
«La actitud moral hacia los espectadores es, en la actualidad, como un pañuelo lleno de mocos que se le pasa al espectador cuando menos se lo espera»
Está claro que las televisiones dependen de los anunciantes y, para ello, está la publicidad, que, por muy molesta que pueda resultar, es necesaria. De lo contrario, para ver este medio, habría que pagar un canon mensual, semestral o anual, como ocurre en otros países.
Sin embargo, a veces las cadenas, valiéndose de los índices de audiencia de algunos programas e instadas por los anunciantes que buscan la franja horaria con mayor número de espectadores, saturan ciertos programas. En momentos determinados, parece que el espectador no ve el programa, sino que ve anuncios intercalados con fragmentos del mismo. Esto puede considerarse una agresión a los espectadores que, aun sin ser conscientes de ello, lo perciben como tal, actitud que acabarán viendo aceptable en otros ámbitos de la vida.
Es en esos momentos cuando hay que ser extremadamente cuidadoso con los espectadores y realizar los cortes en puntos adecuados, es decir, en bloques separados del programa en cuestión, o entre entrevistas o temas. Parece que la actitud moral hacia los espectadores es, en la actualidad, como un pañuelo lleno de mocos que se le pasa al espectador cuando menos se lo espera. En ocasiones, he visto cortar una entrevista para insertar bloques publicitarios e, incluso, he observado cortar un video sin una pausa previa con un fundido a negro. Mucha gente no se dará cuenta, pero es tal la falta de respeto al espectador que yo, desde luego, no lo acepto. He llegado a dejar de ver un programa que me gustaba por la chulería publicitaria. Estoy convencido de que, si muchas personas hicieran lo mismo, los anunciantes acabarían entrando en razón, colocando y realizando bloques publicitarios en lugares adecuados de cualquier programa en emisión.
Creo que una de las razones por las que la gente joven se va apartando del medio televisivo y pasa al ordenador es precisamente por esto. Quizás no se den cuenta de que es una falta de respeto, pero, seguramente, inconscientemente piensan: «Que se vayan a tomar el pelo a su padre«. A veces he pensado en boicotear algunos productos dependiendo del número de repeticiones de su spot y por el lugar en el que este esté embutido; cuanto más agresivo sea para ver el programa, más. España parece el país en donde nadie respeta a nadie. Pero esto no solo ocurre en asuntos como la publicidad televisiva, sino casi en cualquier asunto público. Luego nos quejamos de que tenemos una sociedad violenta; ¿cómo va a ser de otra manera con los nervios a flor de piel que estamos provocando en la gente?
En España hay un problema que sobrevuela todos los demás y es una falta de disciplina social, que debería ser obligatoria. Actualmente, debido a que se les ha quitado a los profesores la autoridad, cualquier chiquilicuatre se cree en posición de enmendarle la plana a cualquiera. ¿Qué queremos, un país de matones, en los que por la fuerza se consigue todo, o un país de gente formada, amable e inteligente? Yo lo tengo claro. Mucha gente se quejaba de que en tiempos del franquismo no había libertad, pero ¿cómo se puede pedir libertad cuando vemos en la actualidad que individuos, grupos e, incluso, comunidades y regiones, con tal de hacer de su capa un sayo, son capaces de mandar a freír espárragos hasta a las instancias sociales superiores? Muchos españoles piensan que la igualdad debe ser universal, sí, pero yo añadiría que para quienes respetan las leyes y las normas de comportamiento, la paz y la armonía social. Si no, algún día volveremos a gozar de algún «ísimo» que nos volverá a poner las peras al cuarto.
Y es por todo esto por lo que empezaba diciendo que está claro que las televisiones dependen de los anunciantes y, para ello, está la publicidad, que, por muy molesta que pueda resultar, es necesaria. De lo contrario, para ver este medio, habría que pagar un canon mensual, semestral o anual, como ocurre en otros países. Sin embargo, a veces las cadenas, valiéndose de los índices de audiencia de algunos programas e instadas por los anunciantes que buscan la franja horaria con mayor número de espectadores, saturan ciertos programas. En momentos determinados, parece que el espectador no ve el programa, sino que ve anuncios intercalados con fragmentos del mismo. Esto puede considerarse una agresión a los espectadores que, aun sin ser conscientes de ello, lo perciben como tal, actitud que acabarán viendo aceptable en otros ámbitos de la vida.
