Orden y Caos. Por Gallego Rey

Orden y Caos.

«La imagen no importa. Lo que importa es el interior de la persona».

La deriva hacia la superficialidad de pensamiento y, en consecuencia, hacia la ausencia de pensamiento, entendido este como la acción de racionalizar de forma crítica todo cuanto nos acontece, preocupa o es susceptible de análisis, se debe en buena parte a la asimilación de frases que han calado en la mente de muchos individuos, como la que inicia este artículo. Pero son una gran mentira.

Los humanos no somos la gran excepción de la naturaleza. Somos la especie más avanzada, pero no una nota o capítulo al margen en el gran libro de la vida, y, por tanto, nuestra esencia enraíza en conceptos de supervivencia donde la imagen juega un papel fundamental a la hora de activar resortes de desconfianza, miedo, aversión o todo lo contrario frente a lo que nos rodea. Además, a lo largo de la historia, el ser humano ha buscado, mediante la imagen personal y grupal, transmitir señales al resto de individuos y colectivos lo más claras posibles sobre con quién se cruzan en el camino.

Sin embargo, leo y escucho a gente que se cree muy moderna ─por aquello del progresismo instalado en el cerebro─ repetir con énfasis esto de que la imagen no importa, para desligarla de lo que se es o como excusa para denostar a quienes sí creemos que la imagen que proyectamos dice muchísimo de nosotros. La imagen personal, como concepto, no se circunscribe únicamente a la ropa que vestimos, al aseo personal, o a si lucimos tatuajes, pendientes, argollas y demás abalorios de estética para iniciados en el noble arte de descifrar tribus, subtribus y demás fauna urbana. También atañe a nuestro lenguaje corporal y a nuestro comportamiento, que se puede sintetizar en «con una mirada basta».

El problema es que otra frase muy conocida se ha entendido mal: «Cada uno es libre de hacer lo que quiera», lo cual incluye poder vestir y adornar el cuerpo a placer. Y digo que se ha entendido mal por omisión de la parte que implica que ello no impide que los demás nos juzguen en base a la imagen que proyectamos.

A mí, por ejemplo, me repele la gente híper tatuada, salvo en los casos folclóricos, como pudieran ser los tatuajes que adornan a los miembros de esta o aquella tribu de no sé dónde. Muy de National Geographic. Y me repele tanto si es el repartidor del butano como si es Lionel Messi, por citar el ejemplo de un famoso, quien se muestre como una tira de cómic con patas.

Esto me sirve de introducción a mi homilía de hoy al respecto de lo importante que es cultivar una buena imagen, tanto personal como colectiva. Asunto pasado de moda, al parecer.

Hay cuestiones en Occidente, sobre todo en España, que resultan complicadas de plantear en público, y esta es una de ellas, tal vez porque nos enfrenta a otras de igual importancia que a su vez provocan pasmos, desmayos e indignación, a saber: orden o caos, autoridad o permisividad, ética y estética.

Permítaseme que me centre un momento en la ética y la estética como atributos que deben ir de la mano, de vital importancia comprender antes de seguir desarrollando el asunto principal. Yendo hacia atrás en el tiempo, en busca de los orígenes de la filosofía que ha dado forma al molde del pensamiento occidental, nos encontramos con Platón y Aristóteles, cada uno con su idea.

Belleza (estética) y ética en Platón y Aristóteles

En sus diálogos, especialmente en El banquete y La república, Platón vincula la belleza con el bien y la verdad. Para él, la belleza no es solo algo superficial o físico, sino que tiene una dimensión moral y espiritual. La auténtica belleza, según Platón, es aquella que refleja el orden y la armonía del alma.

En La república, habla de la educación y la importancia de la armonía en el individuo, lo que incluye tanto el cultivo del cuerpo como del alma. Considera que la apariencia externa puede ser un reflejo del carácter moral de una persona, pero advierte contra la superficialidad: la verdadera belleza es la del alma virtuosa.

Si aplicamos estas ideas al concepto de imagen personal, podríamos decir que Platón valoraría una apariencia armoniosa y bien cuidada, pero solo en la medida en que refleje una vida virtuosa. No aprobaría una preocupación excesiva por la estética si esta no está acompañada de un desarrollo moral e intelectual.

Podemos colegir entonces que, para Platón, la imagen personal no es solo cuestión de estética, sino que debe estar alineada con la virtud y la verdad, reflejando un alma bien ordenada y en equilibrio.

Aristóteles, al igual que Platón, no trató directamente la imagen personal en los términos en los que hoy la entendemos, pero sí abordó la relación entre estética y ética en su filosofía. Para él, la belleza (estética) y la virtud (ética) estaban relacionadas, pues consideraba que el ser humano debía buscar la armonía tanto en su conducta como en su apariencia.

