Cultura woke, mal llamada progresismo, el síntoma moral de una civilización en retirada. Por Fernando M. Gracia 

Cultura woke

 «La cultura woke no es una moda ni una simple corriente académica, es el síntoma agudo de una civilización que ha renunciado a sus fundamentos morales»

No es nuevo en la historia que las civilizaciones, cuando alcanzan una prosperidad sin precedentes y se desvanecen los desafíos externos, se vuelven contra sí mismas. El enemigo ya no está en la frontera, sino en la mente del ciudadano satisfecho. Las energías creativas que un día construyeron templos, sistemas jurídicos, universidades o repúblicas se invierten entonces en una demolición sistemática, a veces eufórica, de todo lo heredado. Esa es la paradoja de nuestro tiempo. La destrucción se ha convertido en una forma de virtud y la decadencia se predica como justicia. No es una moda ni una simple corriente académica, es el síntoma agudo de un proceso más profundo, más inquietante y más revelador, el de una civilización que ha renunciado a sus fundamentos morales. Con el paso del tiempo y al extenderse su uso más allá del ámbito afroamericano original como forma de referirse a quienes se mantenían alerta y activos frente al racismo y otras formas de discriminación, el término woke ha acabado por convertirse en una etiqueta genérica asociada a los movimientos de la izquierda centrados en la llamada “justicia social”. 

Lo más preocupante no es su presencia, sino su capacidad para imponerse con rapidez a través del lenguaje, la escuela, los medios, la legislación, incluso el entretenimiento. Como un virus ideológico, la lógica woke no necesita del pensamiento crítico para expandirse, sino solo de emociones desbordadas, consignas virales y miedo. El miedo a discrepar, a ser señalado, a ser tildado de retrógrado o insensible. Se impone así un orden moral invertido, donde la virtud se mide por la adhesión incondicional a una narrativa identitaria y victimista, y no por la coherencia ética, el sacrificio o la búsqueda de la verdad. 

Esta nueva moral no se fundamenta en la razón, ni en la ley natural, ni en el respeto a lo objetivo, sino en la emoción elevada a dogma. Todo se somete a la percepción subjetiva. Ya no existe el ser, sino el “sentirse”. Ya no se exige comprensión, sino validación automática. Cualquier límite es violencia, toda diferencia es desigualdad, toda tradición es opresión. En nombre de una supuesta inclusión se excluye al disidente, y bajo la bandera de la diversidad se impone la uniformidad del discurso. 

No es casual que esta corriente florezca en sociedades que han perdido el pulso de lo trascendente. Al romper con la noción de naturaleza humana, fija, digna y racional, se abre la puerta a la idea de que el hombre es pura construcción social. Y si es así, todo puede redefinirse, borrarse, reescribirse, incluso los fundamentos más elementales como el sexo, la familia, la patria, la historia. Este proceso no conduce a la emancipación, sino al desarraigo total. El individuo queda a la intemperie, sin memoria, sin pertenencia, sin un horizonte que lo trascienda. Es ahí donde la cultura woke no libera, sino que disuelve, vacía, infantiliza. Un ser sin límites es también un ser sin forma, sin dirección, sin comunidad. 

La cultura woke no es progresismo, es nihilismo con maquillaje moral. No busca elevar al hombre, sino descomponerlo. No edifica, deconstruye, no cultiva el alma, la fragmenta. Y sin embargo, muchos la aplauden, la institucionalizan, la enseñan, no por convicción, sino por cobardía. Una sociedad que ya no cree en su propio relato fundacional cae presa del relato ajeno, incluso si ese relato la desprecia. La autocensura, la autoculpa y la renuncia a la defensa de los valores propios se presentan como actos de virtud cuando, en realidad, son síntomas de una rendición espiritual. 

¿Dónde queda entonces la posibilidad de resistencia? En el regreso a lo esencial. No a la nostalgia ciega, sino al sentido común y al coraje de pensar con libertad. Recuperar el valor de lo permanente, de lo verdadero, de lo bello. Afirmar que el hombre tiene una dignidad intrínseca, no porque lo diga un colectivo, sino porque está inscrita en su naturaleza. Afirmar que no todas las ideas son igualmente válidas, que el mérito es superior al resentimiento, que la justicia no puede construirse sobre la mentira. Defender que existen jerarquías morales, que hay límites que no deben cruzarse, que la libertad no es la disolución del ser, sino su realización responsable. 

La cultura woke es un síntoma, no la enfermedad. Es la fiebre de un cuerpo social que ha perdido el norte de sus valores. Pero hay quienes aún recuerdan el camino. Quienes no temen ser llamados de cualquier sustantivo terminado en ismo o fobia por defender la dignidad de la verdad, o simplemente, lo que piensan. Porque la verdadera regresión no está en mirar atrás con gratitud, sino en avanzar sin raíces. Y ninguna civilización sobrevive cuando deja de creer en sí misma. 

 

 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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