«Elgar se retiró al campo para componer su magistral concierto para violonchelo y desde allí nos dejó para siempre, con la forma de la belleza, la actitud de un hombre ante la vida»
En esta mañana de Santa Cecilia, el día de lo músicos, el concierto para violonchelo de Elgar, Op. 85 (su última obra maestra orquestal) resuena en mi salón. Y lo recomiendo a todos los seguidores de La paseata. El compositor inglés lo escribió en 1919, justo después de la catástrofe producida por la I Guerra Mundial, que destruyó para siempre el mundo que él y millones de europeos habían conocido.
El compositor ingles, archiconocido por «Pompa y Circunstancia», se había hecho famoso por «Las variaciones enigma» , dedicada a los catorce amigos que le inspiraron la obra, y que desde su estreno, en 1899 ha desarrollado un mundo mágico de enigmas y teorías a su alrededor. Un auténtico enigma teórico y musical, en el que la melodía no está escrita en la partitura pero suena, que nos da cuenta de la psicología de este compositor amante del ciclismo y la romántica relación del ser humano con la naturaleza.

Alguien preguntó en una ocasión a Elgar sobre el significado interno del Concierto para violonchelo, considerado hoy uno de los mejores de la historia musical, a lo que el compositor contestó: “Es la actitud de un hombre ante la vida».
Existe un lazo invisible entre los artistas y el lugar de su creación y compruebo desde hace ya mucho tiempo, que muchos de los grandes artistas de la humanidad, utilizaron para desarrollar sus ideas la lejanía de la ciudad y encontraron, precisamente, en el concepto de cabaña su ideal para convivir con las musas. Elgar se retiró al campo para componer su magistral concierto para violonchelo. A su casa de Brinkwells de Fittelworth, en el condado de Sussex, y desde allí nos dejó escrita y para siempre, con la forma de la belleza, la actitud de un hombre ante la vida.


