Roto y elegante. Por Julio Moreno López

Elegancia rota

Cuando ensayen los colegas las palabras que dirán el día de mi funeral. Cuando no sepa la orquesta la canción que te escribí, cuando las casas de apuestas no den un euro por mí, cuando cierren las cantinas y el laurel de mi corona, sea de espinas”. (“Un último vals”. Joaquín Sabina). 

 Recuerdo cuando mis padres, después de trabajar todo el día en una tienda, su tienda, con el sacrificio y el abatimiento que conlleva y que yo, entonces, desconocía, nos llamaban por teléfono a mí, y a mi hermano Javier, y nos decían “venga, vestíos, que hoy vamos al Wendy”, y automáticamente, a la carrera, nos preparábamos y nos asomábamos a la ventana de su dormitorio, que era desde la única que se veía llegar el coche, aquel Seat Supermirafiori, en el que venían las dos personas que más me han querido y que más me querrán en mi vida, con su mejor sonrisa, para llevarnos al ya desaparecido Wendy´s de la calle Narváez, de Madrid. 

 

No sé si ustedes recordarán los Wendy´s. A fin de cuentas, no dejaban de ser otra cadena de comida rápida, como el McDonalds y el Burger King, pero un día, de la noche a la mañana, cerraron y desaparecieron de Madrid, puede que de España, sin dar un comunicado de prensa, como ha hecho esta semana la marca Oreo. Bueno, lo de Oreo ha sido una campaña publicitaria. En realidad no se va de España, sino que cambia su receta y su imagen. Ha sido un poco como la carta de Pedro Sánchez, que tampoco se ha ido, ni ha cambiado de imagen, ni su receta, ni nada de nada, pero campaña publicitaria sin duda que lo ha sido. Tan mala como la de Oreo. 

 

Después de aquellos maravillosos años, Wendy´s desapareció; más tarde, aunque no mucho, desapareció el Seat y finalmente, desaparecieron mis padres. Es lo que tiene la vida, que todo desaparece, todo caduca. La cuestión no es que todo lo que hay a tu alrededor vaya cayendo como un castillo de naipes. La verdad de todo esto, la conclusión final, es que un día seremos nosotros los que caeremos, irremediablemente, porque ninguno vamos a salir vivos de esta locura, de esta mentira cruel, que es la vida. Y lo peor es que, sin lugar a dudas, a mí cada día me importa menos el oscuro abismo. Y además, a pesar de mi educación católica, le pido a la providencia que después de la muerte no haya nada. 

 

En serio, piénsenlo. ¿para qué queremos otra vida?. En mi opinión, ya hemos tenido bastante con joder esta. Si hay algo que la experiencia me ha enseñado es que el ser humano no gana con los años, no se va perfeccionando, no va a mejor. Y no me refiero a los diferentes desempeños profesionales o artísticos. Me refiero a la esencia de cada uno como persona, como ser humano. Podemos pensar que en el más allá alcanzaremos la perfección, y todo será armonía, en barrios residenciales, con casitas unifamiliares con jardín, donde cultivaremos por toda la eternidad el intelecto, el amor y la bondad. Sí, yo me imagino el cielo así, si me pongo a imaginarlo, porque vivir entre nubes, con la música de los querubines sonando en un cielo sin noche y día, sin Corte Inglés y sin bares, por toda la eternidad, muy al contrario de lo que pudiera parecer, sería el infierno o, al menos, sería un coñazo mayúsculo. 

 

Tal vez lo mejor sea desaparecer, inexistir, si me permiten el vocablo. Descansar de una vez, dejando aquí todo lo que hemos portado y soportado a lo largo de la vida; sin tener que rendir cuentas, ni comparecer ante el inapelable juicio de ningún Dios; Aunque no sé que es peor, porque a los musulmanes les esperan setenta y dos vírgenes. Eso significa convivir con, al menos, seis mujeres con la regla al mes, de media. No quiero ni imaginarlo. A ver si va a ser que hay algo “lost in translation”, perdido en la traducción, para los que no sepan inglés y hemos confundido el paraíso con el infierno. Es probable, ya que para el hebreo, el arameo o cualquiera que sea el idioma de origen de los libros sagrados no creo que sea fácil encontrar un diccionario. 

 

También hay quien opina que la tierra es en realidad el infierno, donde venimos a pagar por nuestros pecados de otras vidas, pero yo no creo en esta teoría. ¿Que por qué? La tierra tiene demasiadas cosas bonitas, si sabemos mirar con los ojos y el talante adecuado; además, un lugar en el que uno se puede tomar un buen ribeiro bien frio no puede ser el infierno, en ningún caso.

 

En fin, cuando escriban mi obituario, recuerden que no me iré con pena. Tampoco es que tenga ganas, seamos honestos, pero ya he vivido cosas que no pensé que viviría, en positivo y en negativo. Mi cuaderno no está en blanco, y a veces ya me siento demasiado cansado. 

 Recuérdame por lo que supe dar, y no por lo que digan los demás. Y todo lo que espero, un te quiero sin frenos y una cantina donde descansar. Imaginando lo que pudo ser, me voy con el mañana y el ayer. Ya me han movido el coco, ya no estoy puto loco. Mejor perderme que retroceder”. (“Roto y elegante”. Taburete). 

 

@elvillano1970 

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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