudadana para con nuestros políticos tuviese un reflejo visible y para que no tuviéramos que votar al mal menor). Lejos de suponer (la decisión de no votar) una especie de descalificación personal y de imposibilidad para poder posteriormente criticar los actos de Ejecutivo, Legislativo y Judicial, creemos que es, precisamente, al contrario: el acto de votar implica asumir democráticamente el resultado y ajo y agua. El acto de no votar es una poco práctica manifestación de rebeldía llena de dignidad; cierto que quizás solamente aceptable, cuando simplemente se está entre opciones políticas malas o peores, pero muy dudosa cuando lo que ocurre es que el sistema democrático liberal está en verdadero peligro de aniquilación por el avance de un autócrata sin escrúpulos. Pero, sí, llena de digna rebeldía 

 

Antes de echar la papeleta, hay que tener valor (nos referimos a valor, pero a valor intelectual y moral, porque, afortunadamente, todavía no estamos en la dictadura bolivariana hacia la que nos quieren llevar) y mirar para poder ver qué cosas están pasando en realidad y qué cosas nos están disfrazando u ocultando; hay que tener valor para oír, y escuchar, los cuentos que nos cuentan, cómo tratan de manipularnos, y cómo mienten con soberbia, impunidad y ya sin disfraz ni recato; hay que tener valor para hablar, para discrepar con los propios, para poder manifestarse en contra del pensamiento único y sin miedo a la cancelación woke de nuestros procustos progresistas. Y, finalmente, y de manera muy importante, hay que oler; hay que inspirar profundamente y aprehender la pestilencia que desprenden con solamente abrir la boca, porque, como ya dijimos, esa peste no puede disfrazarse todo el tiempo, ni con los perfumes más caros, salvo que te tapes la nariz. 

 

Todo el mundo conoce a grandes rasgos la historia de los Tres Monos Sabios, aunque su verdadero significado no está realmente claro. A los españoles nos suele sonar como “los monos de Gibraltar”, pero la cosa viene de mucho más lejos, en tiempo y en distancia: seguramente de la rama japonesa de una escuela budista durante el último período de la época clásica de la historia de Japón, lo que parece que lo hace mucho más trascendente que el que la cosa venga de que, simplemente, haya monos en la colonia británica y la Pérfida Albión haya querido perpetrar un robo más, esta vez de una historia. 

 

Como decíamos, parece que la interpretación de los tres monos tiene mucha enjundia filosófica, pero el pueblo japonés, en una época en la que se encontraban sometidos a la primera era de gobierno militar del país (período Kamakura, para los estudiosos), tomaba a los monitos como el resultado de lo más práctico en aquellos momentos: no querer ver, no querer oír y no querer hablar, no fuera a ser que el samurái de turno te explicase que estaba muy feo enfrentarse al presidente del gobierno, ¡uy!, digo, al shogún de la zona. Es decir, prudencia, si no miedo. Y ello es lo que parece, porque la interpretación filosófica, la de no querer ni ver el mal, escuchar al mal o hablar el mal, parece demasiado rebuscada, un pelín buenista y un poco arbitraria (no se ve por qué “el mal”, en vez de “el bien” o cualquier otra cosa que se nos ocurriese). 

 

Dicho esto, viene a cuento el título del artículo, porque hay otras tradiciones que hablan de un Cuarto Mono, que se tapa con las manos el bajo vientre, suponiéndose que se trata de “no hacer”, y, a lo que vamos, un Quinto Mono que se tapa la nariz. Y esto ya nos suena. El Quinto Mono, el de la nariz tapada, es el mono que nos interesa, porque el fango que se ha inventado el PSOE, por sí mismo no tiene olor, pero la verdadera mierda que destilan por sus bocas (verdaderas máquinas)  nuestro Presidente y cada uno de sus muñecos de ventrílocuo enloquecido, cuando salen a los medios a adoctrinar a los suyos sobre el argumentario que toca, hace cada vez más irrespirable el ambiente. Y es que nos encontramos en proceso electoral.  

 

Lo “bueno” es que hasta la mierda propia se huele. Quizás dé menos asco a los psocialistas que al resto, pero ahí está: como ya dijimos, afortunadamente además del corporal, los humanos tenemos hedor moral. Hay que apercibirse de que existe el Quinto Mono: no ver su mierda, no escuchar su mierda e, incluso, no hablar de ella, es relativamente fácil; pero soportar el olor es algo, finalmente, solamente al alcance de verdaderos profesionales. En serio, ni siquiera Sánchez puede evitar sentir su propio hedor: con su nariz de Pinocho necesitaría ser un octópodo para tapar semejante apéndice. 

