
«El Monasterio de Rila es mucho más que un lugar de culto. Es otra joya más de nuestra vieja Europa, a la que debemos siempre proteger»
En el siglo X, Iván Rilski (876-946), conocido también como Juan de Rila y patrón de Bulgaria, perteneciente a una familia acomodada de la aldea de Skrino, a unos cien kilómetros aproximadamente de Sofía, decidió tomar los hábitos a los veinticinco años y hacerse monje, viviendo una época difícil con grandes desigualdades sociales, dedicó estos años a la oración y a ayudar a aquellos que lo necesitaban predicando la fe, el amor y la esperanza. Años más tarde se hizo ermitaño trasladándose a un enclave aislado en las montañas de Rila donde vivió en una cueva, durmiendo en un árbol tallado, a modo de ataúd, alimentándose de frutos y plantas silvestres y rodeado de animales salvajes.
Pronto conoció a algunas personas que frecuentaban las montañas, entre ellos un pastor con el que entabló una amistad fraterna. El noble y entregado Iván comenzó a hacer “milagros”, sanando a personas por medio de la oración, por lo que pronto se extendió su fama, llegando a ser visitado incluso por los propios gobernantes, que le agasajaban con ofrendas y regalos que el ermitaño rechazaba, aceptando tan solo lo necesario para alimentarse. Cada vez su cueva recibía más visitantes, llegando a ser conocido como “El Milagroso”.

Uno de los testigos de sus “milagros”, viendo la fama que el buen hombre había adquirido, decidió construir una pequeña iglesia en su honor; a su muerte fue enterrado allí, siendo sus restos robados y trasladados a varios lugares a lo largo de los siglos, para finalmente parte de ellos acabar en el monasterio actual. San Juan de Rila fue declarado santo por la Iglesia Católica, antes de la separación en el Cisma de Oriente y Occidente en 1054, de la Iglesia Ortodoxa.
Ante la continua peregrinación, se construyó un monasterio a poca distancia que fue adquiriendo importancia durante el transcurso de la Edad Media, teniendo una época de esplendor entre los siglos XII al XIV, a pesar de varios contratiempos como incendios y ataques; el actual monasterio fue reconstruido a mediados del siglo XIX.

Durante el dominio otomano, desde el siglo XIV al XIX, el monasterio fue un destacado centro cultural, gracias a la labor de los monjes que intentaron por todos los medios preservar la identidad nacional búlgara, siendo a lo largo del siglo XIX un núcleo fundamental para el Renacimiento del país, promotor de la educación y formación de gran número de religiosos y preservando la cultura, la lengua, la religión y las tradiciones de Bulgaria. Fue también refugio para muchos ciudadanos revolucionarios contrarios a la ocupación, entre ellos Vasil Levski (1837-1873), héroe nacional búlgaro.

El monasterio está situado a ciento veinte kilómetros de la capital búlgara, Sofía y a cuatro kilómetros de la cueva en la que vivió el santo, destino de peregrinación y turistas. El lugar donde se ubica forma parte del Parque Nacional de Rila, con un entorno natural espectacular, rodeado de bosques y senderos transitables de gran belleza, con ríos y lagos glaciares.

En cuanto a la arquitectura, el monasterio, canonizado por la Iglesia Ortodoxa se incluye en un complejo de 8800 metros cuadrados que abarca varios edificios, entre ellos, la Iglesia de la Natividad de la Virgen, la biblioteca, edificios residenciales con más de trescientas celdas o la Torre de Hrelijova, conservada desde 1335, que sobresale en todo el recinto con una altura de veintitrés metros y que alberga una capilla en su interior, todos en torno a un patio central y dentro de un recinto amurallado.

Los tres museos son interesantes, el de las Cocinas expone utensilios utilizados por los monjes durante siglos, el de los Iconos es una muestra de imaginería de la iglesia ortodoxa y el de Historia, en el que se expone la Cruz de Rafael, expone treinta y seis escenas talladas de la Biblia y seiscientas diminutas figuras humanas, además de numerosos escritos y otros objetos históricos de gran valor.
La Iglesia de la Natividad se alza majestuosa combinando en su exterior bandas blancas, rojas y negras que aportan gran vistosidad junto a frescos que ocupan la fachada y los laterales con pórticos que rodean la iglesia en los que aparecen frescos de vivos colores con escenas bíblicas, una decoración que no deja indiferente al espectador, obra de pintores el siglo XIX, entre los que destaca Zahory Zograf (1810-1853).

Con nave central y dos capillas, en el interior se encuentra el horos, un candelabro circular con una profusa decoración de los apóstoles y santos; el altar está presidido por el iconostasio de madera tallada, con decoración de iconos y de gran tamaño.
El iconostasio es una ligera pared que separa el altar del resto de la iglesia con un completo programa iconográfico; fue utilizado en basílicas paleocristianas y en el Románico hasta el siglo XIV, y aunque el rito católico lo cambiaría por lo que conocemos como retablo, se continuó utilizando por el rito ortodoxo.

Existen reliquias en todo el templo que son muy visitadas, entre ellas las de San Juan de Rila; los frescos en las paredes narran escenas bíblicas y de la vida del santo, todo contribuye a crear una atmósfera de espiritualidad y recogimiento, en un entorno artístico único.
Conocido como el “Tesoro de Bulgaria”, el conjunto arquitectónico tiene una gran transcendencia en la historia, la cultura y la espiritualidad del país, situado en un entorno privilegiado y símbolo de la identidad nacional búlgara. Fue patrimonio Nacional en 1976 y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1983.

Mucho más que un lugar de culto, un destino único y una visita inolvidable. Otra joya más de nuestra vieja Europa, a la que debemos siempre proteger.
