Catalina La Grande, reinado, amantes y filosofía. Por Susana del Pino

Catalina La Grande, reinado, amantes y filosofía.

«Catalina II fue una mujer con fuerte personalidad, reformadora y gran estadista que supo situar a Rusia en el centro de la Europa del siglo XVIII»

Nacida en la ciudad prusiana de Stettin, en Pomerania, hoy actual Polonia, en el seno de una familia mediocre, noble pero no rica, cuya única singularidad era el lejano parentesco de su madre, la arrogante Juana Elisabeth de Holstein (1712-1750) con la casa real rusa, nada hacía presagiar que esa niña, criada un poco aislada y con carencias afectivas, llegaría a ser algún día dueña de un imperio, fue bautizada con los nombres de Sofía Augusta Federica de Anhalt- Zerbst (1729-1796), futura Catalina II de Rusia.

Su madre no dejó de fomentar durante años las relaciones con la Casa Real rusa con el claro objetivo de casar a su joven hija con el príncipe heredero, futuro zar de Rusia. Cuando Sofía contaba con catorce años de edad su familia la envió al país de Los Urales en 1744. La joven pronto se integró en la corte, aprendió el idioma e intentó agradar a la zarina Isabel, tía de su futuro marido Pedro III (1728-1762) conocido también como Pedro Ulrico, nieto del gran Pedro I El Grande (1672-1725). Fue Isabel la que mandó llamar a la joven y su madre, interesada en que acudieran a Rusia con el propósito del matrimonio y que a su vez, este hecho favoreciera las buenas relaciones con Prusia para hacer frente a Austria.

EL zar Pedro III de Rusia y su esposa Catalina II.

El matrimonio tuvo lugar en 1745, Sofía se convirtió a la religión ortodoxa, muy a pesar de su padre, y fue rebautizada con el nombre de Catalina Aleséyvena Románova otorgándole el título de Gran Duquesa. No fue una unión feliz, con caracteres muy diferentes, ella ambiciosa, inteligente, con fuerte personalidad e interés por la historia y la filosofía; él, de carácter apocado, caprichoso e inmaduro, a quien la corona no le resultaba atractiva y cuya mayor distracción era tratar con los soldados, sin mostrar interés alguno por su esposa.

La joven Catalina, con su entusiasmo, su deseo de aprender y el anhelo de llegar a ser emperatriz de Rusia, pronto conquistó a la zarina Isabel, aunque este buen “feelling” pronto se convertiría en una actitud de reproche, con duras acusaciones por parte de la emperatriz de no despertar el deseo sexual en su esposo, cuando la realidad era muy distinta, el joven Pedro rehuía a mantener relaciones con Catalina, lo que traería como consecuencia, por una parte, un matrimonio fallido y por otra, el enfado de la zarina, mujer de fuerte personalidad, que veía frustrado su deseo de tener un heredero.

La emperatriz Isabel I de Rusia.

La irritación de Isabel hacia la joven hizo que Catalina sufriera una vida penosa, sin privilegios, sin salir de palacio y cuya situación definiría la propia Catalina como que«hubiera llevado a veinte personas a morir de pena».

En estos años de vida matrimonial desgraciada, Catalina, mujer ardiente y conocedora de su atractivo y deseo sexual, comenzó a flirtear con algunos miembros de la corte, entre ellos Serguéi Saltikov, de quien quedó embarazada, intentando después persuadir a su marido para que se realizara una circuncisión y así poder atribuirle la paternidad del hijo que esperaba.

Tras dos abortos posteriores, dio a luz a Pablo Petróvich (1754-1801), siendo arrebatado por la zarina, que ya contaba con su ansiado heredero y al que educó; con el conde polaco Estanislao Poniatowski tuvo a su hija Ana, también separada de ella para ocuparse de su educación la zarina Isabel.

Durante quince años vivió bajo las órdenes de la emperatriz, aunque ya la salud de ésta iba empeorando, lo que hacía crecer en Catalina la conciencia de ocupar su lugar. La emperatriz murió en 1761, años antes, ante la falta de interés por los asuntos de estado debido a su mala salud, Catalina, muy audaz, comenzó a prepararse para el papel que debía desempeñar, su marido, Pedro Ulrico subió al trono con el nombre de Pedro III.

Pedro Ulrico, el zar Pedro III de Rusia.

 El nuevo zar no estaba preparado, ni físicamente, debido a su delicado estado de salud, ni intelectualmente, para ocupar el alto cargo que le correspondía realizando movimientos muy desacertados contra la iglesia ortodoxa, enfrentándose al ejército y creando en la población un descontento de gran magnitud. En esta situación, Catalina, de nuevo embarazada de otro de sus vigorosos amantes dio a luz clandestinamente para evitar ser repudiada por su marido.