 

Nuestro profundamente enamorado presidente está absolutamente desatado. Da igual que miembros de su partido ya hayan sido sancionados varias veces por la Junta Electoral Central, por utilizar medios institucionales para su propio uso electoral (medios de transporte, medios informativos públicos, CIS, ruedas de prensa del Consejo de Ministros…), y da igual que se vean de lejos los intentos a la vez pueriles y fraudulentos de influir en la consulta electoral. Todo le da igual a nuestro presidente desaforado. Está tan convencido de la inanidad mental de sus votantes, y les tiene tan poco respeto intelectual, que vuelve una y otra vez sobre sus pasos delirantes. Y todo llega ya, incluso, a preguntarnos —sin bromas ni ironías— sobre el actual estado mental del Presidente del Gobierno: otra carta. ¿De verdad otra carta a cinco días del encuentro electoral? ¿En serio? 

 

Con independencia del propio acto de volver a escribir una carta, que, de verdad, nos hace dudar del estado mental actual de Sánchez, solamente dos pinceladas sobre su contenido. Y solamente dos, porque el asco intelectual que produce el mero hecho de leerla con atención para diseccionarla hace imposible que nos podamos extender más. Se trata de dos pinceladas sobre la estrategia del partido en el Gobierno y sobre la falta de respeto que demuestra hacia la ciudadanía.  

 

En primer lugar, insiste en la consigna de negar ninguna posibilidad de delito por parte de la presidenta del Gobierno (Patxi dixit), porque el Informe de la UCO no ve indicios de criminalidad. La realidad es que, como bien afirma el Juez Instructor, se trata de un informe preliminar, que, además, la propia Guardia Civil se encarga de acotar referido a las indagaciones llevadas a cabo y la información recopilada hasta el momento (folio 103 del Informe); y, por ejemplo, hasta tal punto es provisional e incompleto, que en su folio 109 se ve cómo todavía ni siquiera habían podido corroborar la verdadera existencia de las famosas “cartas de interés y apoyo” de Begoña Gómez (me parto: auténticas cartas de recomendación o enchufe de toda la vida, claro, si hubieran sido firmadas por la esposa o el hermano de cualquier cargo público de la Derecha). Y, ello, por no hablar del Auto de la Sección 23 de la Audiencia Provincial de Madrid, que textualmente dice que existen «datos objetivos suficientes que legitiman el inicio de la investigación». Éste es el respeto a la verdad que demuestra Sánchez. 

 

Y, en segundo término, simplemente bastaría con citar unas frases absolutamente estupefacientes, referidas a Feijóo y a Abascal: “Incluso, como supimos ayer, tratar de forzar mi salida de la Presidencia del Gobierno con una moción de censura mediante una alianza contra natura. Todo les vale. ¿En serio, una alianza contra natura, y que todo les vale? ¡Lo deja por escrito el tipo que ha pactado con toda la basura del país para permanecer un cuarto de hora más en el Gobierno! Este hombre ha perdido la vergüenza, la cabeza, o las dos cosas. La cartita de marras es repugnante, que crea que los suyos tragan con todo también lo es, y que en realidad así sea no lo puede ser más.  

Hoy nos invade un ingenuo y esperanzado halo de optimismo

Sin embargo, hoy nos invade un ingenuo y esperanzado halo de optimismo. Todo es tan burdo, todo es tan insultante para la inteligencia, todo es tan humillante para aquéllos a los que Sánchez se dirige y de los que se burla, que es imposible que no termine pasando factura. Nunca se sabe cómo resultarán estas Elecciones, pero, en realidad, son una estación más en el camino de la desaparición del autócrata, porque me da en la nariz que va a ser, quizás, la última vez que consiga seguir engañando a todos los suyos (y porque para ahora ya es demasiado tarde para romper una inercia de voto ya decidido desde hace mucho). Pero todo es tan asqueroso a todos los sentidos que es imposible que, para la próxima ocasión, puedan seguir funcionando su cara dura y sus mentiras cada vez más desvergonzadas. 

 

Los dos profundamente enamorados ¡de las cartas! (las de a la ciudadanía y las de enchufe), huelen ya que apestan a final, a poco que al Quinto Mono le destapemos la nariz. Y hablando de narices, ¿no daría para muchas metáforas ver las fotos de un mono con la nariz grande, grande, a lo hijo de Gepetto, execrando mierda, y de unos payasos con su nariz roja emitiendo votos serviles? Pues, eso, feliz jornada de reflexión; que, como decíamos, esto va de narices. 

Manuel J. P. Lorenzo

Soy doctor en Derecho, abogado desde hace más de treinta años y empresario, y fui muchas más cosas, que son las que me han traído hasta aquí. Crecí de niño en el barrio de Usera de Madrid, fui Inspector de Policía en lucha antiterrorista en el País Vasco de los 80’, estuve preso y conocí once cárceles, defendí a algunos de los mayores narcos de España y mantuve contactos con servicios secretos y de información nacionales e internacionales. El resto no ha prescrito. Me gusta leer, escribir y ver series, sobre todo americanas; estudiar ajedrez y hacer deportes bestias de contacto; comer con mis amigos y reírme de mis enemigos; pensar que, como cuando era joven, sigo siendo inmortal y que, cuando llega la época de las renuncias, es mejor tener muchas cosas que dejar atrás que no haber tenido ninguna. En definitiva, un camino de mil kilómetros, que va, por lo menos, por el seiscientos sesenta y seis.

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