La fallida muerte de González-Ruano. Por Diego Pardos 

Memorias de César González-Ruano

«Si el espía Paesa pudo leer su propia esquela, don César muchas décadas antes lo hizo con sus necrológicas y, ni que decir tiene, con más estilo»

 Decidido a escribir sobre la primera muerte de César González-Ruano, muerte sobre la que (dicho sea con franqueza) poco podría aportar, como no fuera hurgando en las entrañas periodísticas, amorosas o incluso políticas de la época; tarea para la cual ni estoy capacitado, ni me da la gana, ni -seguramente- estaría en disposición de lograr ninguna exclusiva, entre otras razones porque no haya nada. Si contó lo sucedido la prensa de la época (O Seculo, Diario de Lisboa y Diario de Noticias) se debió a un malentendido, ya que el escritor había estado en Portugal en fechas pasadas y allí dado por espachurrado en un accidente de circulación en Madrid. Por lo visto el bulo -palabra ahora tan a la moda- procedía de la capital de España y voló raudo al país querido. Lo cuenta sucintamente Ruano en sus Memorias (Mi medio siglo se confiesa a medias) y remite a un librito suyo sobre el asunto y sobre la nación hermana. Si el espía Paesa pudo leer su propia esquela, don César muchas décadas antes lo hizo con sus necrológicas y, ni que decir tiene, con más estilo. Si es cierto o fue una leyenda galante lo de la falsa muerte del periodista, quiero decir el móvil de la patraña, juzgarlo compete al lector. González Ruano nos pone en bandeja La alegría de andar porque andaba y nunca mejor dicho de por medio una bella lusitana. 

 

Decidido -como digo al principio- estaba ya a escribir sobre este luctuoso episodio de tiempos de la Dictadura (de don Miguel Primo de Rivera), cuando se meten por el medio de esta columna la provincia de Cuenca y el fúrgol, también denominado en ambientes más cultos “fútbol” y en otros más rancios “balompié”. 

La fallida muerte de González-Ruano.

Conservaba yo una remota reminiscencia de la capital, visitada hace más de veinte años. Allí compré una cerámica colorista de Rubén Navarro, que me vendió su madre, en el establecimiento, y no sé si taller, de la plaza de la catedral. Ignoro su estado actual, pero en esa ocasión subí con mi coche hasta lo más alto de la ciudad y di un dinero a un gitano amable (para mí que era gitano y amable) por acomodar el auto. Tenía aquello un aire como de película feliz de Carmen Sevilla que se rodara en Castilla La Nueva. Me llevé también un soporte de madera para tinajas de una tienda típica. Y viene a recordarme ese viaje un cartel hallado en Twitter/X y publicado por José Luis Pinós, que anuncia la segunda eliminatoria de la Copa del Rey con un encuentro entre la Unión Balompédica Conquense (“sublime nombre” el de la “balompédica” -como apunta el tuitero Humberto-) y la Real Sociedad de San Sebastián (club este último que, dicho sea con el respeto debido, tiene nombre de peña gastronómica). Seducido por el hallazgo eché al aire de la red social la noticia, me declaré admirador del equipo de Cuenca y de su bello nombre y provoqué un pequeño debate al que asistieron doña Carmen Álvarez y don Iván Vélez. La primera para declararse “madridista hasta la médula, pero no practicante” y el segundo para confesar que fue socio del equipo conquense. 

 

Fedípides me aconsejó acudir a Cuenca y al taller de los Navarro, que parece conocer bien. (Adrián, el padre, esculpía unos vasos griegos ornados de mitología.) No ha dado más de sí el interludio tuitero en el cual me declaré “conquense no practicante”, pese a no ser muy dado a la afición bárbara de patear una pelota. Costumbre que según tengo entendido es importada de Inglaterra y desde entonces -y según las épocas- ha propiciado que la divisa de las columnas de Hércules (Plus Ultra) se cambie sin esfuerzo por ese lema más acorde con los tiempos, de “Pan y Fútbol”. Pero, en fin, a pesar de todo uno desea que gane el mejor y si puede ser el equipo del estadio La Fuensanta. 

 

Y total, que por culpa de la Balompédica Conquense, del fúrgol, de doña Carmen Álvarez y de la ciudad de Cuenca me he quedado sin escribir sobre la primera y fallida muerte de don César González-Ruano. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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1 comentario

  1. Nos ha dejado usted a la mitad del relato, de esas falsas nuevas, sobre Ruano ( eso lo admitiría, no lo de González a secas) que siempre son anécdotas interesantes. Aunque si se interrumpe por dar novedades sobre el equipo de Cuenca… todo vale.

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