
«Parece mentira que la boina, de cuya historia y uso bien podría escribirse un tratado, no tenga la buena fama que merece»
De Mercedes Formica me gustaría escribir en otra ocasión a propósito de ella (cuando digo “a propósito de ella” es a causa de haber leído su obra en todo o en parte). Mientras eso sucede, viene a mi memoria lo que cuenta (Mercedes, naturalmente) a propósito de don Pío Baroja, quien puso como condición para asistir a un acontecimiento cultural (no se había inventado todavía el programa “Sálvame” de Televisión Española), quizá se tratara de una importante exposición, puso como condición el no ir desprovisto de su reconocible boina, de su chapela vasca o navarra, pues temía coger frío.
Y es que este asunto de la boina quiero sacarlo a colación reivindicando el uso de tan denostado elemento. Por mucho que a María Durán le digan que le sientan bien determinadas gorras con visera, y que un servidor de ustedes haya escrito brevemente sobre ellas, en especial la de la John Deere y la Caja Rural (señas de identidad celtibéricas como el toro de Osborne o el fino Tío Pepe de la Puerta del Sol), me veo en la obligación de advertir mi admiración por la boina ibérica. Habrá quien defienda el uso del sombrero (y los hay bien vistosos, como los tiroleses esos que llevan una pluma); habrá quienes como en el célebre anuncio de la calle de la Montera exclame: “Los rojos no usaban sombrero”.

En dicho establecimiento puede que fuera bien recibida la siguiente cuarteta publicitaria, que yo ofrezco gratuitamente en caso de reapertura:
La sombrerería Brave
que está en la calle Montera,
vende sombreros de ave
y evita ser un hortera.

Decía que hay quien defiende el uso del sombrero. Allá ellos: José Antonio Primo de Rivera no lo llevaba. “Y tampoco boina”, me dirán ustedes, no sin razón.
La boina es un complemento internacional también. Parece ser que la llevaban en el París de la bohemia los artistas y sus musas; la usaba el comunista Ernesto Guevara, alias el Che (que la compró precisamente en Madrid); el socialista Prieto y los carlistas (roja ellos y blanca las Margaritas). Hemos hablado ya de Pío Baroja, pero además Xènius era también aficionado a cubrir su magna cabeza con tan contundente adorno. Entre nuestros pintores, ¿no la exhibieron Zuloaga o Vázquez Díaz?
La boina española sí que de verdad ha contribuido al hermanamiento entre los hombres de toda condición, desde los personajes de Paco Martínez Soria a los hermanos Labordeta, todos ellos aragoneses. Hasta el actor José Bódalo, desde su casita con vistas al Guadarrama la utilizaba durante sus labores de jardinero en El Crack Dos, la película de Garci. Parece mentira que la boina, de cuya historia y uso bien podría escribirse un tratado, no tenga la buena fama que merece: es discreta, cumple su función térmica y es barata porque dura esa media vida desde su adquisición hasta la muerte del propietario: con sólo una transacción económica ya tenemos el dolor de cabeza resuelto y con una segunda la boina de los domingos.

No crean que bromeo. El tema de la boina es para mí cosa estimable. En el pueblo era hasta hace unos años cosa natural en los viejos, como mi abuelo, y costumbre en algunos hombres maduros, como mi tío Rito, que la llevaba hasta dentro de casa. Ahora ya esos hábitos se van perdiendo. Vemos a los ancianos jugando al guiñote o a la petanca, pero uno irá con un sombrero de seudopaja, el otro con la gorra madrileña, y el de más allá con una de propaganda de una fábrica de piensos. Señores, ¡que ya están ustedes jubilados! ¿Qué fue de la digna boina de sus antepasados?, ¿nos avergüenza acaso parecer de pueblo?
Otra cosa son las boinas de opereta, de diversas categorías y colorines y sus añadidos pines y emblemas de ciertas unidades militares, policiales o de vigilancia. Nada que ver con las admirables boinas verdes de las COE o del GAR, o las negras de la Brigada Paracaidista. Pero, yo había venido aquí a hablar de mi boina, y que ya va siendo hora, caramba, por mucho que en mi casa se opongan (¡mopongo!) con toda seguridad a que el paterfamilias sea el objeto de chanza entre sus compatriotas, sus allegados, sus amigos o sus vecinos… todos ellos, por supuesto, divinos y modernos.

