La Pintura de los días por Mila Soyyo. Hoy, «Una tarde de verano»

¡MUY BUENOS DÍAS

Amanece, te asomas a la ventana y ves que el otoño avanza y no obstante, podemos trasladarnos unos minutos a otra época del año. Os sugiero una tarde de verano, tal vez un  día de septiembre y ¿Porqué no? Acompañarnos siendo como es jueves, a Guirong Fu  y a mí en esta aventura. 

¡Sí! Lo he dicho bien,  hoy tengo el honor de compartir este saludo con un colaborador desde hace ya unos cuantos años, de esta revista digital. Nietzsche,  es su avatar en la red social de X, como bien dice: «No hay en mí afán de ocultamiento, pero va con mi talante el anonimato.» Del que también os diré que muestra un gran interés por el humanismo, la buena literatura y el ámbito entero de la psicología.

Daniel Ridgway Knight. Filadelfia (Pensylvania) 1839- París 1924. Paisajismo, pintura de género. Realismo. Sus obras retratan una forma de vida rural, con gran maestría y realismo. Estudió en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania. Viajó a Francia y se familiarizó con RenoirSisley y Monet. Estalló la guerra civil en Estados Unidos, se alistó al Ejército de la Unión y al finalizar la guerra, volvió a París para terminar sus estudios de pintura. En 1870 se trasladó a Filadelfia, donde conoce a la que fue su mujer Rebecca Morris y cuando tuvo una estabilidad económica gracias a sus trabajos de pintura, decidieron volver a Francia, para pasar el resto de sus vidas.

Daniel Ridgway Knight, 1897. «Una tarde de verano» Óleo sobre lienzo

«Una tarde de verano» Por Guirong Fu 

Él, ‘sentado en el banquillo’, el bello rostro de ella admira

-apenas soportan, sus flacas piernas, el peso de su pasión-.

Ella, entretanto, atiende, sin ver nada, a no se sabe qué lejanía,

en el intento vano de ocultar la tierna caricia de su propio rubor.

Pasan siglos y milenios, y si hay en el mundo una estampa fija,

es, esa, la de dos enamorados ante el altar de su sagrado amor;

y poco importa el paso de los años y las estaciones por su anatomía:

allí donde ellos moran no llega el frío, ni alcanza la calor;

bajo el sol más tórrido o cercados por el rigor de la noche más fría,

a su glorioso e inefable sentimiento ambos se abrazarían

antes que distraerse un ápice de su mutuo y sagrado fervor.

Hay, sí, un algo mágico y de puro milagro en cualquier obra divina;

y en toda alma absortamente enamorada parece estremecerse Dios.

«Una tarde de verano» Por Mila Soyyo 

Era su rincón perfecto, calma en el ambiente,  un lugar tranquilo para reposar

y poder decirse tantas cosas bellas, planear futuro, sin dar de que hablar.

Quedaba una pizca de sol, ha de iluminar, pronto la luna les iba  a eclipsar.

 

Fer, se llamaba él,  no buscaba más que tenerla delante y poderla mirar

An, frágil como el mar, cuando el oleaje se vuelve tranquilo y se deja llevar.

Conformaban las notas escritas, de una canción que no tiene aristas

es circular,  se conjuga en paciencia,  cariño, ternura, un saber esperar.

 

Algo más, mostrarse respeto,  las dudas dejar,  rozar hasta el cielo, vivir a un compás.

***

Mi agradecimiento a Guirong fu,  por su aventuroso ánimo al realizar su hermoso escrito. Extiendo mi agradecimiento a Manuel Artero,  por dejarnos este espacio para contar y publicarlo después. 

Desde vuestra revista digital La Paseata os deseamos que tengáis un maravilloso jueves. Recordar: Cuando hay amor, no hay batalla perdida, porque no hay guerra hallada.

MMB 

Mila Soyyo

Nací en Madrid, hace ya unos años. Soy administrativa de profesión pero tengo claro que lo mío son los retos. Siempre aprendiendo, y disfrutando de todo lo que me gusta y me hace vibrar. De todo aquello en definitiva que consigue que sienta, de lo diferente, lo que no está escrito, lo que nadie espera y está ahí deseando que tu lo descubras... Y te aseguro por experiencia que llega.

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