
«Al salir la luna una densa humedad formaba parte de aquel paisaje, al que iba dando un tono blanquecino en esa pegajosa niebla»
Lentamente, la noche fue cubriendo con una pesada oscuridad cada rincón de la ciudad.
Una densa humedad formaba parte de aquel paisaje, al que iba dando un tono blanquecino, donde las figuras se difuminaban hasta desaparecer en esa pegajosa niebla.
De los tejados escurrían unas finas gotas que caían al suelo de forma sutil. Las alcantarillas, vomitaban un vapor espeso y nauseabundo. Entretanto, las inquilinas de la noche comenzaban a tomar la ciudad. Ratas, que con sigilo salían de las entrañas del subsuelo, olisqueando paso a paso en busca de comida.
El chirriar seco y estridente de un cierre metálico al caer de golpe, apenas las inmutó. El largo y pelado rabo de una de ellas, dibujaba en el aire unas figuras abstractas, mientras otras la observaban con ojos bermejos fosforescentes.
Este era el espectáculo, que desde mi ventana contemplaba cada noche. Recordaba al mismo tiempo al anciano alcohólico, al que llevaba muchos meses sin verle y que cada noche cruzaba la calle, empujando con fatiga su carrito, cargado de chucherías con las que apenas se ganaba la vida, vendiéndoselas a los niños. Tan solo sabía de él, que vivía en un mugriento sótano al final del estrecho callejón.
Mi curiosidad por el anciano, me perturbaba la cabeza cada minuto de mi vida, hasta que aquel desasosiego se me hizo tan insoportable, que me obligó a acercarme a su paradero.
Llamé con insistencia a su desvencijada puerta, sin recibir contestación. Haciendo algo de fuerza conseguí abrirla. De inmediato un grupo de ratas salieron espantadas hacia la calle, intentando alguna de ellas trepar por mi pantalón. El hedor que emanaba el lugar era insoportable, tanto que tuve que cubrirme con celeridad la boca y nariz con mi pañuelo.
Dirigí el haz del foco de la linterna, hacia donde permanecía el anciano sentado en el suelo, de espaldas a mí. Acercándome con cierta cautela y ya frente a él, una enorme rata gris con su afilado hocico, rechinando amenazante sus cortantes dientes anaranjados, vigilaba desde un gran hueco que dejaba el estómago del viejo al aire, mientras yo presenciaba horrorizado, cómo el resto de ellas habían anidado ocupando todo el interior de su momificado cuerpo.
(©Manuel San Real 2024 )

