No es justo, según hemos dicho, que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie (León XIII, Rerum Novarum)

«En la Doctrina Social de la Iglesia encontramos un refuerzo de las actividades humanas en favor de la humanización del trabajo»
Estimados amigos y seguidores,
Tras el ‘Habemus Papam’, acojo con alegría e ilusión -como en todos los pontificados que he conocido en mi más de medio siglo de vida- el nuevo pontificado que se ha iniciado en la persona del agustino -ex cardenal Prevost- León XIV P.P. Y como laico comprometido -desconociendo las líneas de su pontificado- me ha venido a la mente el estudio que dediqué a la figura de León XIII P.P. -entro otros pontífices- como precursor de la Justicia Social en el contexto de finales del S.XIX-, cuando surgió los primeros movimientos obreros, interpelando a los Estados a adoptar medidas de protección del trabajador y de su familia en el marco de la familia cristiana, y, reconociendo, por otra parte, el derecho a la propiedad privada -lo que no debe confundirse con el capitalismo, ni lo primero con el marxismo-.

León XIII preocupado por la cuestión social exhortó al diálogo entre patronos y trabajadores, al establecimiento de sistemas de protección social frente a un modelo de estado sometido a los dictados de la producción industrial, situando al “hombre” en el centro de todo. Aquello supuso un hito que dio lugar al nacimiento del modelo social -no confundir con socialismo- que impulsó las primeras normas jurídicas de protección de los trabajadores y la creación en España del Instituto Nacional de Previsión y de los comités paritarios en las empresas, de donde surgieron los primeros movimientos obreros de inspiración cristiana.
De tal manera, que el Trabajo humano, además, se convierte en una necesidad para cada uno y para todos los hombres, constituyendo un medio de asegurar la vida y bienestar de la familia y sus valores fundamentales; siendo, además, el camino que conduce a un futuro mejor, realizado mediante un esfuerzo comunitario y solidario, como se infiere de la Carta Encíclica Rerum Novarum, actualizada en el pontificado de San Juan Pablo II por la Encíclica ‘Laborem Exercem’, dada en Castelgandolfo, el 14 de septiembre de 1981. Y digo actualizada, porque el Santo Padre Juan Pablo II la dedicó con motivo del 90 aniversario de la Rerum Novarum de León XIII, dada en Roma el 15 de mayo de 1891.
Recordemos que Juan Pablo II conocía bien el trabajo en primera persona, en el contexto de su etapa juvenil en una Polonia amenazada tanto por el comunismo, como por el nazismo.
Ya el papa León XIII en la encíclica “Rerum Novarum”, al tratar de la cuestión obrera, propone como vía fundamental de solución a los problemas del trabajo en su época, posterior a la Revolución Industrial, la Cooperación y Solidaridad entre todos los Hombres, dictando unos deberes tanto a los patronos como a los proletarios para la consecución de la Justicia Social.
Aunque S.S. León XIII fuera el primer pontífice a partir del cual se formara el embrión de la Doctrina Social de la Iglesia en a finales del S.XIX (Roma, 15 de mayo de 1891), aquél más que tratar el significado en sí del trabajo de forma explícita, trata de la solución de las causas de las injusticias que conlleva el trabajo dentro del contexto social de la época, así como de las medidas a tomar en cuenta sobre la base del magisterio de la Iglesia. Así, posteriormente, Juan Pablo II relaciona “Trabajo y Técnica”, “Trabajo y Hombre”, “Trabajo y Dignidad de la Persona”, “Trabajo y Sociedad: Familia y Nación; “Trabajo y Orden de Valores” y “Trabajo y Solidaridad”. Todos estos puntos los desarrolla el obispo de Roma en el capítulo II de su carta encíclica “Laborem Exercens”, bajo el título del Trabajo y el Hombre”.
No obstante, no encontramos una definición concreta y exacta de lo que significa para la doctrina social de la Iglesia el concepto de Trabajo, aunque sí numerosas matizaciones dispersas.
Así, podríamos distinguir dos elementos principales:
“El Hombre”, como centro y eje del Trabajo.
“La Tierra”, como medio material de sometimiento al Hombre, la cual debe someter y dominar (cfr. Génesis 1-28).
Por lo tanto, en la Doctrina Social de la Iglesia encontramos un refuerzo de las actividades humanas en favor de la humanización del trabajo -como veremos a lo largo de la presente tesina-, situando al ser creado por Dios como centro de todo.

