
«Los eslóganes buenistas no ablandan las almas de los malvados. Palestina Free, Refugees Welcome o cualquier otro eslogan de igual pelaje, no nos librará de la barbaridad que supone el caballo de Troya que esconden»
En este artículo abordaré una contradicción en el discurso de quienes defienden las fronteras abiertas y la libre circulación de personas.
La razón es sencilla: solicitar la libre circulación equivale, en última instancia, a la abolición de las fronteras, lo que conlleva la disolución de los Estados y, por extensión, de las naciones políticas. Esto, inevitablemente, arrastra consigo la dilución de las naciones culturales, ya que sin una estructura política que las sostenga, las culturas propias de cada lugar terminan por diluirse en un proceso irreversible.
Así, la apertura total de las fronteras (también dentro de la UE) no solo socava la idea de nación, sino también la existencia de una cultura diferenciada. En otras palabras, quienes abogan por la libre circulación de personas están, consciente o inconscientemente, promoviendo su propio suicidio cultural.
Las razones que llevan a sostener esta postura pueden agruparse en tres grandes categorías, que no son excluyentes entre sí:
- Ignorancia. Muchos de los que defienden esta posición lo hacen sin haber reflexionado sobre las consecuencias reales de lo que proponen. Es un discurso impulsado por la emoción o por consignas ideológicas, sin considerar el impacto que la desaparición de las fronteras tendría en la vida cotidiana.
- Desprecio por la propia identidad cultural. Hay quienes, por un rechazo profundo hacia su propia cultura, consideran que su desaparición no solo no es un problema, sino que es deseable. Este desprecio puede venir de complejos históricos, de una visión idealizada de lo ajeno o de una narrativa en la que toda identidad fuerte es vista como un obstáculo al progreso.
- Intereses de élite. Algunas personas defienden la disolución de las naciones no por desconocimiento ni por desprecio a su propia cultura, sino porque creen que en un mundo sin referencias culturales sólidas, ellos ocuparán una posición privilegiada. Un mundo donde las naciones desaparecen es un mundo sin identidad colectiva, donde la sociedad queda reducida a individuos atomizados y sin arraigo, lo que facilita su control por parte de una minoría.
Este último caso es el que mejor se aplica a figuras como George Soros y aquellos que orbitan en torno a su agenda. Son quienes promueven activamente la disolución de las naciones bajo la creencia de que, una vez logrado su objetivo, ellos ocuparán la cúspide de la nueva estructura de poder. En su visión, la eliminación de las culturas nacionales no solo no es una amenaza o un problema, sino una oportunidad para ejercer un dominio sin resistencias.
En definitiva, pues, la defensa de las fronteras abiertas no es un acto de humanitarismo ni de progreso, sino un proceso que conduce a la anulación de lo más básico de una sociedad: su identidad.
Estudiemos un ejemplo tan real como paradigmático, como el de permitir la introducción en masa en nuestra querida España de elementos cuya identidad cultural es la antítesis de nuestro acervo; sujetos cuya vida gira alrededor del sentir religioso de una fe anclada en principios decimonónicos, cuya existencia misma se justifica en gran medida por el odio hacia todo lo que no sea el cumplimiento de su más estricto dogma, si bien es cierto que, sin llegar al punto de radicalizarse, con la mera observancia de sus principios elementales basta para que su encaje en nuestra sociedad se resuelva imposible dentro de cauces pacíficos y de buena vecindad. Esos individuos, enemigos históricos de occidente, son acogidos con fervor por la fanaticada que defiende «su» mundo sin fronteras, ignorando las más básicas lecciones que la historia nos ha proporcionado al respecto de querer hacer del diablo un santo.
Así, tenemos a la representación «del progresismo español» enorgulleciéndose de ser los defensores de las causas de colectivos como el de los homosexuales y lesbianas —y de matute a todos aquellos otros capaces de encajar en unas siglas de abecedario cada día más extenso—, y al mismo tiempo, sin rubor de cabalgar tamaño contradicción, defendiendo el derecho de cualquiera a entrar a nuestro país sin permiso previo ni control alguno, siendo los casos más significativos los de aquellos a los que acogen con los brazos abiertos sin entender que les están abriendo las puertas a sus verdugos, pues esta, y no otra, es la palabra que mejor se me ocurre para definir la escena.
Los eslóganes buenistas no ablandan las almas de los malvados. Palestina Free, Refugees Welcome o cualquier otro eslogan de igual pelaje, no nos librará de la barbaridad que supone el caballo de Troya que esconden. Pero tampoco nos librará de la fatal incongruencia, devenida en invasión silenciosa, el hecho de creer que la podremos parar mediante el uso del pataleo en escenarios virtuales, hábitat natural de la memoria de pez.
Los españoles afrontamos muchos problemas, algunos de ellos de una gravedad que sorprende la pasividad con la que nos lo tomamos. Y de todos ellos, el de la inmigración mal llamada incontrolada es el más grave, precisamente porque sí está siendo un movimiento controlado, siendo títeres de quienes lo ordenan y mandan aquellos que abrazan la idea de un progreso que equivale a un viaje al centro mismo de la mierda, que además es irreversible.
Decía al principio que la apertura total de las fronteras no solo socava la idea de nación, sino que también la existencia de una cultura diferenciada. Destruir una cultura es mucho más que la pérdida de una identidad colectiva, pues siempre lleva consigo la amputación de la memoria individual, tan importante para sabernos partícipes de algo mucho más importante que nuestra propia existencia para luego poder transmitirlo a la siguiente generación. Si ya no formamos parte de algo que nos trasciende, no somos.
El estado de no ser es aquel que nos convierte en desarraigados de todo lugar, incluso aunque sea el lugar de nacimiento y donde permanecemos toda la vida. Y esto es hasta cierto punto normal que les ocurra a aquellos que han tenido que dejar sus lugares de origen para buscarse la vida en otros parajes que les son ajenos por cultura, tradiciones, idioma, etc. Pero, en breve —una generación más, a lo sumo—, de no revertir con mano de hierro este problema, nos encontraremos con una parte importante de españoles que no se sentirán españoles por razones de origen de sus familias, y lo que estas les inculcan de odio hacia España, y con otra parte significativa que tampoco entenderán qué es ser español porque la memoria amputada no se regenera sola; hay que alimentarla.
Pero antes de alimentarla hay que defenderla, y ello pasa por defender las fronteras, que no es sinónimo de cerrarlas. Y si nos llaman fachas, que nos llamen fachas. Y si nos llaman racistas, que nos llamen racistas. Al menos yo, prefiero que me llamen facha y racista antes de tener que volver la vista atrás y descubrir que todo aquello que amo ha sido destruido por aquellos que lanzan al viento su orgullo gay, al tiempo que abren de par en par las puertas a quienes en sus países de origen los lanzan al vacío desde una azotea, o los cuelgan de grúas, o a sus mujeres las tratan como una posesión más. O, mejor dicho, al tiempo que impiden que les cerremos las puertas y que no puedan destruir aquí lo que previamente han destruido en sus países: la libertad, único y verdadero progreso que merece la pena.
Y no piense usted, querido lector o lectora, que la única contradicción que cabalgan estos progresistas de inteligencia caduca es esta que he expuesto a modo de ejemplo. Si quieren ustedes, podemos ampliar el repertorio, porque, ¿qué bien hará a los intereses de la clase trabajadora ver como día sí y día también España se llena de mano de obra barata, manejable para empresarios sin escrúpulos y políticos gañanes?
Que cada uno saque sus propias conclusiones.