En su Ética a Nicómaco, sostiene que la virtud se encuentra en el término medio, es decir, en evitar los excesos y los defectos. Aplicado a la imagen personal, esto podría interpretarse como la búsqueda de una presentación equilibrada, ni descuidada ni excesivamente ostentosa. En La poética, también menciona que el arte y la representación de la belleza deben inspirar virtud y estar alineados con el ideal del bien.

Además, en su Política, habla de cómo la apariencia externa puede reflejar el carácter y la virtud de una persona, lo que implica que la imagen personal no es irrelevante, sino que comunica algo sobre la naturaleza moral de un individuo.

En resumen, aunque Aristóteles no se refiere explícitamente a la imagen personal, su pensamiento sugiere que la armonía entre estética y ética es importante, y que la forma en que nos presentamos al mundo debería reflejar un equilibrio virtuoso

Para no hacerme trampas al solitario, debo añadir que Sócrates, maestro de Platón y tal vez el gestor de la filosofía tal y como la conocemos, opinaba que no había que dar importancia a la apariencia personal y defendía que la belleza del alma era más valiosa que la del cuerpo, dado que la verdadera imagen de una persona es su carácter y sus acciones.

¿Y todo esto qué tiene que ver con el Orden y el Caos?

Entiendo el orden y el caos como las condiciones materiales y sociales que nos influyen y en las cuales nos desarrollamos y tomamos nuestras decisiones. Así, atribuyo al orden la función de homogeneizar y al caos la de diversificar o diferenciar, pero siempre desde la base de una ética que se vea reflejada en la estética.

Orden y caos casi siempre van ligados a un ciclo similar al del día y la noche; es decir, uno siempre lleva al otro y viceversa. Es importante que ocurra así, como un juego necesario para alcanzar la madurez en la vida y sostener sociedades equilibradas. Por ejemplo, el orden representa la etapa imprescindible del primer aprendizaje del individuo, sometido a la vigilancia de sus padres o tutores y a las leyes y normas sociales, a los que se debe dada su vulnerabilidad e incapacidad para valerse por sí mismo. En cambio, el caos representa la etapa de la pubertad, adolescencia y juventud, donde el individuo continúa su formación, a menudo luchando por romper con el orden establecido y afirmarse como un sujeto único. En la medida en que el orden al que ha sido sometido es demasiado rígido, el caos en el que incurra puede ser tanto o más radical. Por lo tanto, la virtud está en moderar cada uno de los polos, asumiéndolos como necesarios y complementarios.

Regresando a la frase inicial del artículo: «La imagen no importa. Lo que importa es el interior de la persona». Si le hacemos caso a Sócrates, estoy de acuerdo. Pero no siempre los hombres más sabios aciertan en todo. ¿Qué es la imagen de una persona? ¿Su físico? ¿Su vestimenta? Debate interesante. Opino que es un todo, donde lo exterior es el reflejo del interior; luego, si decimos que el interior es lo que importa, el exterior debe darnos pistas de cómo es la persona, porque ambos deben ir de la mano. En todo caso, al igual que una paja no hace un pajar, un individuo no hace a la sociedad. Pero es fundamental entender qué motiva no a un individuo aislado, sino a centenares de miles, cuando no a millones, a prescindir de la ética para arrojarse en manos de la estética vacía. Aquí quería llegar.

De algún modo, se ha equiparado el orden al autoritarismo para destronarlo bajo la excusa de la lucha por la libertad. Esto nos ha conducido a una sociedad repleta de personas cuya base ética es nula, pues no han tenido la oportunidad de someterse a ningún dictado que les hiciera pasar del orden al caos y vuelta al orden. Sin fricción no hay comparación; sin cimientos no hay edificio. Así, hemos visto cómo la autoridad de los padres ha derivado en una suerte de colegueo con los hijos y una permisividad absurda, o cómo el sistema educativo ha transformado a los profesores en monitores de tiempo libre, donde lo importante no es hacer que los alumnos se enfrenten a la realidad, la conozcan y la asuman, sino dejar que fabriquen su ilusión del mundo basada en el egocentrismo. Esto nos ha llevado a un escenario en el que el contenido fluye sin continente, en una suerte de escape psicodélico que destruye la razón y hace que, de tan únicos, ya ni se reconozca ni Dios, con el peligro inherente de ser expulsados de nosotros mismos. A fin de cuentas, solo podemos aspirar a ser únicos en el sentido de mostrarnos diferentes frente a otros a los que consideramos iguales entre sí.

Por otro lado, hay individuos que sí se identifican entre sí estéticamente, porque mantienen una unión en lo ético, aunque su ética nos pueda parecer repulsiva. Y no solo se identifican entre ellos, sino que los demás los identificamos. Verbigracia, los que no comen jamón, tienen el pelo brócoli y visten chándal del PSG.

