«Ese día comprendió que aquella llamada a su puerta rogando amistad, fue el aviso que tanto esperaba para poder recuperar su anhelada felicidad».
Una visita inesperada. Por Manuel Sanz Real

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«Ese día comprendió que aquella llamada a su puerta rogando amistad, fue el aviso que tanto esperaba para poder recuperar su anhelada felicidad».

Ahora, que yo soy el padre, me pregunto si alguna vez habré estado a la altura y si mis hijos recordarán su niñez como un tiempo de felicidad, como la recuerdo yo.

«Una de las cosas más insanas que le puede ocurrir a una persona es mantenerse durante toda su vida fiel a las mismas ideas».

Nos queda mirar al mar y dar gracias, porque como las olas vienen y van, así se mueven los momentos felices… Sólo se es grande cuando se aprende a ser pequeño

Nuestro fuerte como especie es ese concepto de seres con cerebro sensible, aunque nos cueste tanto admitirlo, aunque nos guste tanto ocultarlo…

Está el mundo en la actualidad, como para sonarse los mocos en la servilleta. Aquí te arrean un soplamocos, por un quítame allá esas pajas.

Manos, tantas manos que se alzan, se ruborizan, unas tan llenas, otras manos vacías, tantas vidas. Unas se quedan otras marcharán.

Algunos osados apuntan a la mano del hombre para la plaga bíblica que sufrimos y esta no duda en cargarle el muerto… a la caprichosa vida.

Elogio de la lentitud, el canto y la risa porque ahora todo son prisas, carreras, nervios, preocupaciones. Los pucheros ya no cuecen, en la lumbre, el potaje durante seis u ocho horas

Necesidad de marchar una vez descubierto el mundo que rompe de pena todo y en el que se ve un pasaje cruel


Llega un momento en que como el efecto de un transfocador, tu vida se aplana y comprime ante la última curva, ya cerca del horizonte. No hay muchas alternativas al ver pasar los días sin estímulos inmediatos o lejanos. Sabes que la lejanía se está recortando, se acorta a pasos agigantados, y entonces, ¿para que volver a empezar?, es probable que no quieras, que el nuevo deseo se convierta de nuevo en baldío.
Al principio, en la juventud, el cambio de lugar, de vida, de trabajo, de situación, te impulsa. Pero ahora cualquier cambio te recuerda lo poco que va quedando, te recorta la perspectiva. Cualquier comienzo, hasta el de un posible amor nace ya yermo y sin rumbo, tu norte se lo llevó el tiempo. Ahora comprendo, porque los viejos pierden pronto la memoria cercana.
No vale la pena retener lo nuevo que la vida te ofrece, no tienes lugar para ponerlo, no existe ya futuro, para ello. Así son mas felices, viven en el recuerdo, que es melancolía, procurando olvidar las penas y sinsabores. Pero por eso están callados y triste, metidos en ese mundo del que saben ya no van a salir. Y nada, ningún triunfo postrero sirve de recompensa, por eso son patéticos los homenajes y festejos, que no celebran tu vejez, si no la dicha de los que pueden decirte, en la fiesta, que son jóvenes, cargados de sueños, que morirán en su mayor parte, olvidados de los otros que jalearon cuando tú podías.
Ya suena la hora del perdedor, del perdedor del tiempo, los años, las ilusiones y sobre todo las fuerzas para hacerlas realidad. Cada mente tiene un aguante, pero llegados a un punto o te paras o te paran. Llega un momento en el que alguien te dice que no, que tu vida no ha sido fructífera, que siempre te ha movido el egoísmo, y tal vez sea verdad, porque todos somos egoístas, aunque no lo sepamos, esa es tu grandeza y tu pena como ser humano.
Lo que pasa es que cuando ves que las luces pueden apagarse pocos años mas tarde, recuperas el sosiego para perdonar a quién te hirió y te ofendió. Algunos no tienen ese problema porque siempre fueron ofensores, refugiados en sus dobleces de disimulo, pero por desgracia eso ahora a ti ya no te sirve de nada.
Últimamente estoy pensando realmente en la inutilidad de hacer las cosas a mi edad, quizás solo sean un deseo de lo que quisimos y soñamos ser y nunca conseguimos. En definitiva lamentos absurdos perdidos en la inmensidad de una sociedad que apremiada por sus propias necesidades ya no ve o no quiere ver lo que de perdido cargan los mayores sus espaldas. No quieren que el futuro les borre la sonrisa.

Es tal la confusión que en los actuales planes de enseñanza obligatoria los alumnos pueden elegir entre una signatura de Religión y otra de Valores