Que vayan ellos a matarse. Por Gallego Rey

Que vayan ellos a matarse,

«Una de las cosas más insanas que le puede ocurrir a una persona es mantenerse durante toda su vida fiel a las mismas ideas»

Una de las cosas más insanas que le puede ocurrir a una persona es mantenerse durante toda su vida fiel a las mismas ideas. No descubro nada nuevo cuando digo que, con los años, adquirimos conocimiento y experiencia, lo cual nos debe invitar a consultar constantemente la imagen que tenemos de nosotros mismos, de los demás y del mundo. Es por eso por lo que, al menos en mi caso, las ideologías hace mucho que han dejado de interesarme, más allá de su estudio y conocimiento de causa. Las ideologías, como modo de abrazar una razón de vida, me parecen, junto con los dogmas de fe, las formas más tristes de vaciar de contenido nuestro intelecto. Y con esto no estoy diciendo que profesar una fe sea rigurosamente negativo, malo o pernicioso, sino que a lo que nunca hay que llegar es al fanatismo del dogma. De igual manera, una cosa es estudiar las diversas ideologías que, a lo largo de la historia, los seres humanos hemos creado, las presentes o incluso imaginar unas nuevas, y otra es hacerse rehén de ellas, cualquiera que sea, porque en el momento en que se abraza una ideología, indefectiblemente se renuncia al pensamiento crítico, a la búsqueda de otros conocimientos, a la sana confrontación de ideas y, en definitiva, a pensar por uno mismo.

Reconozco, no obstante, que en mi juventud pequé de idealista y abracé la doctrina socialista, acaso porque una cosa vaya de la mano de la otra, pareado aparte. Cabe decir en mi descargo que las ideas socialistas, bien presentadas, o, mejor dicho, bien publicitadas, son un camelo irresistible. Pero como la vida no es una fotografía estática, sino una fuerza de arrastre que nos obliga a avanzar hasta un destino que, si bien no sabemos cuándo ha de llegar, sabemos que lo hará, hace tiempo me impuse la obligatoriedad de someter mis ideas a todos los principios de contradicción que me sea posible.

Es importante asumir que uno es absolutamente irrelevante en el conjunto de la historia de la humanidad, porque al hacerlo entramos en una dimensión en la cual podemos apreciar mucho mejor los matices de todo aquello de lo que formamos parte. Así, fruto de esta asunción, aprendemos que de lo desconocido o de lo que no nos afecta no debemos preocuparnos, y de aquello que nos influye o que creemos conocer es mejor tener una visión lo más amplia posible. Coincido con la idea de que no hay verdades absolutas, pero, en justa reciprocidad, tampoco hay mentiras absolutas ni posiciones absolutamente equivocadas.

«El concepto de felicidad es tan curioso que muchas personas solo hallan cierto grado de ella a través de la amargura, del enfado o del cabreo constante y su correspondiente escenificación»

Por esto creo, y valga la redundancia, que vivimos apegados a demasiadas creencias, y no necesariamente religiosas. Es cierto que hoy en día, con la utilización de internet, los seres humanos — ¡quién lo diría! — no necesitamos pensar. Nos basta con creer. En este sentido, internet nos aporta el acceso a un amplio abanico de creencias prediseñadas, que nos son dadas del mismo modo que cualquier producto que podamos encontrar en un supermercado o un centro comercial. Podemos elegir de entre un amplio surtido, que se nos presenta en estanterías virtuales, por donde profesionales del neuromarketing nos van conduciendo para que, al final, optemos por una u otra opción de servidumbre mental, la que más felices nos haga.

El concepto de felicidad es tan curioso que muchas personas solo hallan cierto grado de ella a través de la amargura, del enfado o del cabreo constante y su correspondiente escenificación. El problema es que esa actitud genera tal consumo de energía que termina por agotar a los individuos afectados de tan singular felicidad, dejándolos exhaustos y con un vacío existencial producto de no haber dedicado más tiempo a cuestionarse la opción que han elegido de servidumbre. Estos individuos, corrompidos por sus creencias, al no ser capaces de abrir sus mentes y ver que ahí afuera existen otras ideas, otras opciones políticas o sociales, otras religiones y, en definitiva, otras maneras de ver el mundo, cuando llegan a ese momento de reconocer el vacío existencial en el que indefectiblemente acaban, no tienen otra alternativa que buscar la manera de recargar las pilas y continuar con la patada a seguir, en un ciclo que se reproduce en bucle hasta que el individuo fallece.

