El amo del cortijo. Guía práctica para ser un cacique exitoso en el siglo XXI. Por  Fernando M. Gracia 

El amo del cortijo.

«Aquí te traemos una guía práctica y, por supuesto, absolutamente seria para convertirte en el perfecto cacique contemporáneo»

¿Alguna vez te has preguntado cómo esos venerables «amos del cortijo«, también conocidos como caciques, logran mantenerse al mando sin mover un dedo (bueno, quizá uno o dos para firmar algún decreto arbitrario)? Es una auténtica obra de arte, digna de estudios doctorales y de las más elevadas consideraciones filosóficas. Pero, como sabemos que lo tuyo no es perder tiempo en menudencias, aquí te traemos una guía práctica y, por supuesto, absolutamente seria para convertirte en el perfecto cacique contemporáneo. Porque, claro, los tiempos han cambiado, pero el «cortijo» sigue siendo el mismo… solo que ahora tiene Wi-Fi. 

Paso 1: El título es todo, ¡todo! 

Antes de comenzar, necesitas un buen título. Nada de modestia. Olvida esos apelativos democráticos como «líder comunitario» o «gestor local». No, lo tuyo es «El Gran Amo del Cortijo», «Su Excelentísima Majestad del Pueblo», o si quieres algo más casual, «El Jefe Supremo». Porque aquí, más que mandar, se trata de aparentar que mandas (y que te sigan la corriente, claro está). 

El éxito del cacique moderno está en lograr que la gente te llame «Señor» o «Don», y que lo haga con una sonrisa, aunque sea nerviosa. ¿Qué? ¿Qué estamos en pleno siglo XXI? Eso no importa. La historia se repite, y tú eres su protagonista. 

Paso 2: El cortijo, ese reino tan tuyo 

Tu cortijo puede ser una ciudad, un pueblo o simplemente un puesto en la administración pública, ¡todo vale! Lo importante es que los habitantes de tu “reino” comprendan bien las jerarquías: tú arriba y los demás… bueno, en algún lugar bajo tus botas. No es necesario que sepan dónde están, lo fundamental es que nunca lleguen a donde estás tú. 

Hay ciertas reglas no escritas que debes seguir. Por ejemplo, nunca, bajo ninguna circunstancia, debes delegar responsabilidades. ¡Eso es de flojos! Lo tuyo es vigilarlo todo desde tu trono (léase, despacho), con una buena taza de café en la mano, mientras das instrucciones vagas que nadie entiende. Después, cuando las cosas inevitablemente salgan mal, podrás señalar a alguien como el culpable. Porque, claro, la culpa nunca será tuya. ¡Esa es la regla de oro! 

Paso 3: El arte de no hacer nada (pero parecer ocupado o estarlo pero en algo de propio beneficio personal) 

Este es quizás el punto más crítico. Ser un cacique no significa que debas trabajar, ¡por favor! Lo que necesitas es perfeccionar la técnica de aparentar estar tan ocupado que nadie se atreva a molestarte. Ahí es donde entra en juego el viejo truco del «reunión permanente». Los caciques siempre están «en una reunión importante», aunque en realidad estén viendo vídeos de gatitos en YouTube. El objetivo es que parezca que estás resolviendo los problemas del universo, cuando en realidad solo estás evitando que te los traigan. 

Pro tip: si alguien se atreve a interrumpirte, usa una frase como «estamos trabajando en ello». Esta joya lingüística transmite compromiso sin prometer nada. Y lo mejor es que nunca se espera que expliques exactamente qué es «ello». 

Paso 4: Rodearse de acólitos (y asegurarse de que te rían las gracias) 

Ningún cacique es tal sin una buena corte de acólitos. Debes rodearte de personas que siempre digan que sí a todo lo que propongas, aunque sea una idea tan disparatada como construir una estatua de ti mismo en el parque central. Es fundamental que cada vez que lances una frase pseudo-filosófica (como «El poder es como el agua: siempre fluye hacia quien tiene el vaso más grande»), tu séquito suelte una carcajada o, al menos, un sonoro aplauso. 

Si eres de esos caciques generosos, puedes ofrecerles algún puesto sin importancia pero con mucho nombre, tipo «Coordinador General de Asuntos Imaginarios». ¿Qué no hacen nada útil? ¡Tampoco lo haces tú! Lo importante es mantener la ilusión de que todos están trabajando. Y si alguien te acusa de nepotismo, no te preocupes. Siempre puedes responder con un: «Es que confío en mi círculo cercano». Así, sin más. 

Paso 5: Las elecciones (o el arte de ganar siempre) 

Llega el momento de las elecciones, ese fastidio democrático que interrumpe la tranquilidad de tu dominio. Pero no te preocupes, la historia te respalda. Los caciques siempre han sabido cómo manejar estas molestas cuestiones. Si ya tienes el control del cortijo, lo único que necesitas es asegurarte de que el sistema esté convenientemente «adaptado» a tu favor. 

Aquí entra en juego el viejo truco de la «participación controlada». Asegúrate de que los ciudadanos que te adoran (o que más temen perder tu favor) acudan a las urnas en masa. Organiza algún tipo de «evento» justo antes de las elecciones. Puede ser un partido de fútbol patrocinado por tu generosidad o, si prefieres algo más discreto, un nuevo plan de pavimentación de la carretera que nunca se va a terminar, pero que luce espectacular en los carteles. 

Y por supuesto, no olvides esa maravillosa estrategia de anunciar obras que jamás empezarás. Un parque temático en el pueblo, una autopista que conectará todas las aldeas vecinas o, por qué no, ¡un aeropuerto internacional! Todos estos proyectos generarán la suficiente ilusión como para que la gente piense: “Bueno, si votamos por él, tal vez esta vez sí lo haga y si no es nuestro cacique de cabecera. El de siempre, el de familia”. 

Y en cuanto a los oponentes… aquí se pone interesante. Asegúrate de que la oposición, si es que existe, sea débil y fragmentada. Si hay algún candidato con posibilidades reales de hacerte sombra, recurre a un pequeño truco: infiltra a alguien más que divida los votos del opositor o, mejor aún, organiza una campaña de desinformación (está plenamente asumido eso del bulo del bulo). Es increíble lo que unos rumores bien colocados pueden hacer por tu causa. Una insinuación sobre la moral dudosa del rival o sus conexiones “sospechosas” con algún grupo impopular siempre obra maravillas. 

Recuerda, también, que si la situación lo amerita, puedes controlar el acceso a la información. Quizás una repentina «falla» en los sistemas de comunicación el día del gran debate o algún evento inesperado que te obligue a suspender las discusiones públicas. Todo en nombre de la seguridad, por supuesto. 

Finalmente, si alguna vez sientes que el margen de tu victoria podría estar en riesgo, no dudes en aplicar un pequeño «ajuste» en los resultados electorales. Un voto por aquí, otro por allá, y antes de que te des cuenta, estarás celebrando tu reelección como el líder indiscutible del cortijo.  

 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

Artículos recomendados

Deja un comentario