Conversaciones en el andamio: Sobre la política hostil que nadie quiso ver venir. Por Francisco Gómez Valencia

Sobre la política hostil que nadie quiso ver venir.

«Mientras los liberales lloriquean y los “marimacrones” se reúnen para no decidir nada, él sigue adelante, demostrando que se puede ganar sin pedir permiso»

Pese a las ridículas manifestaciones contra los caseros instigadas por la extrema izquierda de salón, y las habituales de carácter gubernamental en defensa de su modelo soviético de Sanidad pública, la triste realidad se impone y la falta de legislación adecuada en ambas materias, sumado a que el gobierno está bloqueado y a la expectativa de nuevas o nuevos escándalos, la tormenta perfecta en modo Trumpsigue llenando páginas, dando vidilla a las tertulias, y copando los titulares apocalípticos de telediarios y de la aburrida prensa escrita, teledirigidos ambos desde un poder político, noqueado tras el aire fresco del huracán norteamericano. 

Donald Trump ha vuelto a sacudir el tablero mundial con su estrategia de aranceles, y mientras los mercados tiemblan y abundan los lamentos, hay quienes vemos en esta jugada un movimiento brillante, tanto en lo técnico como en lo ideológico. Lejos de ser un capricho populista, como lo pintan esos economistas de chichinabo que se creen guardianes del libre mercado, los aranceles son una herramienta para devolver el equilibrio a un mundo que lleva décadas saqueando a Estados Unidos. Y sí, también son un puñetazo en la mesa contra la hipocresía globalista que tanto adoran ciertos liberales de pacotilla.

El respaldo de Trump.

Desde un punto de vista técnico, la lógica es aplastante. Como bien diría un economista sensato que no se deja llevar por las modas liberales y progresistas, el comercio internacional no es un juego de niños donde todos creen ganar. Durante años, los chinos han inundado el mercado estadounidense y el europeo con productos baratos (chinadas absurdas) gracias a subsidios encubiertos, devaluaciones manipuladas y regulaciones laxas que ellos mismos no permiten en su casa. ¿Resultado? Fábricas cerradas, empleos perdidos y una dependencia absurda de cadenas de suministro extranjeras. Los aranceles de Trump, con tasas que van del 10% al 34% según el país, no son un ataque al comercio, sino una defensa del sentido común: si te portas mal, pagas. Es una forma de nivelar el campo de juego, obligando a los demás a negociar en serio o asumir las consecuencias. Los números no mienten: cada punto porcentual que sube la tasa arancelaria promedio recupera terreno para la industria local, y eso es algo que los datos históricos desde los años 40 confirman. 

Chinadas absurdas.

Pero no todo es economía fría. Hay un trasfondo ideológico que eleva esta estrategia a otro nivel. Aquí entra el orgullo de una nación que se niega a arrodillarse ante el dogma del «todo vale« que promueven los tecnócratas globales. Los aranceles son un grito de soberanía, una apuesta por la identidad y la autosuficiencia frente a esos que creen que el mundo debe ser un todo homogéneo sin fronteras ni raíces. Es la idea de que una Nación fuerte no se deja pisotear por acuerdos comerciales desiguales ni por socios que sonríen mientras te clavan el puñal. Frente a eso, los liberales de tertulia, con sus discursos grandilocuentes sobre la libertad de mercado, se comportan como niños repelentes a los que o se les da la razón o te bloquean, pues nada, que les den por el culo. A esta gentuza insolvente y reaccionaria les encanta el libre comercio cuando beneficia a otros, pero lloran cuando alguien les pone un espejo delante y les canta las cuarenta.

Y luego está el ridículo de los gobiernos europeos, como el nuestro, obsesionado con su postureo progresista que no sabe ni por dónde le da el aire. Mientras Trump mueve fichas con decisión, aquí Sánchez se limita a balbucear con esa voz de impostor que pone en las grandes ocasiones desparramando sobre diálogo y multilateralismo, como si las palabras bonitas fueran a frenar la sangría económica que provoca su mera presencia al frente del cotarro. Es patético ver cómo se aferran a un modelo caduco, y qué decir de la caterva de liberalios que se le han sumado  circunstancialmente imitando hasta sus andares. Pobre gente, son incapaces de entender que el nuevo mundo no espera a los, liberal-monguers, gente lenta de reflejos que no ha visto aún por dónde les vienen las leches.  Ingenuos, ¿os creíais verdaderamente los más listos de la clase? Los aranceles de Trump son una lección de realidad: el poder se ejerce, no se mendiga (como canta metafóricamente la Shakira).

Claro que los críticos y demás meapilas de la secta de Hayek seguirán gritando que esto es proteccionismo del malo, que va a hundir la economía global y tal y tal. Pero, ¿no es verdad ángel de amor, que en esta apestosa orilla, retozan quienes más chillan para que los chinos nos arruinen mejor? Trump no está destruyendo el comercio, está reescribiendo las reglas para que no sea un suicidio. Y mientras los liberales lloriquean y los marimacronesse reúnen para no decidir nada, él sigue adelante, demostrando que se puede ganar sin pedir permiso. Eso, amigos, es liderazgo. Que tomen nota los que aún creen sus propios cuentos chinos.

Feliz día de San San Juan Bautista de La Salle

Españazuela a 7 de abril de 2025.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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