De la John Deere y doña Jone. Por Diego Pardos 

De la John Deere y doña Jone con blusa de encaje

 «A punto he estado de alabar el gusto de la diputada Belarra Urteaga por su blusa blanca de encaje de ganchillo»

Creo que se trata de un caso agudo de sincronía. Más o menos a la misma hora que un servidor salía a la calle a caminar, la periodista María Durán publicaba una foto suya en X y anunciaba al mundo: “No tenía planes hasta las 21:00, pero me han traído mis hermanos una gorra tan mona que me voy a dar un paseíto por Madrid”. Esto ha sucedido esta misma tarde (miércoles pasado para los lectores) y yo me he decidido también a estirar las piernas (que no es lo mismo que estirar la pata) cambiando mi proyecto inicial de sentarme a la bartola en el sofá y ver a Shirley MacLayne y a Jack Lemmon en El apartamento de Billy Wilder. (Podría elegir algún tostón subvencionado por el ministerio de Urtasun, ustedes me disculparán.) 

 

El diagnóstico de mi último examen médico fue claro: sedentarismo. También algo de dislipemia, así que me dije: “Diego, es mejor que te des un paseo. Te ayudará a llevar una vida sana y podrás encontrar inspiración en la realidad para escribir tu próxima columna”. Salí sin gorra, porque la única decente que poseo es una de los yankees que nos trajo mi prima María Pardos de Nueva York y no la tenía a mano. Además a mí me hubiera gustado más una verde de la Caja Rural o de la John Deere, porque lo campestre siempre es más saludable, pero ambas empresas no han tenido el detalle conmigo (aunque a tiempo estén). 

De la John Deere y doña Jone.

De modo que la Durán habrá echado a andar por Chamberí con su gorra americana (que acaso esté fabricada en China, no sería raro) y yo por calles y paseos con unas gafas de sol casi casi inútiles dada la hora crepuscular. Por allí coincidimos gentes de lo más común: grupos de jubilados hablando de menús baratos, madres con cochecitos de bebé (el mismo bebé y el mismo cochecito que es conducido por las mañanas por el anciano abuelo), deportistas corriendo con la lengua fuera, gimnastas que giran las manivelas y las ruedas de aparatos clavados en el suelo, como extraños columpios para adultos. Pero ha sido inútil, el motivo para construir el artículo no aparecía ante mis ojos. 

 

Qué fácil hubiera sido meterse con algún político, que es algo muy socorrido. En lo sucesivo no tendré tantos escrúpulos ni cargaré sobre mi conciencia la culpa de haber zaherido a sus señoríos o haber piropeado a sus señorías. A punto he estado de alabar el gusto de la diputada Belarra Urteaga por su blusa blanca de encaje de ganchillo. Y hasta su justa invectiva contra la vicepresidente del Gobierno, señora Montero, a propósito del nuevo impuesto a los salarios mínimos. El mundo de la política, como puede verse, es un tema seguro aunque a menudo incómodo y espinoso. Y luego no te agradecen nada. Si te descuidas y les pides una entrevista seguro que encima te toca invitarles a café… Pero no desviemos el objeto de estas reflexiones: Decía que uno se encuentra individuos paseando al perro; algunas de estas extrañas personas se paran a platicar con otras perfectamente desconocidas, y lo hacen en un tono y con un lenguaje que de no saber que hablan de las mascotas uno pensaría que se refieren al percentil de sus hijos o a la dosis de jarabe Dalsy. 

 

No todo ha de ser malo. Me volví de vacío sin una triste idea en la cabeza pero a cambio no presencié ninguna de las costumbres de la moderna sociedad. No había porreros perfumando el ambiente ni altavoces lanzando al aire los sones delicados del reguetón; no vi artistas ni activistas culturales de esos que se levantan a mediodía y salen con nocturnidad a comerse o a beberse lo que pillen; tampoco ninguna petarda grabando un tic-toc mientras saca la lengua o pone morritos; ni grupos de jóvenes circulando con delicadeza con sus patinetes eléctricos dando las buenas tardes a los transeúntes; nadie tampoco sospechoso de esconder un machete; ningún asesor a la vista con cuentas opacas en el extranjero; nos dejaron en paz, por un día, los pesados de las oenegés que te invitan a acabar con el hambre en el mundo (en el resto del mundo, se entiende). Mentira me parecía. 

 

En lo sucesivo me encerraré en mi casa hasta que salga el argumento de las próximas columnas, aun a riesgo de contrariar a mi médico de cabecera que, dicho sea en honor a la verdad, nunca me ha recomendado hacer ejercicio. En eso se ve que es una persona como Dios manda. Y yo (porque algún día habré de salir a la calle), tendré que ir pensando en buscar mi gorra azul o comprarme una boina negra, de la casa Elósegui de Tolosa. Ese va a ser el momento de “dar un paseíto por Madrid” y acudir a la plaza de Chamberí. Con la boina. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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