
«No me negarán que no resulta interesante ver al Jefe de Gabinete de mi Isabelita ejercer como Richard Widmark en la Ley del talión»
¡Bienvenidos a España, donde la corrupción no es un problema, sino un deporte nacional! En este país, donde el sol brilla para todos, especialmente para los políticos con la mano larga, el gobierno actual se encuentra en una encrucijada deliciosa rodeado por escándalos pero oye, que siguen como Pedro Sánchez por su casa aunque cada vez con menos gracia y escasa por no decir ninguna dignidad.
El gobierno, liderado por quien prometió ser el paladín de la transparencia, ha demostrado que la política es un arte, el arte de malversar y mangonear dinero público, enchufar a familiares o amiguetes y encubrir a un Fiscal General presuntamente muy pero que muy corrupto. Los casos de corrupción se acumulan como el que colecciona vino, monedas o sellos, todos carísimos pero con cara de no tener ni idea del asunto para restarle importancia. Cada caso es más cutre y escandaloso que el anterior. Desde compras de mascarillas que parecían más un juego de «Quién quiere ser millonario» que una estrategia sanitaria, hasta convenios laborales acordados sin los que pagan los salarios. El escándalo y el ridículo es tan espectacular que ni el mismo Dalí sería capaz de explicar semejante nivel de surrealismo.
Lo más irónico es que, mientras la economía se recupera a paso de tortuga, la corrupción parece tener las alas más largas que una compresa de las gordas “pa’dormir” tranquila. Los ciudadanos, entre indignados y resignados, observamos cómo el gobierno saca su mejor cara de Jóker, negando toda evidencia con la misma convicción con la que un niño niega haber comido chocolate con la cara y los dedos bien pringados.

La prensa internacional, con su característico humor británico o su seriedad alemana, no deja de señalar que España está «acorralada» por la corrupción, como si no supiéramos que aquí la corrupción es tan parte del paisaje como las paellas o las figurillas de los flamencos que se colocaban antaño sobre los televisores, pero por mucho que nos cuenten, aquí ya no cuela lo de la prensa pues casi toda ella huele a podrido. Los políticos, en su defensa, han elevado el arte del victimismo a niveles olímpicos, sugiriendo que toda esta atención es solo una «campaña de desprestigio personal e institucional«, como si la corrupción necesitara publicidad para ser notoria o ellos tuvieran honor.
En este circo político, donde la verdad parece ser un accesorio tan necesario como un buen fondo del plasma para los saraos de Sánchez sin público de la calle ajeno a su partido y sin preguntas, uno no puede evitar cuestionarse: ¿Cuándo cambiará el guion? Porque en España, la corrupción no solo acecha, sino que parece haber firmado un contrato indefinido a jornada completa con el gobierno actual.
Así que, mientras esperamos el próximo acto de esta vergonzosa tragicomedia, recordemos que en España, la corrupción es más que un escándalo; es una tradición, casi un deporte nacional, donde todos parecen jugar, menos los que pagan la entrada, es decir los ciudadanos. Ayer asistimos a dos episodios curiosos, el primero el hermano del felón mintiendo como un bellaco al mismo tiempo que se hacía el loco y en segundo lugar, a MAR. Con la entrada en acción del protector de Ayuso al menos algo ha cambiado pues este se pegó una maratón de medios repartiendo caramelos contra Sánchez y su banda, defendiendo a su manera la verdad: no me negarán que no resulta interesante ver al Jefe de Gabinete de mi Isabelita ejercer como Richard Widmark en la Ley del talión.
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Feliz día en recuerdo de la Beata María Dolores Rodríguez Sopeña, entre otros.
Españazuela a 10 de enero de 2025.