Se había comenzado a organizar una conspiración contra el zar, debido a su mala gestión, inoperancia y desinterés; Catalina, convencida de la incapacidad de su marido para gobernar, de acuerdo con él, decidió arrebatarle en trono con el apoyo de la corte; Pedro lo aceptó, no le interesaba esa vida, pidió retirarse a una elegante villa y dejar el camino libre a su esposa. Los hermanos Orlov llevaron a cabo la insurrección obteniendo un rotundo éxito.  Catalina días más tarde fue proclamada emperatriz y Pedro fue enviado a prisión siguiendo el protocolo, donde murió estrangulado; su esposa no ordenó su muerte, sin embargo, estuvo informada de los acontecimientos, ocultándolos y sin castigarlos, de cualquier modo, siempre cargaría con ser acusada de instigar el crimen.

Catalina II como Minerva, Stefano Torelli.

A partir de entonces comenzará una nueva etapa en la vida de la ya emperatriz de Rusia. Aunque no pertenecía a la familia Románov por nacimiento, se tomó un gran interés por el país que la acogió.  Desde el principio se propuso modernizarlo. Formada desde muy joven con las ideas francesas de la Ilustración, las llevó a cabo promoviendo la instrucción pública con el impulso de importantes empresas, estableció la tolerancia religiosa y abrió la posibilidad de dar representación a todas las clases sociales, a excepción de los siervos.

Los resultados de estas primeras medidas fueron muy positivos, provocando un repunte económico que traería como consecuencia bienestar en la población y crecimiento demográfico. Sin embargo, aunque su gestión resultaba efectiva, no se libraría de opositores a su gestión, sobre todo los partidarios del que consideraban el “último emperador legítimo”, Iván VI (1740-1764), destronado por la zarina Isabel en 1741 y que consideraban a Catalina una usurpadora en toda regla. El propio Iván, encarcelado, suponía la principal amenaza para la emperatriz que dio la orden de asesinarlo si intentaba escapar de prisión, ya que entendía que dada la situación constituía un auténtico peligro para continuar en el trono. 

En cuanto a política exterior consiguió grandes éxitos. Logró expandir Rusia en un territorio de 518.000 kilómetros cuadrados, con la anexión de Crimea en la primera guerra contra los turcos, lo que le proporcionó el acceso al Mar Negro y al Egeo, una importante salida marítima.

Alegoría de la victoria de Catalina II sobre los turcos.

A pesar de los triunfos internacionales, la zarina tuvo que enfrentarse a delicados problemas en el país, uno de los más  graves y que suponía una amenaza para el trono fue la rebelión de Pugachev que se originó principalmente por la precaria situación del campesinado, aunque no fue ésta la única causa, ya que Rusia presentaba una terrible situación social, pésimas condiciones laborales en las fábricas de armas, en las minas, mendigos, prófugos de la justicia y en general una parte importante de la población descontenta, con problemas económicos y sociales.

Yemelian Pugachev (c.1742-1775) exoficial de los cosacos que luchó contra los turcos y en la Guerra de los Siete Años, conflicto internacional entre los años 1756 y 1763, consiguió reunir mediante sus manifiestos y mítines a numerosos cosacos, contrarios a la política de Catalina y siervos del bajo Volga que le siguieron y apoyaron, teniendo cada vez más seguidores, atacando a los terratenientes y cometiendo verdaderas atrocidades contra la nobleza, saqueando e incendiando pueblos, violando a las mujeres y torturando cruelmente a los hombres.

Catalina, con decisión y propósito firme, decidió, ante la supremacía de los rebeldes, aportar al conflicto las tropas desplegadas en Turquía para acabar con el problema, preparando un contingente que hiciera frente a los seguidores de Pugachev actuando también con brutalidad y fuertes ataques, consiguiendo tras algunas semanas, que la rebelión perdiera protagonismo después de algunas derrotas, el hambre, las pésimas condiciones sanitarias y el miedo. Pugachev fue derrotado, capturado y sentenciado a ser decapitado y descuartizado por orden de la propia emperatriz Catalina en 1775.

Gregorio Potemkin (1739-1791).

Fue tras estos acontecimientos cuando aparece en la vida de la zarina un personaje decisivo en la política rusa, Grigori Potemkin (1739-1791), a quien ya conocía por el cargo de vicepresidente del Consejo de Guerra y miembro del Consejo secreto. Catalina, siempre mezcló sus relaciones íntimas con los asuntos de estado, ya que sus numerosos amantes formaban parte de la corte, del gobierno o el ejército y aunque a todos los retiró con grandes privilegios, y durante sus relaciones les otorgó a algunos  cierto poder de actuación, nunca dejó que gobernara ninguno de ellos conjuntamente con ella.

