Tratado sobre el delirio Nº1. Por Julio Moreno López

Tratado sobre el delirio Nº1.

 

Por las noches se que soñarás, que los lobos llaman a tu puerta. Eras uno más de la hermandad, pero tuviste que joderlo todo”. (“Lobos”. Leiva). 

 A lo largo de la historia, desde que el ser humano tomó consciencia de su propia existencia, de su propio ser, y dejó de ser tan solo un depredador. Desde que los objetivos a corto plazo dejaron de ser alimentarse un día más y sobrevivir, para comenzar a adentrarse en la psique, desde que la intelectualidad pasó a ser una parte, en muchos casos muy importante, de su desarrollo y su objetivo, el hombre no ha hecho otra cosa que buscar respuestas. 

 

Es cierto que es esta búsqueda de respuestas la que ha motivado, casi en su totalidad, el avance en todas las materias. La mayoría de los avances, grandiosos o nimios, provienen de la curiosidad o la necesidad de quien quiso saber el por qué de lo que estaba ocurriendo, a nivel individual y colectivo, y encontrar una solución para lo que le afectaba, una herramienta para su necesidad, una cura para su mal. 

 

El problema surge cuando esa explicación, por más que se busque, no aparece, al menos de forma empírica y hay que buscarla en otros niveles de percepción, en niveles que nada tienen que ver con la ciencia y en la mayoría de casos, con la realidad. 

 

Es cierto que en un principio todo lo desconocido carece de explicación, como la noche y el día, la lluvia, los eclipses e incluso el fuego, hasta que alguien le aporta una base científica, pero la propia levedad del ser, la mecánica de la existencia, sigue empeñada en dar respuestas a lo que se escapa, definitivamente, de nuestro entendimiento, o a lo que, de algún modo, no queremos creer o asimilar. 

 

Esto sucede, por ejemplo, en todo lo referente a las creencias religiosas, aquellas que tienen que ver con lo que llamamos fe. La fe, objetivamente, significa creer en aquello que no se puede demostrar. Y es normal que le fe se encuentre en decadencia, en un mundo que busca hasta la extenuación la demostración científica de cada hecho, de cada acción, hasta el punto de investigar que reacciones químicas motivan el enamoramiento, la risa o la felicidad. Que manifiesta un deseo, casi una obsesión, por circunscribirlo todo al ámbito de lo físico, de lo químico y de lo científico. 

 

Desde el punto de vista objetivo, vivimos malos tiempos para la fe; esto es así, principalmente, por los grandísimos avances científicos, empeñados en hacernos ver que lo que no puede explicarse o demostrarse desde la investigación, es falso o no existe. Por eso, el surgimiento de las religiones deriva de los tiempos en que el hombre no podía demostrar o comprender los principios físicos y científicos de lo que ocurría a su alrededor. 

 

 De cualquier modo, el ocaso de la fe está motivando, ya avanzado el tecnócrata siglo XXI, que aquellos que se aferran a la doctrina religiosa sean tildados de fanáticos. Y en cierto modo, así está resultando ser para determinadas profesiones religiosas. El abandono, por parte de las nuevas generaciones, de la doctrina, está llevando a una exacerbación de aquellos que quieren la supervivencia de las religiones, a toda costa. 

 

Las guerras, los atentados, el ataque a las libertades que suponen religiones extremas, son extemporáneas en este siglo no ilustrado, que sería lo deseable, sino tecnificado al máximo. Sin embargo, se producen, y además cada vez con más frecuencia. Partiendo de la base de que el origen de las religiones es el miedo a la muerte y la no aceptación de esta verdad, de que hay un fin a la vida, no deja de ser una enorme contradicción que se mate por religión. 

 

Y aunque, indudablemente, hay doctrinas que no promueven los actos violentos, también es cierto que vivimos una laxitud desconocida hasta ahora, bajo el báculo del cura Bergoglio, el Papa Francisco, que parece más un diplomático vago que la cabeza visible de la religión con mayor número de creyentes del mundo, con más de 2.300 millones de adeptos a sus principios. 

 

Este es el motivo de que la Navidad se haya paganizado como lo ha hecho, convirtiéndose en una fiesta universal, tanto para los que se consideran católicos, como para los que no. Creyentes de otras religiones, que, en realidad, no tienen nada que celebrar en estas fechas. 

 

No apostato, no reniego, pero si comprendo que nadie mata a otros por convicciones científicas o culturales, cosa que, desafortunadamente, ocurre con demasiada frecuencia a costa de las religiones. 

 El hombre es un lobo para el hombre”. (Plauto. (254-184 a.C.)). 

 

@elvillano1970 

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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