Cuando un hombre está llegando a la edad del retiro, suele soñar con sentarse plácidamente al sol. Descansando y «tomándoselo con calma», confía en prolongar una agradable vejez. Si consigue realizar su sueño de tenderse al sol, una cosa es segura: no alargará su vida, la acortará. La razón es sencilla; habrá renunciado a la lucha de estímulo. En el zoo humano, esto es algo en lo que todos estamos empeñados durante nuestras vidas, y, si lo abandonamos, o lo emprendemos mal, nos encontramos en graves dificultades.
Desmond Morris, El Zoo Humano.

Primera Parte: La Teoría
La observación de Desmond Morris en El zoo humano encierra una advertencia al respecto de las consecuencias de hacinarnos en grandes ciudades. La urbanización masiva no solo ha alterado nuestro entorno primitivo, sino que ha transformado nuestra psicología de maneras que estamos lejos de comprender. En la naturaleza, las especies sociales —también el hombre— mantienen equilibrios de distancia y proximidad que les permiten interactuar entre sí —y con las demás especies— minimizando conflictos dentro de su grupo, a pesar de la constante amenaza del entorno. Pero en la actualidad, la densidad poblacional ha generado una tensión constante entre la necesidad de formar parte de la comunidad y el deseo de individualidad, dando lugar a fenómenos psicológicos y sociales que nos han transformado, o nos están transformando en una suerte de hombre nuevo: el hombre «zoologizado».
El hacinamiento urbano ha generado el concepto de estrés y la pérdida de referencias tradicionales que en sociedades más pequeñas actuaban —y siguen actuando— como puntos de apoyo para la identidad y la cohesión «de la tribu». Vivir en multitud no nos hace más unidos, sino más estancos. Rodeados de miles de desconocidos, la convivencia se convierte en una transacción impersonal regida por la norma y la eficiencia, no por el lazo afectivo. En este contexto, el ocio deja de ser una actividad regenerativa del cuerpo y mente y se convierte en un anestésico que oculta el desarraigo. La proliferación de formas de entretenimiento rápido y efímero responde así a la necesidad de escapar momentáneamente de la ansiedad que genera la propia existencia, sin abordar las causas estructurales del problema.
En este sentido, el Catedrático de Filosofía Moral José Luis Villacañas Berlanga, se pronuncia en su ensayo Los latidos de la ciudad —Editorial Ariel, marzo de 2004— de este modo: cuando las ciudades europeas se convirtieron en metrópolis, el choque entre la vida tradicional y la nueva forma de vida que se veía crecer alrededor fue brutal. Para la gente que, en el curso de una generación pasaba de una existencia tranquila, de hábitos muy estables, propios de una pequeña ciudad, a la existencia vertiginosa de una urbe donde todo era movimiento, agitación de enormes masas urbanas, ruidos de automóviles, gritos de los vendedores, se trató de una experiencia difícil de asimilar. Aquello se dejó sentir en el nerviosismo, en el estrés, en la inseguridad, en la desconfianza. Las relaciones humanas cordiales, basadas en el trato antiguo, en el conocimiento mutuo de todo el mundo se quebraron. Ahora, en la gran urbe, cada uno se encontraba con un número enorme de gente que no conocía. Era fácil sentirse en peligro. Cada uno de aquellos seres desconocidos podía ser un enemigo y de cada uno de ellos se podía presumir por lo menos la indiferencia y, llegado el caso, la hostilidad (…)
«La realidad demuestra que la calidad del ocio, así como el propio concepto de ocio que manejamos actualmente dista mucho de beneficiarnos»
El filósofo francés Joffre Dumazedier, al hilo de lo expuesto, anticipaba en su ensayo Hacia Una Civilización del Ocio —Editorial Estela, S. A. junio de 1964— una sociedad donde precisamente el ocio se erigiría como el eje central de la vida cotidiana, como ahora mismo podemos comprobar. Pero la realidad demuestra que la calidad de ese ocio, así como el propio concepto de ocio que manejamos actualmente dista mucho de beneficiarnos: mientras unos —muy pocos— encuentran en él un medio de enriquecimiento personal, otros —la inmensa mayoría— lo emplean como refugio ante lo que los filósofos llaman «la angustia existencial» y yo prefiero llamar «imbecilidad voluntaria». En una ciudad superpoblada y administrada como una colmena, —interpreto de las palabras de Dumazedier—, el riesgo no es que el ocio reemplace al trabajo, sino que se convierta en la única actividad deseable en un mundo donde la participación de los individuos en la construcción del tejido social es inexistente.
