
«Me encuentro de nuevo a una sociedad civil española dormida, apática, acrítica, subsidiada, y donde ya es práctica habitual el lawfare»
Estimados lectores y amigos, que tanto me habéis pedido que escribiera, disculpadme, no podía escribir nada: nada puede generar nada, como afirmaba el filósofo presocrático Simplicio en Física -cuya obra conservo en mi biblioteca personal, junto a la de los principales clásicos-. La creatividad, estimados amigos, surge de la inspiración de aquél que mediante las distintas artes liberales desea transmitir una idea, sentimiento o pensamiento a la sociedad, bien sea a través de la escritura, la pintura o la escultura. Esto es algo -para mí, al menos- muy personal e intransferible; algo que no puede ser sustituido por la denominada “inteligencia artificial, IA”. No discuto su utilidad en la ciencia y la técnica, como en la medicina, pero no puede sustituir la creatividad humana que nace de los sentimientos y estos de la más profundo del alma -o la supraconciencia, como diría el Dr. Sans Segarra, al cual he escuchado con interés en una de los pocos programas televisivos que he seguido en este “letargo activo”, “Horizonte” y “Cuarto Milenio”-.
A tales efectos -escribo de corrido y de memoria en una habitación cerrada de mi casa- se me viene a la memoria aquello que expresara un filósofo de cuyo nombre no me acuerdo. Sentenciaba que el arte es el mediador de lo inexpresable -sí, Goethe-, pero alguien dijo que «nada puede resultar creativo si se pone límites al pensamiento«, es decir, a la libertad de cada persona de expresar sus ideas libremente y esto ya no puede ser tolerable; no se puede imponer el pensamiento a nadie en una sociedad que abandera la libertad humana. La esfera del libre pensamiento es sagrada y forma parte de la naturaleza humana ligada a la razón: el binomio libre pensamiento y razón humana es pisoteado constantemente por los “directores de orquesta” que dirigen la maléfica Agenda 2030. Pues, muchas veces nos callamos por aquello de los “nuevos dogmas” de lo “políticamente correcto”, aunque las decisiones de los oligarcas nos lleven a la III Guerra Mundial, exhortando a la población europea a hacerse con un “kit de supervivencia” (Vor Der Leyen, dixit). No desentonaría, en tono quevedesco, preguntarse la “razón de la sin razón, que mi razón entiende” -Don Quijote a Sancho Panza- de aquellos que ahora nos asustan con la “guerra”: ya el general de División y escritor, Don Rafael Dávila, y el coronel Baños, han hablado claro -más claro que nadie de los líderes que he oído- al respecto de la guerra de Ucrania.

Durante este “sueño”, del que digo despertar, me he dedicado a estar callado y observante, pero sólo superficialmente, como un “borrego” más del rebaño de George Orwell, y la verdad que se vive más tranquilo y mejor que “pensando” tanto y escribiendo ríos de tinta que de nada sirven frente a los dirigentes tan obedientes que tenemos de una España convertida en colonia al antojo de los intereses de los que realmente nos gobiernan, que no son otros que los “Amos del Mundo”, como titulaba la doctora Cristina Martín Jiménez. Durante estos meses me he centrado en mis escritos jurídicos y en conectar con la naturaleza tan maravilloso de nuestra tierra en el contexto delibiano -en recuerdo a D. Miguel Délibes– del campo español, observando las colinas y valles, cañadas y escuchando la melodía del canto de las aves. Sin embargo, gracias a nuestros campos y valles, los cuales nos proporcionan los alimentos básicos para la vida, se encuentran hoy en peligro por las políticas de Europa con el sector primario español, arrancando olivos para sustituirlos por placas fotovoltáicas, mientras tanto se otorgan subvenciones millonarias a Marruecos para plantar olivos: qué intereses hay detrás de todo esto y por qué nadie alza la voz.
Pues sí, amigos, después de este tiempo he vuelto a escribir -de corrido, como me gusta-, y me encuentro de nuevo a una sociedad civil española dormida, apática, acrítica, subsidiada, donde ya es práctica habitual el “lawfare” que hace unos años fue duramente criticado por los únicos que pueden -según lo que veo- si los dejan en paz frenar la autocracia delirante de Sánchez y sus súbditos: el poder judicial, cuya misión se encuentra perfectamente recogida en el art. 117 de la Constitución Española, como el tercer poder del Estado: “La justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey por Jueces y Magistrados integrantes del poder judicial, independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley.” Y no se dejen engañar, el Tribunal Constitucional no forma parte del poder judicial, sino es un órgano de garantías de la constitucionalidad de todo aquello que pudiera contravenir -ser antagónico- con la Carta Magna. De hecho, es de todos conocida la intromisión del Tribunal Constitucional en competencias exclusivas del Tribunal Supremo, sobre lo cual hay mucho publicado.
Por último, para no cansar al lector, a colación, me gustaría que reflexionen sobre aquello que escribió Chesterton respecto a la decadencia de Roma, que fue un llamativo periodo de prolongado estancamiento. «No quedaba nada que pudiera conquistar, pero tampoco nada que pudiera mejorarla«, resumió escuetamente. «Los pueblos habían mancomunado sus recursos y aun así no había suficiente. Los imperios se habían aliado y aun así seguían en bancarrota. Ningún filósofo que filosofara verdaderamente podía pensar nada más…«. La civilización superior se había extendido hasta el último confín del mundo conocido después de siglos de evolución y había terminado por condenarse a una agonía lenta producto de su propia hegemonía.

