«A pesar de todas las proclamaciones que hemos hecho a la humanidad, dentro de los últimos noventa años, de que nuestro gobierno se basa en el consentimiento y de que ese era el fundamento legítimo sobre el cual cualquier gobierno podría respaldarse, la última guerra prácticamente ha demostrado que nuestro gobierno se basa en la fuerza tanto como cualquier otro gobierno que haya existido alguna vez».
Lysander Spooner

«La elección es sencilla: pragmatismo o muerte, realidad o wokismo. Para ello, debemos elevar a una nueva generación de representantes del pueblo»
El texto que más ha marcado mi pensamiento político es Sin Traición: La Constitución sin Autoridad de Lysander Spooner, un ensayo que, por desgracia, no ha llegado completo a nuestros días. En él, Spooner refuta de manera brillante todo el dogma sobre el nacimiento de los Estados Unidos, basado en la —falsa— elección libre de los ciudadanos de sus representantes y en el principio del consentimiento que legitima a los gobernantes para dirigir las naciones, y de paso echa por tierra todas las obras de pensadores como Rousseau y su idea del contrato social.
Spooner representa la figura del hombre hecho a sí mismo, hijo de su tiempo, que ejemplificó el principio del libre albedrío frente a lo absurdo de la democracia impositiva. Pero lo más importante de su legado es que es fruto de la acción y la experiencia. Tal vez por ello, y porque Sin Traición: La Constitución sin Autoridad supone el alegato más brillante contra el poder de los políticos basado en la legitimación otorgada por elección del pueblo, su obra se mantiene en un plano discreto, sin la difusión que debería tener dada su clarividencia. Y digo que lo más relevante de la obra de Spooner es la acción y la experiencia porque ningún otro «diseñador» de sociedades puede presumir de lo mismo. Desde Hobbes, Locke y el citado Rousseau hasta los llamados pensadores de hoy en día, nadie puede exponer un cuerpo intelectual basado en la experiencia de la vida, entendida esta como acción y no como mera creación de ideas.
Las sociedades europeas actuales pecan, sin embargo, de estar dirigidas bajo el influjo de teorías de la realidad diseñadas por personajes que, al contrario que Spooner, viven al margen de la cotidianeidad de la mayoría de las personas
Las sociedades europeas actuales pecan, sin embargo, de estar dirigidas bajo el influjo de teorías de la realidad diseñadas por personajes que, al contrario que Spooner, viven al margen de la cotidianeidad de la mayoría de las personas: filósofos, politólogos, intelectuales, periodistas e, incluso peor, los políticos, no son capaces de articular ideas que surjan de la confrontación con las condiciones materiales de la población. Por eso, cuando en un breve espacio de tiempo, en diferentes países, llegan al poder personajes como Trump, Milei o Bukele, tan rupturistas con las fantasías creadas por los teóricos de la realidad, la reacción de aquellos que ven cómo sus castillos en el aire corren peligro de ser abatidos a pedradas por la población es rebelarse furiosamente contra estos, a quienes acusan de ser los verdaderos fabuladores de sociedades apocalípticas.
Si nos centramos en el concepto de teorías de la realidad, vemos que las sociedades europeas —que son las que ocupan mis pensamientos— son el reflejo del humo de ideas emanadas de personajes carentes de la acción vital que desbordaba a Spooner. Y si bien es cierto que la pretensión de construir la realidad en base a teorías de la realidad ha estado siempre presente en la historia, no es menos cierto que, sobre todo, ha estado relegada a la figura de los filósofos. Recordemos lo bien que le fue a Platón cuando quiso influenciar a Dionisio el Joven.
Pero no ha sido hasta ahora que realmente estamos sufriendo los estragos de la ausencia del pragmatismo tan necesario para sostener sociedades sanas. Y cuando hablo de pragmatismo no me refiero al sentido adscrito a la corriente filosófica que le da nombre, que también, sino a esa sabia costumbre anterior de identificar los problemas reales para buscarles soluciones reales.
