
«Como siempre estos días florecen los puestos en homenaje al colesterol. El barrio huele a ‘fritangueo’ del bueno, como debe ser»
Como siempre estos días florecen los puestos en homenaje al colesterol. El barrio huele a panceta, torreznos, chorizo, morcilla, gallinejas, entresijos, costillas asadas, humo del rico, ‘fritangueo’ del bueno, como debe ser. Los bares itinerantes llenos de gente disfrazada de chulapos, mata por una mesa donde pasar un rato botellín en mano, por supuesto, para contarse las cosas que: ‘pongamos que hablo de Madrid’.
La Mahou fabricada desde hace varias décadas en el término de Guadalajara corre por nuestras venas, aunque uno que peina canas aun recuerda la fábrica al otro lado del Manzanares en el Paseo Imperial custodiando al Estadio Vicente Calderón. Sus inmensas cubas cercanas al Puente de Toledo colindantes a la Plaza de Pirámides miraban desafiantes puente abajo hacia la Glorieta de Marqués de Vadillo, punto de arranque hacia lo alto de General Ricardos dejando a derechas al Paseo del quince de mayo y a su izquierda Antonio López. Por debajo, la larguísima Avenida del Manzanares, territorio comanche desde el puente de los franceses, no les digo más, ¡que contentos entraban y que tristes salían casi siempre, eso sí, gritando como los que más!
Zona cero, cruce de caminos, enjambre de asfalto y de coches y de gente, que ahora sin futbol transita como zombis sin orden por Madrid Río, antaño, la M30 en superficie noche y día con su ruido infernal. Volviendo por el Puente de Toledo hacia atrás, Calle Acacias mirando altiva, Paseo de Yeserías a la derecha con aquella casa antigua que no había forma de echarla abajo, el campo de futbol de tierra. Qué mañanas echábamos los sábados ahí. Era y es Arganzuela con su parque y esa fuente que tenía con su gente dando vueltas paseando a la sombra de sus centenarios árboles, bordeando las pasarelas rojiblancas llenas de cacas de perro a juego con el Estadio. Más adelante, cruzando de nuevo el río, la Telefunken ora si, ora no, que disgusto y que pedazo de solar quedó cuando se fueron los guiris. Hoy es un centro comercial custodiado por sus puentes psicodélicos de anuncio marcando el paisaje, pero la fiesta perdura, como duran las tradiciones que unen generaciones gracias a la fiesta llevándosela nada menos que hasta el Matadero trasformado y reinventado. Sus explanadas ahora están reconvertidas, con su avenida exclusiva para culturetas cutres y socialcomunistas, menudo horror.

Volviendo al meollo en el centro del sarao, desde el mirador de San Isidro, se otea La Almudena, el Palacio Real, el Viaducto, lo que fue La Virgen del Puerto, y como no, por ahí resuenan las ‘muñecas chochonas’, revientan los claveles, huele a barquillo y apestan los puestos del PSOE, UGT o Comisiones Obreras, casi tan viejos y anacrónicos como el mismo santo. La fiesta en sí misma siempre fue carabanchelera y de los barrios colindantes igualmente chungos, la gente bien venía de parte del distrito centro, como sigue pasando: Las Vistillas, Calle Toledo, Plaza Mayor, Gran Vía de San Francisco, Calle Mayor, las Letras y en su defecto y siendo muy generoso, Jardines de Sabatini y algún despistado de Plaza España o incluso Ferraz.