Otro pensador que ha abordado el tema del ocio como anticipo del mal es Yuval Noah Harari, que va más allá y plantea un escenario lúgubre: el desarrollo de la inteligencia artificial y la automatización del trabajo podría desembocar en una clase social completamente prescindible. Si las grandes corporaciones y gobiernos pueden garantizar un nivel básico de subsistencia a millones de personas a cambio de su pasividad, la idea de una civilización del ocio podría transformarse en una trampa. En lugar de ser el culmen de la libertad humana, la ausencia de responsabilidades y desafíos convertiría a la población en espectadores de un mundo que ya no necesitan comprender ni modificar, y, lo peor, la convertiría en prescindible…
«El gran problema que plantea la idea de vivir del cuento es que este proceso de metamorfosis hacia un estado de «inútiles entretenidos» elimina la lucha de estímulo que Morris consideraba esencial para la vitalidad humana»
El gran problema que plantea la idea de vivir «del cuento» es que este proceso de metamorfosis hacia un estado de «inútiles entretenidos» elimina la lucha de estímulo que Morris consideraba esencial para la vitalidad humana. En un contexto donde la supervivencia ya no sería una preocupación y el trabajo se vuelve irrelevante, lo que está en juego no es el bienestar material, sino el sentido mismo de la existencia. Una sociedad que ya no necesita hacer nada para subsistir es una sociedad que puede ser moldeada a voluntad por quienes la administran. Así, el ocio degenerado en distracción masiva no solo nos hace inofensivos, sino completamente innecesarios.
Segunda parte: La Práctica
Nos hemos convertido en los más dóciles súbditos de nuestra propia jaula. Nos gobiernan sin necesidad de imponernos restricciones severas —toda vez comprobado tas la farsa de la pandemia que ya no es necesario— porque ya nos las autoimponemos sin que nadie nos lo pida. Nos sentamos a la mesa a comer las sobras con la obediencia de quien ha interiorizado que la vida es un catálogo de pequeñas recompensas inmediatas y distracciones programadas. Abrazamos y deseamos el ocio con el fervor de quien confunde el descanso con la anestesia y la comodidad con la sumisión. Caminamos por la calle, paseamos al perro, nos reunimos con amigos, familia etc, pero el eje de nuestra atención no está en el mundo real, al que llamaré exógeno, sino en una pantalla que nos acompaña como un apéndice del que no podemos prescindir, y que hemos convertido en una suerte de ilusión endógena.
El instinto de supervivencia, que antaño mantenía a nuestras sociedades en estado de alerta y capacidad de reacción, hoy apenas se activa. Solo lo utilizamos como un resorte oxidado cuando es necesario escenificar una protesta, no tanto por su efectividad sino por la estética de la protesta misma. Ya no se trata de exigir cambios, sino de ser vistos quejándonos. Se multiplican las opiniones, los mensajes encendidos, las condenas morales vertidas con la ligereza de quien sabe que su activismo es una pantomima. Protestar ha dejado de ser un acto de personalidad para convertirse en una forma de entretenimiento más, un pasatiempo que da la impresión de compromiso sin exigir nada más que unos segundos de atención.
Mientras tanto, quienes gobiernan no necesitan oprimir con brutalidad porque hemos llegado al punto en el que nuestra complacencia es suficiente para mantenernos en nuestro sitio. No hay un tirano al que derrocar porque hemos hecho del conformismo nuestra ideología. Nos han convencido de que la libertad es la capacidad de elegir entre infinitos contenidos irrelevantes, de que la plenitud es consumir ocio sin límite y de que la participación política se resume en publicar indignaciones en redes sociales. Lo peor de todo es que les hemos creído. No solo aceptamos este rol, sino que lo defendemos con la convicción de quien teme que le arrebaten la última migaja de ilusión que le queda.
«Nos consideran prescindibles porque, en nuestra pereza intelectual, hemos decidido serlo»
Hemos facilitado tanto la labor de quienes manejan los hilos que ya ni siquiera necesitan ocultar su desprecio por nosotros. Nos consideran prescindibles porque, en nuestra pereza intelectual, hemos decidido serlo. Y si algún día deciden que no merece la pena seguir sosteniendo esta ficción de bienestar, nadie levantará la voz de forma efectiva. Nos encontraremos demasiado ocupados actualizando el feed de noticias o eligiendo la siguiente serie para ver.
Tal vez quede esperanza
Pero, no todo está perdido. Vayamos de visita al pasado, de la mano de Étienne De La Boétie, una vez más, para recordar este pasaje de su célebre Discurso de la Servidumbre Voluntaria:
Más esta astucia de los tiranos de embrutecer a sus súbditos no puede verse con más claridad que al considerar lo que hizo Ciro con los lirios tras haberse adueñado de Sardes, capital de Lidia, y llevarse cautivo a Creso, en ese rey tan rico. Cuando le anoticiaron que los sardos se habían rebelado, muy pronto los redujo; pero como no quería ni saquear una ciudad tan bella, ni tener siempre la preocupación de mantener un ejército para conservarla, se le ocurrió un gran método para asegurarla: puso casas de prostitución, tabernas y juegos públicos, y emitió una ordenanza según la cual los habitantes debían utilizarlos. Y esta especie de guarnición resultó tan útil que desde entonces nunca tuvo que sacar la espada contra los lidios: esa gente pobre y miserable se divirtió inventando todo tipo de juegos, de tal modo que los latinos sacaron de ahí una palabra, y lo que nosotros llamamos pasatiempo ellos lo llaman ludi, como si dijeran Lidia.
Continuará…