Las utopías, como las distopías, son percepciones degeneradas de la realidad de las sociedades. Claro que muchos de ustedes podrían discutir si el concepto de realidad referido a las sociedades existe. Y tendrían razón, si es que son relativistas. Porque la realidad existe, aunque luchemos por ignorarla. Y así, en su tozudez, nos demuestra una y otra vez que las relaciones sociales, y más cuando son la herramienta que determina las normas por las que debemos regirnos socialmente, no pueden funcionar cuanto más se alejen de las necesidades reales de la población.
Porque los individuos, en cuanto a relacionarnos con los demás y formar sociedades, lo que tenemos son necesidades reales que cubrir: alimentación, cobijo, compañía, amor, reproducción, protección, colaboración, identidad, etc. Entonces, y con arreglo a estas necesidades, hemos ido tirando hasta el día de hoy, en que estamos deformados socialmente por haber dejado que los teóricos de la realidad nos camelasen con sus cánticos de sirena.
«El examen, bastante prosaico, de la inversión americana en Europa, nos descubre un universo económico que se hunde —el nuestro—, unas estructuras políticas y mentales —las nuestras— que ceden ante el empujón exterior, los prolegómenos de una bancarrota histórica: la nuestra».
Jean-Jacques Servan-Schreiber, El Desafío Americano.
En el ensayo Un Desafío Americano (Plaza & Janés, 1968), el periodista, ensayista y político francés Jean-Jacques Servan-Schreiber nos explica las devastadoras consecuencias de la influencia de los Estados Unidos en Europa, con una claridad tal que, leyéndolo hoy, cincuenta y siete años más tarde, parece que lo haya escrito ayer. Así da comienzo Un Desafío Americano:
«La tercera potencia industrial del mundo, después de los Estados Unidos y de la URSS, podría ser muy bien, dentro de quince años, no ya Europa, sino la industria americana en Europa. Ya en la actualidad, a los nueve años del Mercado Común, la organización de este mercado europeo es esencialmente americana».
Lysander Spooner y Jean-Jacques Servan-Schreiber tienen tres cosas en común: ambos conocían bien la idiosincrasia de los Estados Unidos, ambos escribieron sus respectivos ensayos basándose en la realidad de los hechos, para a partir de ella plantear las soluciones que veían a sus problemas, y ambos han sido ignorados por la historia. Si bien es cierto que hoy la influencia de la industria de los Estados Unidos en Europa no es tanto como la pintaba Jean-Jacques Servan-Schreiber, sí lo es que nuestras estructuras siguen bailando al son que marca el Tío Sam. Y esto es un problema, como es lógico, porque sin una verdadera emancipación de los EEUU, la UE no puede aspirar a otra cosa que ser su sierva.
Para bien o para mal, los europeos carecemos de autonomía para determinar nuestra posición de poder en el mapa del mundo.
Y, sin embargo, hoy en día estamos asistiendo a un nuevo capítulo de esta historia de influencia de los Estados Unidos sobre Europa, o, para ser más precisos, sobre la UE. Para bien o para mal, los europeos carecemos de autonomía para determinar nuestra posición de poder en el mapa del mundo. Y esto es así porque nuestros dirigentes carecen de toda fuerza moral para hacer frente, no ya a Donald Trump sino a cualquier presidente de los Estados Unidos, aunque fuese un viejo senil como Joe Biden. Por cierto, la diferencia entre Biden y Trump con respecto a nuestra relación de vasallaje con ellos, es que con Biden nuestros políticos gozaron de manga ancha para implementar las políticas woke, importadas de los yankis, ─ Recordemos que la deriva hacia lo woke de los políticos europeos no emana de ideas surgidas en el viejo continente, sino que son la ropa de segunda mano que nuestros dirigentes han querido ponerse para lucir sus mejores galas─ mientras que con Trump se ven exigidos a adoptar posturas pragmáticas o asumir las consecuencias de no hacerlo, como estamos viendo en el caso de la guerra de Ucrania. Que lo woke haya nacido en los Estados Unidos no significa que los Estados Unidos sucumban a lo woke. Y esto es algo que deben aprender los políticos europeos.
