
“Señorita Rocanroll, me envolviste el corazón. Que no acabe septiembre nunca más, que está esperando por los dos. Mientras te sacudes las penas, y me regalas tu canción, otros mordieron la arena, señorita Rocanroll”. (“Señorita Rocanroll”. Borja Casado).
En estos años locos que llevo inmerso en el mundo de la comunicación, que ya van para un lustro, me han pasado cosas asombrosas y magníficas. Es verdad que aun no he abandonado la sensación, como dice Mecano en su canción ”el uno, el dos y el tres”, de ser esa polilla que de tanto dar contra el cristal se ha colado en la bombilla, pero también es muy cierto que el magnífico colectivo de los titiriteros, al que me honro de pertenecer, me ha acogido con los brazos abiertos y nunca jamás me ha hecho sentir como un advenedizo, sino como uno de los suyos. Los artistas en particular, los creadores en general, me han demostrado tener una amplitud de miras y un espectro de afinidades tan amplio que, muchas veces, aún me llega a sorprender.
No voy a negar que, moverme entre esta gente brillante, almas inquietas que no paran de idear cosas magníficas, me ha aportado un plus que no puedo cuantificar, en forma de vivencias, experiencias y participación en proyectos preciosos a los que nunca pensé que hubiera podido aportar algo.
Hace ahora unos tres años, quizá sean cuatro, a través de esa red inaudita que pasa de ser arma a herramienta en el momento menos pensado, la antigua twitter, ahora X, tuve la fortuna de conocer a un compositor, de los que pululan, o pululamos, por esa tela de araña. Ahora no puedo recordar si fui yo quien le siguió a él primero o fue al revés; en cualquier caso, el orden de los factores no altera el producto. Borja Casado, que así se llama el que ahora es un amigo entrañable, desperdigaba su música, estupenda por otro lado, aprovechando, como yo hago, la visibilidad que te aporta este medio.
No había transcurrido mucho tiempo, desde ese momento, cuando Borja se puso en contacto directo conmigo. Yo, entonces, no estaba en la radio, pero si es verdad que ya tenía cierta difusión a través de mis columnas y Borja estaba buscando crear una red de contactos, entre comunicadores y creadores, que pudieran ayudarle con su talento o con su visibilidad a difundir un proyecto en el que se había embarcado. Yo en ese momento desconocía la enorme generosidad que suponía este proyecto, por su parte, pero por supuesto despertó mi curiosidad.
Borja estaba metido de lleno en algo que durante estos cuatro años ha acaparado su vida, la artística y la personal; uno de esos desafíos a los que solo pueden enfrentarse los que tienen el valor, la capacidad y la generosidad necesarias, que es mucha. Se trataba, en resumidas cuentas, de un disco que había editado para recabar, de forma altruista, fondos para facilitar la vida, en la medida de lo posible, de Ainara, una niña murciana que padecía una extraña enfermedad llamada Síndrome de Cach, una de esas putadas que de vez en cuando nos demuestran que Dios es muy capaz de echar un borrón y de escribir con renglones torcidos. Una enfermedad degenerativa e imposibilitante que hoy por hoy no tiene cura ni tratamiento y que obliga a las familias a desembolsos imposibles para aportar calidad de vida a quienes la sufren. Por supuesto, desde el primer momento, me puse a su disposición en cualquier cosa que yo, desde mi modesta posición, pudiese aportar.
Tengo que decir que, a esas alturas, Borja ya había conseguido apoyos magníficos. Actores y actrices, cantantes, como el mismo David Summers, que interpreta en el disco, a dúo con Borja, el tema Señorita Rocanroll, y hasta la misma reina Leticia habían colaborado con la asociación Soldados de Ainara, por lo que integrarme en ese ejército magnífico no fue una obligación, sino un privilegio y un orgullo que nunca agradeceré lo suficiente.
Desde entonces, a través de la difusión y de otras acciones, como, entre otras, cuando Borja me ofreció la posibilidad de presentar y colaborar en su concierto en Madrid, he tenido la inmensa fortuna de aportar mi granito de arena, ínfimo en comparación con lo que ha hecho él, para que la vida de Ainara fuera un poco más sencilla y un poco más confortable.
Por eso, cuando este jueves Borja me comunicó la triste noticia del fallecimiento, a los quince años, de Ainara Reina, lejos de sentir pena por ella, sentí mucho pesar por Borja y por los suyos; pero, como en la vida nunca hay que disparar en caliente, cuando encajé el primer golpe, comprendí que el privilegio de haber podido ayudar a que sus quince cortos años hayan sido un poco mejores, a través de algo tan bello como la música, en algo que Borja agradecerá a Dios, a la vida o a quien quiera que sea, hasta que el tiempo nos borre definitivamente.
Por mi parte, humildemente, es una de las cosas más bonitas y más gratificantes que me ha aportado esta locura, este sueño que nunca soñé, de poder inmiscuirme en sus vidas, gracias a su generosidad y a esta herramienta invalorable, si se usa correctamente, de los medios de comunicación,
Gracias a Borja, siempre seré un Soldado de Ainara.
Descanse el Paz, Ainara Reina.