Para S.S. Juan Pablo II, además, el trabajo no sólo lleva la marca del hombre, sino que es en el trabajo donde el hombre descubre el sentido de su existencia. Es decir, el trabajo comporta «esta dimensión fundamental de la existencia humana de la que la vida del hombre está hecha cada día, de la que deriva la propia dignidad específica y, en la que, a la vez, está contenida la medida incesante de la fatiga humana, del sufrimiento y también del daño y de la injusticia que invaden profundamente la vida social dentro de cada nación y a escala internacional«.
El Trabajo, además, se convierte en una necesidad para cada uno y para todos los hombres, constituyendo un medio de asegurar la vida y bienestar de la familia y sus valores fundamentales; siendo, además, el camino que conduce a un futuro mejor, realizado mediante un esfuerzo comunitario y solidario.
Estimados amigos y lectores, y en especial aquellos que os identificáis con el modelo de vida del cristiano, al que nuestro recordado Francisco P.P. nos exhortó a entrar en política a fin de defender los valores y principios básicos que sustentan el magisterio social de la Iglesia, en estos tiempos de mercados globales en los que todo se mide en función de la aritmética financiera globalista, regidas por las políticas de los intereses de élites, vemos cómo las familias cada vez estamos más empobrecidas e, incluso, cómo crece la pobreza en muchos países de la UE, como el dato del crecimiento de los hogares españoles con dificultades sociales; vemos el drama del desempleo, o cómo ha ido progresivamente desapareciendo la dimensión humana y espiritual del trabajo humano, mientras los Estados absorben la libertad del individuo y de las familias, desapareciendo la propiedad privada familiar que permitía vivir desahogadamente en otros tiempos a miles de familias que hoy viven de un mísero subsidio o ayuda social; vemos cómo cada vez tiende a desaparecer el modelo de Seguridad Social que nació precisamente en Europa gracias a las exhortaciones de León XIII. Frente a ello, tampoco supone ninguna solución la utopía marxista, pero tampoco el neocapitalismo de Estado, del que nacen las injusticias sociales.
Tras un cuarto de siglo XXI, muchos de mi edad, padres de familia, seguro que me entienden cómo aún trabajando los dos miembros de la misma, no da para pagar o vivir desahogadamente, permitiendo el desarrollo integral de la conciliación de la vida familiar. Como afirmara Juan Pablo II, en una ocasión: “No es bueno que el hombre -ser humano- se deje esclavizar por el trabajo; sino, al revés, el trabajo humano es el medio de vida de la familia cristiana”.
Mientras tanto, hoy en día fuimos testigos de la desaparición de las clases medias, las dificultades de los jóvenes para encontrar un trabajo o acceder a su primera vivienda, y, sobre todo de la imposición de una hoja de ruta dirigida por el NOM, totalmente opuesta a la concepción cristiana de Occidente. Y es que el diablo no quiere que desaparezca el cristianismo -nada más lejos-, sino que quiere un cristianismo sin Dios, en un mundo sin Dios, como leí hace años (Fabrice HADJADJ, La fe de los demonios -o el ateísmo superado-, 2009).
Si mi presentimiento de que el pontificado en sede de Magisterio Social de la Iglesia va a conseguir la moderación del ansia materialista de estos tiempos, recordando que el hombre debe estar por encima de la ambición de la aritmética financiera globalista, situando a la familia en el centro de la creación como Dios hizo, habremos conseguido mucho en pro de la paz -palabra repetida por S.S. León XIV, PP.- y de la Justicia Social.