Esto demuestra que, colectivamente, la imagen sí importa. Y mucho. Porque es el reflejo de cómo es la sociedad donde se habita, qué valores defiende, a qué dioses implora o si respeta a sus muertos, entre otros aspectos. Cabe recordar que las sociedades se consumen y mueren si no se las atiende como a un ser vivo o son devoradas por otras cuando muestran síntomas evidentes de debilidad. Porque una sociedad es un organismo vivo, como lo puede ser un hormiguero o una colmena. No en el sentido individual de la palabra, sino porque la suma de vidas que la componen la conforma como un todo que funciona al unísono. Y, como tal, puede ser parasitada y llevada a la muerte o fallecer por falta de cuidados.

El orden, por lo tanto, es crucial tanto para la formación del individuo como de la sociedad, y el caos no lo es menos, en tanto que escuela de asimilación del propio orden y de búsqueda de la identidad, perdida o por descubrir.

¿Y por qué importa cuidar la imagen personal? Porque es nuestra carta de presentación, lo que le muestra al mundo lo que somos y lo que nos permite saber cuál es nuestro hormiguero. Si esa imagen es superficial, sin una base ética que la sustente, podrá ser una bella imagen de escaparate, tomada prestada de cualquier modelo que nos guste, o un pastiche. Cualquier cosa menos estética. Porque la estética exige su correspondiente ética. Por eso, a tanta gente le da pavor equiparar su imagen a sí mismos. Y Sócrates no tenía razón, porque si hay algo en lo que podamos estar de acuerdo, es que nuestros actos moldean nuestro aspecto; luego, lo que se ve es lo que somos. Por eso, tal vez, cada día observo a más gente que, a falta de actos que los moldeen, recurren al camuflaje: sí, a decorarse de arriba abajo, a vestir a tal o cual moda siguiendo a «gente influyente», a colgarse abalorios en cualquier parte del cuerpo, etcétera. Les falta orden para entender el caos. O tal vez la fricción de la que he hablado antes y a la que se refería Viktor Frankl, el psiquiatra y neurólogo austríaco fundador de la logoterapia, quien sostenía que el sufrimiento y la adversidad pueden ayudar a las personas a encontrar un sentido en la vida.

En su libro El hombre en busca de sentido, basado en su experiencia en los campos de concentración nazis, afirma que la clave para soportar el sufrimiento es encontrar un propósito. Eso es: un propósito.

Las personas que no han conocido el orden y viven asentadas en un caos placebo, porque no les exige más que formar parte de la revolución del postureo con las necesidades básicas más que cubiertas, carecen de un propósito para vivir. Por eso buscan en la apariencia el debe y el haber que solo da la experiencia vital, que no es lo mismo que vivir por vivir. Y esto, en sí, solo tendría que ser un problema individual, salvo porque la suma de afectados es tan grande que hace que la sociedad sea disfuncional.

Por cierto, no hay que confundir la estética derivada de aspectos que no podemos controlar, como la genética, con aquella que es obra de la voluntariedad del individuo. Los que nacemos feos no tenemos culpa.

Al respecto de tener un propósito en la vida, a modo de curiosidad, y visto la cantidad de personas que se quejan por todo, Frankl tenía una técnica provocadora con algunos pacientes desesperanzados o suicidas. En lugar de intentar convencerlos de que la vida valía la pena, les decía algo como: «Si realmente no tienes motivos para vivir, ¿por qué no te suicidas?». Esta pregunta hacía que el paciente reflexionara y se diera cuenta de que, en realidad, sí había algo que lo retenía, algo que aún le daba sentido a su vida. Este enfoque se basaba en su creencia de que la lucha, la «fricción» con la vida, es lo que nos hace encontrar nuestro propósito. Él decía: «El que tiene un “porqué” para vivir puede soportar casi cualquier “cómo” (citando a Nietzsche)

Frankl creía que el ser humano necesita retos, propósito y dificultades para crecer y encontrar significado, algo que hoy en día también defienden corrientes como la psicología positiva o la filosofía existencialista. Y cualquiera que haya tenido un comienzo en la vida ligado al orden y se haya enfrentado al caos, añado. 

Pero cuando la pregunta que se hace toda esta gente que diferencia entre el exterior (la estética) y el interior (la ética) es «cómo», entonces no pueden soportar ningún «porqué».

Por último, cabe señalar que la excepción, en tanto rareza, puede ser sugerente, atractiva o incluso exótica. Pero cuando demasiadas personas abrazan la excepción, es porque no han encontrado el sentido a sus vidas y persiguen la sombra de un yo que les es esquivo.

La imagen importa; refleja quiénes somos.

 

Gallego Rey

Mis pensamientos son tan fugaces que, a veces, me siento como un pez que sobrevive nadando sin rumbo, siempre a contracorriente. Lo sé porque avanzar me resulta difícil, y porque la memoria de este mundo es tan voluble que, para cuando termine de escribir esto, lo que ahora es cierto quizá ya no lo sea. Por eso guardo muchas de las ideas que cruzan por mi mente, como señales indelebles en el tiempo, con la esperanza de trazar un mapa que dé sentido a esta insensatez de mostrar al mundo mi propia insignificancia.

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