
“Ojalá algún día ningún horizonte sea una frontera”. (Cristina Del Valle).
Miraba al horizonte en ese mar de otoño al que tanto llegó a amar, como único lugar en el que de verdad podía hacerlo, sintiendo, como siempre, la sensación de ser efímero y nimio, de no importar y de no importarle a nadie. Esa sensación, que debería ser desasosegante y triste, al contrario, le posicionaba en la tierra; Le hacía ver que ningún hombre es importante, salvo para sí mismo y, a veces, ni eso.
Siempre había sentido la necesidad de saberse prescindible, de vislumbrar que, de alguna manera, nada de lo que pudiera hacer o dejar de hacer tenía la suficiente importancia para el normal funcionamiento de las cosas. Habiendo ya elegido donde quería ser olvidado, ser consciente de que no había hecho nada que no se pudiera olvidar le devolvía la paz que tanto había buscado siempre.
Por eso el mar, ese infinito de agua, el gran azul. Por eso la inmensidad que te hace pequeño. Por eso y por ser el único lugar donde de verdad se entiende el horizonte, esa delgada línea que separa lo conocido de lo que está por conocer. Esa frontera que divide a los hombres, a las naciones, las religiones, las culturas y que, pese a ser imaginaria, es tan real, tan sólida, que puede cercenar la libertad y la vida de tantas personas. Una línea por la que algunos, muchos, han muerto y han de morir en pos de lo que otros se empeñan en arrebatarles, muchas veces sin otro motivo que el afianzar posiciones de poder, que el hacer daño por el mero hecho de que pueden hacerlo. Por motivos altisonantes, ideales abstractos, eslóganes vacuos para comprar voluntades, para ganar adeptos, entre los que no tienen nada que perder y no son conscientes de que tampoco tienen nada que ganar.
Muchas veces, mirando el mar, como ahora, se había planteado ir al otro lado, no como huida, sino como redención, para llegar a otro sitio donde ser otro, para sentir la alegría del olvido, el propio y el ajeno, y empezar de nuevo en otro lugar del mundo, desaprendiendo para aprender lejos de prejuicios, de influencias congénitas, de la bondad maléfica del entorno; para defenderse del amor del prójimo y, asomado a un nuevo precipicio, decidir por sí mismo si quería saltar. Para liberar las cadenas que, invisibles como la línea de la frontera, nos roban la libertad de ser quienes somos, para obligarnos a ser lo que debemos ser. Individuos alienados, piezas de una comunidad a la que no pertenecemos pero que nos absorbe con la voracidad de un depredador, con la violencia de un ente al que alimentamos y para el que somos imprescindibles, como la sangre, como el oxígeno; piezas de un puzle que nunca abarcaremos, porque nos es ajeno. El lugar asignado, la celda invisible que nos ha tocado en suerte y de la que no somos capaces de salir.
Ahora, que había decidido abandonar esa rueda, salir de ese círculo de fuego, por fin, se sentía libre. Ahora que había dicho basta, que había borrado con el pie la línea en la arena, ahora, en esa playa, era libre.
Ahora, sintiendo la reverencia por el mar que nos separa y nos une, subió a esa barca en pos del horizonte, con la alegría de ser consciente de que, en realidad, no navegaba hacia un destino, sino que dejaba en la orilla el inmenso peso que había arrastrado para depositar en el mar lo que ahora debía de ser, libre al fin de todo, de todos y de sí mismo.