Hay que tener mucho cuidado con extender la idiotez natural con la que venimos al mundo más allá del tiempo de formación que toda persona necesita para convertirse en un individuo adulto, autónomo y con criterio propio. Pero hoy en día esta tarea se ve dificultada precisamente por la facilidad con la que podemos sustituir todo el denuedo que implica formarnos de forma crítica y autónoma por este modelo de adopción de perfiles de credos y pseudopersonalidades a la carta, de fácil implantación y que no requieren ninguna exigencia de autocrítica, análisis o confrontación con la realidad. Por eso decía al principio que lo peor que le puede ocurrir a una persona es mantenerse durante toda su vida fiel a las mismas ideas. Y donde dice ideas, dice valores. A fin de cuentas, un valor no deja de ser una idea que se autoimpone como un principio ético. Así, por ejemplo, para muchas personas el patriotismo, el amor a la bandera y al himno de su país son valores que deben mantenerse constantes a lo largo de la vida y que, además, son consustanciales a la existencia del individuo. Es decir, un hombre o una mujer nacidos en España y que desarrollan su vida en España deben abrazar esos principios —el del patriotismo español, el amor a la bandera de España y al himno nacional— como inherentes, lo cual, desde mi particular punto de vista, convierte a ese individuo en un ser dogmático y peligroso.

El patriotismo, el amor por tu país y sus símbolos son valores positivos solo cuando se adoptan voluntariamente después de haberlos confrontado. Voy a exponer un ejemplo que ilustra la intención de mi argumento: un cristiano solo puede ser cristiano cuando, de forma autónoma y haciendo uso del libre albedrío, asume el cristianismo como su condición porque, obviamente, comprende, acepta y, aún más, desea lo que ello conlleva. Uno no es cristiano porque sus padres o tutores legales en su momento hubieran decidido bautizarlo. Uno ni siquiera es cristiano porque, en una minoría de edad y sin capacidad real para tomar sus propias decisiones informadas, haya hecho la primera comunión. Ni siquiera lo acepto por el hecho de haberse confirmado a una misma minoría de edad, en la cual realmente el consentimiento para ello deviene de una falta, o, mejor dicho, de la ausencia de madurez para tomar la decisión. En definitiva, uno solo puede ser cristiano cuando tiene una personalidad autónoma para asumir la condición de cristiano.

Pues, de igual modo, el patriotismo, el amor por tu país, por sus símbolos, etcétera, solo puede ser un valor o un sentimiento que se asume o se siente como propio sin la inducción forzada de terceros. Con esto no excluyo, evidentemente, que el entorno en el cual crecemos, nos formamos y nos sentimos integrados influya, obviamente.

Es por esto que, cuando enviamos a una generación de jóvenes a morir a una guerra bajo la excusa del patriotismo, de la bandera, del himno, del amor a la patria, tendríamos que preguntarnos si estamos en el derecho de exigirles ese sacrificio o si no sería más justo que las guerras iniciadas bajo esas excusas las librasen aquellos que de corazón asumen ese amor a la patria.

Me gusta utilizar la frase «El patriotismo es el último refugio de los canallas» de Samuel Johnson, no para ridiculizar a los patriotas de corazón, sino, como el propio Samuel Johnson infirió, para denunciar a los canallas que se valen del patriotismo para cometer actos deshonestos e inmorales. Y no hay acto más deshonesto e inmoral que enviar a morir a decenas o a cientos de miles de personas, jóvenes la mayoría, a una guerra cuya justificación es el patriotismo, cuando todos estamos viendo —y además es una constante a lo largo de la historia— que las guerras, todas, absolutamente todas, son declaradas por canallas en busca de poder, dinero y recursos naturales.

El patriotismo es otra cosa: no se dice, se siente; no se anuncia, se demuestra llegada la hora.

Y si por patriotismo hay que dar lo único que de verdad se tiene —la vida—, que sea por España, en mi caso; no por una patria inventada, que ni es patria, como es la Unión Europea, y menos por la codicia y sed de poder de quienes juegan al ajedrez en nombre de la patria con la vida de quienes mejor estarían disfrutándola en paz.

 

Gallego Rey

Mis pensamientos son tan fugaces que, a veces, me siento como un pez que sobrevive nadando sin rumbo, siempre a contracorriente. Lo sé porque avanzar me resulta difícil, y porque la memoria de este mundo es tan voluble que, para cuando termine de escribir esto, lo que ahora es cierto quizá ya no lo sea. Por eso guardo muchas de las ideas que cruzan por mi mente, como señales indelebles en el tiempo, con la esperanza de trazar un mapa que dé sentido a esta insensatez de mostrar al mundo mi propia insignificancia.

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