
«La nueva religión woke nace como elemento de confrontación, una vez superada la lucha de clases en las democracias occidentales»
En Estos tiempos que corren, donde el “wokismo” se está instalando en nuestra sociedad, después de años de relativismo en los que la vieja Europa ha sufrido un proceso de secularización de la vida personal y profesional generalizado, llegando a instalarse como una nueva religión oficial del Estado en la vieja España, cuna de la evangelización de América, lo que ha repercutido en la concepción del trabajo humano como instrumento para ganarse el sustento de la familia, célula básica de la sociedad -y de la iglesia doméstica-, quiero dedicar este análisis al significado del trabajo -como medio al servicio del hombre- a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, a la que una gran mayoría de españoles pertenecemos.

Un ejemplo de la cultura woke lo pudimos ver en la inauguración de los juegos olímpicos de París 2024: “propaganda woke y LGBT” en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos, titulaba El Correo, donde se ridiculizó la última cena de Jesús.
Alguien podría tacharme de “fundamentalista cristiano”. Nada más lejos de la realidad. Frente al globalismo y dictado de las élites internacionales que nos prometen una mejor calidad de vida –Agenda 2030-, vemos como la mayoría de las familias españolas tienen cada vez menos capacidad de ahorro, perdiendo cotas de bienestar, viendo incrementando el coste de la vida, los impuestos sobre productos básicos y de primera necesidad. Vemos como la mayoría de nuestros hijos tienen que marcharse de España a buscar trabajo y cómo se va imponiendo un pensamiento único; la nueva religión woke, que muy bien la definía el domingo pasado Iván Espinosa de los Monteros, en el programa de Ana Sandoval en 13TV, como elemento de confrontación, una vez superada la lucha de clases en las democracias occidentales. Facilitamos enlace directo.

En el sentido apuntado, el propio Francisco pp. exhortó a los laicos a entrar en política a fin de defender los valores y principios básicos que sustentan el magisterio social de la Iglesia.
San Juan Pablo II, en una ocasión, pronunció una frase que me caló y que siempre saco cuando nos referimos al trabajo: “Nos en bueno que el hombre -ser humano- se deje esclavizar por el trabajo; sino, al revés, el trabajo humano es el medio de vida de la familia cristiana”. Mientras tanto, hoy en día fuimos testigos de la desaparición de las clases medias, las dificultades de los jóvenes para encontrar un trabajo o acceder a su primera vivienda, y, sobre todo de la imposición de una hoja de ruta dirigida por el NOM, totalmente opuesta a la concepción cristiana de Occidente. Y es que el diablo no quiere que desaparezca el cristianismo -nada más lejos-, sino que quiere un cristianismo sin Dios, en un mundo sin Dios, como leí hace años (Fabrice HADJADJ, La fe de los demonios -o el ateísmo superado-, 2009).
Así que entrando en materia, debemos partir del hecho de que las fuentes de la Iglesia más recientes en torno al significado y finalidad del trabajo la encontramos en la Carta Encíclica “Laborem Exercens” del sumo pontífice Juan Pablo II, sobre el “Trabajo Humano”, y resalto “Trabajo Humano” porque la encíclica va a centrar como elemento nuclear de la misma al “Hombre”; es decir, al ser humano creado por Dios.
No obstante, no encontramos una definición concreta y exacta de lo que significa para la doctrina social de la Iglesia el concepto de Trabajo, aunque sí numerosas matizaciones dispersas.
Así, podríamos distinguir dos elementos principales:
“El Hombre”, como centro y eje del Trabajo.
“La Tierra”, como medio material de sometimiento al Hombre, la cual debe someter y dominar (cfr. Génesis 1-28).
Por lo tanto, en la Doctrina Social de la Iglesia encontramos un refuerzo de las actividades humanas en favor de la humanización del trabajo -como veremos a lo largo de la presente tesina-, situando al ser creado por Dios como centro de todo.
Para S.S. Juan Pablo II, además, el trabajo no sólo lleva la marca del hombre, sino que es en el trabajo donde el hombre descubre el sentido de su existencia. Es decir, el trabajo comporta “esta dimensión fundamental de la existencia humana de la que la vida del hombre está hecha cada día, de la que deriva la propia dignidad específica y, en la que, a la vez, está contenida la medida incesante de la fatiga humana, del sufrimiento y también del daño y de la injusticia que invaden profundamente la vida social dentro de cada nación y a escala internacional.
El Trabajo, además, se convierte en una necesidad para cada uno y para todos los hombres, constituyendo un medio de asegurar la vida y bienestar de la familia y sus valores fundamentales; siendo, además, el camino que conduce a un futuro mejor, realizado mediante un esfuerzo comunitario y solidario.

