
«Hoy día, mentar la felicidad de las fiestas de Navidad al cajero de hipermercado, o a cualquier otra persona desconocida, es quedar como un gilipollas»
Decir Gloria a Dios en el cielo y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, parece hoy en día una broma de mal gusto. Date por contento, si como respuesta no recibes un guantazo o un puñetazo con el puño cerrado. Estoy tan de vuelta de la hipocresía de esta sociedad, tomada globalmente, que ni siquiera he ido a ver las luces, ¡Tan bonitas ellas… para iluminar… la nada! Las han puesto por las fiestas en las calles de Madrid.
Hace años aún podíamos confiar en que cierta verdad brillaba en ellas, hoy día no. Como diría aquel, no me llama, no me da la vida. La vida iluminada que hace apenas treinta años aún valía la pena, porque la gente estaba hecha de otra pasta, más auténticamente humana y por supuesto con más sinceridad, va dejando de existir y solo parece conservarse en reductos más estrechos y cercanos a cada uno.
Hoy día, mentar la felicidad de las fiestas al cajero de hipermercado, o a cualquier otra persona desconocida, es quedar como un, para que no decirlo, gilipollas. Digamos que para algunos es mentar la soga en la casa del ahorcado. Decirlo es una autentica memez, un ejercicio de fe en la buena intención de los otros, dejando al margen la competencia egoísta biológica e intelectual. De entrada porque nadie te va a creer, pensarán que dices eso como cualquier otro día podrías decir que “caen chuzos de punta” al entrar al establecimiento, vamos nada que ponga ánimo en el receptor de las palabras.
Ya sabemos que las palabras son, como dice la canción, palabras nada más, aunque añada que, dichas con amor hablan del corazón. O eso decían en un canción los Bee Gees, claro que eran Australianos, nada que ver con nosotros. Yo hasta hace poco lo creía a pies juntilla, hoy por hoy empiezo a tener mis serias dudas. “Falsedad”, que bonita palabra cuándo la pronuncian quienes no miente habitualmente, desafortunadamente, hoy en día hay muy poca gente que, fuera de las mentiras piadosillas y de convivencia, no mienta cuál bellaco de horda y cuchillo… o sea esos, los verdaderos hijos de… ¡Tu ya sabes!
En relación a esto, y será por lo mismo, los que cumplimos ya más de sesenta o setenta años, lo tenemos asumido y en principio no debiéramos de tener dudas al respecto. A estas alturas del siglo veintiuno, las buenas formas y deseos han pasado a ocupar la retaguardia de los que un día fueron hermanos y cantaban la canción de la alegría, ese canto alegre del que espera un nuevo día. Hoy con que sea día en el que arrastrar la mala ralea, parece valer. Así que no puedo hacer alharacas, están muertas y enterradas, dado que si al oírlas otros no las hacen es que están de más.
Mi hija ha puesto un árbol de Navidad, queda bonito, con adornos rojos y amarillos. Para rematarlo ha puesto unas tiras de luces de colores, que cuando apagamos las luces generales de la habitación quedan de lo más Navideño. También, y esto lo he hecho yo, he colocado un pequeño portal de Belén con sus Reyes Magos y todo, lo he terminado como he podido, pero mal que bien se puede mirar, y sin tenemos capacidad de concentración, casi nos trasladamos a aquella zona del mundo en la que nació el niño Jesús. Pero esto es solo hoy en día para los bobos que seguimos creyendo en un mundo sincero, donde valorar a los otros como seres humanos, con sus virtudes y defectos. Incluso para mí que, cantaba villancicos cuando vivían, con mi padre y mi hermana, mi madre carecía de oído la pobre. Los cantábamos mientras veíamos las figuras hoy en día ya viejas y algunas hasta rotas. No tiene demasiada importancia, porque creo que cuando yo ya no esté, nadie lo va a montar.
Por eso empezaba diciendo que decir Gloria a Dios en el cielo y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, parece hoy en día una broma de mal gusto. Estoy tan de vuelta de la hipocresía de esta sociedad, tomada globalmente, que ni siquiera he ido a ver las luces, ¡Tan bonitas ellas… para iluminar… la nada! Las han puesto por las calles de Madrid. Hace años aún podíamos confiar en que cierta verdad brillaba en ellas, hoy día no. La vida iluminada que hace apenas treinta años aún valía la pena, porque la gente estaba hecha de otra pasta, más auténticamente humana y por supuesto más sincera, va dejando de existir y solo parece conservarse en reductos más estrechos y cercanos a cada uno. Hoy día, mentar la felicidad de las fiestas es casi hablar de ciencia ficción.

