
Me llamaba la atención de él, su afán por entablar conversación con cualquier desconocido, al mismo tiempo que intentaba disimular su embriaguez.
Dicen que fue primer bailarín en una gran compañía, dicen que, por culpa de un amor no correspondido, se hundió sin remedio en la más profunda depresión, y dicen y dicen, y dicen tantas cosas ¡Qué más da! Su solitario amigo más incondicional es el alcohol. En su rostro, algunos hematomas reflejan la cara más amarga de la bebida, pero aún castigado por tanta ebriedad, sigue conservando esa exclusiva finura y elegancia, solo propia de algún artista que ha sido capaz de exhibir su talento frente a miles de personas. Seguro que muchos de los que entonces te admiraban, ahora son los que te desprecian, reflejándose en ellos un repugnante malestar por tu presencia.
Seguro que tantos camareros que antes se sentían importantes contigo, por la categoría que dabas al local, ahora con grosería te invitan a salir, para que el resto de los clientes no se sientan incomodos.
Durante su ininteligible balbuceo, aún se le entendía con dificultad:
– ¿Ya no recuerdas todo el dinero que me he dejado aquí en aquellas inacabables noches cuando te desvivías por servirme, ofreciéndome tus mejores manjares, mientras te deshacías en elogios, en medio de un gran servilismo? –
Tampoco recibe ya la admiración de nadie, tan solo comentarios mal intencionados, de algún desinformado que murmura:
– Mira este como se ha arruinado, seguro que habrá sido por su cabeza loca -.
Pero a él, tirado en el rincón más oculto de esta mugrienta taberna, tan solo se le oye decir:
– ¡Qué sabe nadie!, ¿verdad amigo vino? –
(© 2024 Manuel Sanz Real)