Ya el papa León XIII en la encíclica “Rerum Novarum”, al tratar de la cuestión obrera, propone como vía fundamental de solución a los problemas del trabajo en su época, posterior a la Revolución Industrial, la Cooperación y Solidaridad entre todos los Hombres, dictando unos deberes tanto a los patronos como a los proletarios para la consecución de la Justicia Social.
Aunque S.S. León XIII fuera el primer pontífice a partir del cual se formara el embrión de la Doctrina Social de la Iglesia en a finales del S.XIX (Roma, 15 de mayo de 1891), aquél más que tratar el significado en sí del trabajo de forma explícita, trata de la solución que conlleva las causas de las injusticias que conlleva el trabajo dentro del contexto social de la época, así como de las medidas a tomar en cuenta sobre la base del magisterio de la Iglesia. Así, posteriormente, Juan Pablo II relaciona “Trabajo y Técnica”, “Trabajo y Hombre”, “Trabajo y Dignidad de la Persona”, “Trabajo y Sociedad: Familia y Nación; “Trabajo y Orden de Valores” y “Trabajo y Solidaridad”. Todos estos puntos los desarrolla el obispo de Roma en el capítulo II de su carta encíclica “Laborem Exercens”, bajo el título: “El Trabajo y el Hombre”.
Por la importancia del tema, resulta curioso cómo al leer las encíclicas citadas y, en especial la “Laborem Exercens”, sus puntos básicos coincidan con la filosofía del Trabajo: “Naturaleza y Evolución del Trabajo”, “Trabajo y técnica” y “Perspectiva Sociológica del Trabajo Humano”. ¿No será que el magisterio social de la Iglesia Católica, ¿Apostólica y Romana, proporcione la mejor alternativa a los problemas y conflictos de la moderna sociedad industrial, a través de una concepción cristiana a partir del Evangelio de Cristo? ¿No será que estas medidas de solución sean más justas que las que aportan los sociólogos de Marx? ¿No será que el pueblo cristiano si acogiera estas exhortaciones alcanzaría una verdadera y auténtica “armonía social”? ¿No será que los socialistas-marxistas con su incitación de odio al obrero con respecto al patrón vayan en contra de la misma dignidad del hombre? Y, por último, ¿no será que en la Iglesia de Cristo se encuentre el verdadero remedio de la sociedad actual? ¿No será el magisterio social de la Iglesia aplicable al derecho universal de todos los hombres, inspirado en el derecho natural, presente en todos los seres humanos creados por Dios a diferencia de los animales, un don del Dios Supremo? Reflexionemos.

Para elaborar, por último, un concepto del Trabajo a partir de la Doctrina Social (DSI) de la Iglesia y de las enseñanzas de Cristo, en base a las fuentes que lo rigen y de una forma explícita, según mi opinión podría darse el siguiente: “Trabajo es toda aportación humana, manual o intelectual que se ejercita en la producción, por cuenta propia o ajena, mediante el cual el Hombre consigue el sustento de su vida y de su familia, sirviendo a sus hermanos y ofreciendo su cooperación al perfeccionamiento de la <Creación Divina>”.
Es de destacar de mi definición del Trabajo para la DSI los siguientes elementos:
1.º) APORTACIÓN HUMANA: Lo cual implica siempre la presencia en toda clase de trabajo del Ser Humano; es decir, de la “Criatura creada por Dios a su imagen y semejanza”, el “Hombre”. Este puede valerse de máquinas, ordenadores, utensilios e instrumentos, etc., pero siempre el Hombre tiene que ser el Centro de Todo.
2.º) MANUAL O INTELECTUAL: Tanto el trabajo de predominio corporal como el trabajo intelectual tienen el mismo valor en cuanto a su naturaleza, ya que uno depende del otro, y el otro de aquél, respectivamente. Un médico no podría hacer un trasplante de corazón si no existiese el bisturí, u otras herramientas creadas por la mano del hombre.
3.º) SE EJERCITA EN LA PRODUCCIÓN, EL COMERCIO O LOS SERVICIOS: El hombre “somete la tierra”, la cultiva y posteriormente elabora unos productos, adaptándolos a sus necesidades. La agricultura constituye así un factor indispensable de la producción por medio del trabajo humano.
La Industria, a su vez, consistirá siempre en conjugar las “riquezas de la Tierra” y el “Trabajo del Hombre”. Lo cual, puede aplicarse también, en cierto sentido, al campo de la llamada industria de los servicios y de la investigación, pura o aplicada.
Por tanto, los tres elementos, Producción, Comercio y Servicios resultan automáticamente interdependientes y necesarios para el desarrollo de la Sociedad Humana.
4.ª) POR CUENTA PROPIA O AJENA: Porque tanto uno como el otro aporta una actividad, ya sea manual o intelectual, dentro de la organización del Trabajo: “tan importante es el agricultor que cultiva su tierra como el obrero que trabaja para el agricultor”, ya que el fin delos dos es el sustento de su vida, uno con los beneficios y el otro con el salario.
5.º) MEDIO DE VIDA: En efecto, el Trabajo Humano tiene por objeto el sustento del hombre y de su familia; así, el trabajo se convierte en condición de toda vida humana en la sociedad.
6.) ESPÍRITU DE SERVICIO Y COOPERACIÓN: De esta manera, el trabajo sirve para conseguir la armonía social de los hombres, en cuanto es una necesidad, y para la cooperación al perfeccionamiento de la obra de Dios.
En resumen, ni neoliberalismo imperialista ni marxismo destructor -ni izquierdas, ni centro, ni derechas-, la concepción del Trabajo desde la perspectiva cristiana responde al plan de Dios, a su obra creadora, y le sirve al cristiano como camino de santificación; es decir, de alcanzar la santidad desde el día a día en la fábrica y en la familia; en la oficina, en el campo, como diría san Josemaría Escrivá de Balaguer. Por ello, ningún partido político puede representar estos valores cien por cien: Dios nos da la libertad, el libre albedrío al que se refería san Agustín.