Nuestros dirigentes políticos no están por la labor de independizarse de los Estados Unidos, sino que quieren que los estadounidenses se independicen de Donald Trump.
Pero no solo nuestros políticos carecen de toda fuerza moral para hacer frente a los Estados Unidos, sino que carecemos ─en conjunto, dirigentes y ciudadanos─ de algo mucho más importante: capacidad de hacerlo. En este sentido, regreso a El Desafío Americano, pag 233:
«La generación de la postguerra ─II guerra Mundial─ tuvo que elegir entre la integración de Europa en el mundo comunista o el mantenimiento de su independencia. La generación política de hoy se encontrará ante una alternativa menos dramática pero igualmente clara: hacer de Europa hogar de una civilización autónoma o dejar que se convierta en un apéndice de los Estados Unidos. El desbordamiento del poderío americano impulsa a nuestros vacilantes países hacia el segundo camino, y existe el peligro de llegar a un punto irreversible antes de que los niños que hoy tienen diez años alcancen la edad del voto».
Nuestros dirigentes políticos no están por la labor de independizarse de los Estados Unidos, sino que quieren que los estadounidenses se independicen de Donald Trump. Porque Trump, con sus muchas sombras y ciertas luces representa mejor que ningún otro dirigente occidental ─Putin es un caso aparte─ la idiosincrasia yanki contra la que luchó Lysander Spooner: la democracia como justificación, el puño de acero como acción y primero los Estados Unidos, segundo los Estados Unidos y después los Estados Unidos. Y eso a nuestra Úrsula Von Der Leyen y demás guiñoles les pone de los nervios, porque no les importa que la UE sea un apéndice de los Estados Unidos mientras ellos puedan gozar de cierta autonomía y, sobre todo, el Tío Sam siga pagando las facturas. Con Trump esto se acaba, pero la patada en el culo la llevaremos los ciudadanos, no Úrsula y cía.
Es por esto por lo que, cuando escucho y leo al coro de voces atormentadas clamar contra Trump, advirtiendo del peligro que supone para los europeos, no puedo más que sentir lástima por todos nosotros.
Es por esto por lo que, cuando escucho y leo al coro de voces atormentadas clamar contra Trump, advirtiendo del peligro que supone para los europeos, no puedo más que sentir lástima por todos nosotros. La UE, y en consecuencia los europeos que formamos parte de ella, tenemos que enfrentarnos al mismo reto que nos recuerda Jean-Jacques Servan-Schreiber, y casi en las mismas condiciones: o sumisión a los Estados Unidos o independencia asumiendo el reto y sus consecuencias. Pero teniendo en cuenta, además, que no solo es una cuestión de ir por libre, sino de cómo ir, y en ese sentido, Donald Trump nos lo ha dejado claro: no podemos contar con él como aliado si antes no podemos cuidar de nosotros mismos. Trump no quiere vasallos a los que defender de sí mismos, ni tener que pagar las facturas de nuestros castillos en el aire. Y menos tolerar que teóricos de la sociedad se entrometan allí donde se juega el futuro de medio mundo en una partida donde sólo se aceptan las cartas marcadas del pragmatismo.
Además de al pragmatismo de Trump, los europeos nos enfrentamos a Putin y a China por un lado, que solo obedecen a esa misma filosofía, y a la invasión de musulmanes, fruto de ese diseño social derivado de esas teorías de la realidad que nos han impuesto.
Así que la elección es sencilla: pragmatismo o muerte, realidad o wokismo. Para ello, debemos elevar a una nueva generación de representantes del pueblo y establecer una constitución que emane verdaderamente de nuestra autoridad.
Ahora bien, ¿quién le pone el cascabel al gato?

