
«Ante semejante acto de usurpación de nuestras aguas jurisdiccionales, no consideramos, tras breve deliberación, tener que molestar a nadie»
Los muchachos y yo viajábamos por todo lo largo de nuestro río en una balsa hecha con las cámaras de viejas ruedas de tractor, y al llegar al límite de nuestra travesía río abajo, o sea, a la altura da Ponte Furada, que es el puente que hace frontera natural entre nuestro río y el río Chancelas, o río Chancelas de abajo, para no confundirlo con el otro río Chancelas, que está río arriba del nuestro, nos encontramos con el cadáver flotante del señor Xacome, tendido boca abajo, espatarrado como el que se tiende al sol a echarse una siesta o a dormir una buena mona.
El señor Xacome no era de nuestro pueblo ni le pertenecía por ley ahogarse en nuestro río. El señor Xacome era del pueblo de al lado, de Cereo, y que fuese a ahogarse en nuestro río no nos hizo gracia a ninguno; ni a los muchachos ni a mí. Y eso que el señor Xacome era un hombre querido en nuestras tierras y tío de uno de los muchachos; de Alfredito, que en un ataque de poca consistencia de espíritu, al ver a su tío ahogado, se puso a moquear como una plañidera. Tuvimos que arrearle por turnos una somanta de bofetadas para ahorrarle la vergüenza de exponerse ante nosotros con tan poca presencia de ánimo, cosa que con el correr del tiempo nos agradeció de veras, porque además ninguno quiso airear el asunto a riesgo de exponerlo a mofas y befas.
En esos momentos, lo importante no era que su tío Xacome se hubiera ahogado, vete a saber si a caso hecho o por descuido, sino que lo hubiera hecho en tierra, o mejor dicho, en aguas que no le correspondían. Y que estaba taponando con su cuerpo a todo lo ancho del arco del puente la corriente del río, impidiendo que las espadañas, ramas y la mierda que bajaba fluyesen libremente, creando un encoro que, si no se destaponaba, haría que nuestro río se convirtiese en ponzoñoso, jodiéndonos el baño y las innumerables posibilidades recreativas que nos ofrece. Urgía actuar. Si el ahogado fuese de los nuestros, o sea, natural a nuestro río, ninguno hubiese dudado en ir a dar parte a la vecindad para que nuestros mayores procediesen con el cadáver como correspondiese, dadas las circunstancias. Pero ante semejante acto de usurpación de nuestras aguas jurisdiccionales, no consideramos, tras breve deliberación, tener que molestar a nadie, así que, ayudados con una vara de roble que llevábamos con nosotros para gobernar la balsa, procedimos a destaponar empujando el cadáver flotante de Xacome, para que dejase de ser un estorbo.