En todo lo alto, la transversal o lo que es lo mismo, el cruce del Paseo de la ermita del santo donde se ubica la famosa ermita, el cementerio de San Isidro y la fuente milagrosa, flanqueada por la famosa pradera y la explanada colindante con lo que hoy es el tanatorio de San Isidro, al lado de donde se monta la verbena. Recuerdo que sonaba Camela, los Chichos, los Chunguitos y hasta Azúcar moreno, abundaba el gitaneo propio de los que montaban el evento primos hermanos de los dueños del Rastro. Se respiraba tranquilidad, bien, sin problema, no había chavalería haciendo botellón, ni bandas latinas cortando extremidades por la noche, había madrileños, ‘palurdos de la capi’ con la parpusa calada hasta las orejas haciendo cosas de fiesta de pueblo, como lo hacen los de Móstoles, Parla, Torrejón o Alcobendas. Cantábamos ‘todos los paletos fuera de Madrid, ala Madrid, ala Madrid, ala Madrid, ala Madrid, ala Madrid, ala Madrid, ala Madrid, sí, sí’ o ‘aquí no hay playa laralalala, la, la’, pero bueno, es lo que hay, los tiempos cambian pero la tradición perdura. La gente intenta ser la misma, resiste, créanme porque hoy además Madrid transpira Hispanoamérica, huele a moro, abundan rubios exiliados del asqueroso comunismo del este de Europa, la maría y la grifa en fin, costo del malo, eso si que no ha cambiado de cuando la fiesta era solo de Carabanchel, Usera, Villaverde, Orcasitas, Latina… ¡Maldita jodida globalización! Nos ha robado el espíritu de la golosina, el agua ya no es del manantial sino del Canal de Isabel II, hay casi tantos tipos de rosquillas como socialistas corruptos, eso sí, afortunadamente los indios ultras del aleti del tío Gilito se largaron del barrio, los muertos siguen enterrados donde siempre, y el aceite de freír, para mí que es el mismo.
Aún y así y pese a todo creo que al final cualquier tiempo pasado no fue mejor, solo diferente, la Colegiata de San Isidro, el Santo, los Reales Estudios de San Isidro, la ermita, el Teatro La Latina, el mercado La Cebada, la Iglesia de San Francisco el Grande, el río ahora sin apenas agua para que crezca la fauna y flora de los cojones, los olores, los sabores, los recuerdos en sí mismos son propiedad de cada generación de madrileños que en algún momento u otro hemos hecho nuestra la tradición de comer en la pradera, beber el agua milagrosa creyendo en ella, rezar al santo, ir hecho un pimpollo, colocarla bien el clavel como excusa para besarla, mal bailar un chotis con ella, fingir que te lo sabes, el pestazo de la ropa, el polvo en el ambiente, el polen, los borrachos, la gentuza, el gentío, los políticos porculeros, y más aun los madrileños adoptivos del tipo sabelotodo: irse a cascarla, un respeto, Madrid es de los madrileños, y Madrid no es de todos, como el santo tampoco, otra cosa es que os lo dejemos disfrutar y de paso vivir aquí.

No es gato quien quiere, se disfraza o conduce a toda hostia, solo es gato o medio gato, quien nace de un gato pata negra, y como de esos quedan cuatro, pocos, viejos, rancios, malhumorados o enfermos, ahí entramos los mestizos que somos más modernos, adaptables, poco manipulables, de derechas, isabelinos por la herencia recibida, mastuerzos, macarras, modélicos, chulos, castigadores, sufridores, del Madrid, del aleti o el rayito, taurinos, fiesteros, sin complejos, caraduras, bebedores, caciques y mansos cuando toca, displicentes con la autoridad, plaga de verano, de billete fácil, de morro fino, embargados hasta las trancas, embriagados por el mar que no nos hace falta ni tenemos porque no queremos construirlo en IFEMA, siempre domingueros o en su defecto parceleros, moradores de las sombras de las montañas de Segovia y Ávila, okupas de la vera del Tajo, reconquistadores de Toledo e invasores del casi-barrio de Guadalajara, muy de ir de tapas hasta Burgos o Salamanca, o de cogernos el ‘buga’ para darnos un chapuzón en nuestra playa del Saler en Valencia, nuestra playa del Sardinero en Santander o en la Concha de su madre en San Sebastián, muy del centro y de pilotar el cotarro para lo que necesiten o gusten ustedes, siempre bien venidos aunque mal acogidos, ahora sí, siempre con perras, que en ‘Madri’, no se fía.
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Feliz día de San Simón Stock.
Españazuela a 16 de mayo de 2025