Potemkin se convirtió en su nuevo “favorito”; la emperatriz se sentía muy atraída por el líder militar, hombre valiente, leal, inteligente y con una ambición que no conocía límites. Fue nombrado Príncipe de Táurida, en Crimea, y allí formó su propia corte con gran opulencia; su objetivo era conquistar Constantinopla y ganar los territorios griegos para Rusia. El militar organizó una grandiosa bienvenida a Catalina en su visita a Crimea que resultó ser, además de un gran despilfarro económico, un fracaso, ya que tan solo logró conseguir algunas ciudades y comunidades agrícolas; aunque hay que contemplar también que el asunto fue exagerado por los enemigos de Potemkin en la corte.

Al terminar su relación íntima, ambos siguieron manteniendo una buena amistad con la idea de ampliar los territorios rusos; además, el astuto militar le presentaría, incluso antes de comenzar su romance, continuos amantes que la ardiente Catalina no rechazaría, el número de ellos no deja de sorprender a muchos.

Otro de los amantes por los que Catalina apostó, pensando que tendría cualidades para ser un buen político, aunque más bien le atraería como hombre, fue Platón Zúbok (1767-1822), que mostró cierta envidia hacia Potemkin hasta el punto de destruir su carrera. Catalina le otorgó un gran poder, pero Zúbok, que contaba tan solo con veintidós años, cuarenta años menor que ella, no supo estar a la altura de las circunstancias, demostrando su inexperiencia en política, su incompetencia y su pésima gestión con las finanzas. A pesar de cometer un error tras otro, guiado por su prepotencia, la emperatriz, sin embargo, siempre lo defendió.

Catalina II

En esos años, las monarquías absolutas en Europa estaban pendientes de Francia y el relevante acontecimiento que allí se originó en 1789, la Revolución Francesa; Rusia se mostró hostil a los ilustrados franceses, a los que siempre admiró Catalina. Con Denis Diderot (1713-1784) y Voltaire (1694-1778) entre otros intelectuales, mantuvieron continua correspondencia con la emperatriz durante años; se inspiró en las ideas de Montesquieu (1689-1755) para realizar las reformas legislativas que llevó a cabo durante su reinado. 

En cierto modo se le puede achacar a la monarca la contradicción entre sus ideas liberales y la autocracia o poder absoluto de su gobierno en algunos aspectos. Catalina estaba convencida del primitivismo en el que vivían las clases más bajas de la sociedad y estaba convencida que el aplicar algunas reformas hubiera provocado una revolución, sin embargo, lo que se produjo fue un empeoramiento social, al dejar a los siervos fuera del programa de reformas; la posición de la burguesía, no muy poderosa y las clases elevadas, muy europeizadas hizo que esta situación se agravara con los años, llegando a una situación crítica en el primer tercio del siglo XX con la Revolución rusa.

Museo del Hermitage, San Petersburgo.

Catalina II fue también mecenas de las artes y la cultura, fundando la colección del maravilloso Museo del Hermitage en San Petersburgo, haciendo grandes inversiones económicas en obras y colecciones completas pertenecientes a grandes familias de la nobleza, no solo rusa, sino de otros países europeos como Francia o Inglaterra.

En los últimos años de su reinado persiguió logias masónicas, quemó libros y documentos e impuso la censura. Invadió Polonia en la tercera partición del país en 1795, desapareciendo como nación.

Su hijo Pablo, aunque se crio con la zaina Isabel, era una persona inmadura al que Catalina no veía capaz de ocupar el trono por lo que nombró heredero a su nieto Alejandro, pero éste, muy influenciado por las ideas republicanas francesas no aceptó convertirse en zar por lo que finalmente fue Pablo I el sucesor. El nuevo zar era inestable, no buen estadista y siempre más predispuesto a ocuparse de sus aficiones y entretenimientos como jugar con los soldaditos de plomo; la nobleza mostró su descontento hacia él y fue asesinado en 1801 para entronizar finalmente a su hijo como Alejandro I (1777-1825).

Catalina II murió en 1796 como consecuencia de una apoplejía. Durante treinta y cinco años consiguió que Rusia se transformara en una potencia hegemónica.

Inauguración de la Academia Imperial de las Artes

Su legado dejó un impacto notable y perdurable en Rusia, modernizó el país, consiguió una importante expansión territorial e impulsó el amor por el arte, la cultura y la educación fundando numerosas escuelas, teatros y universidades. Favoreció la inmigración, sobre todo alemana, para la explotación agrícola, que trajo como consecuencia mayor producción y creación de nuevas ciudades como Sebastopol y en el campo de la salud se involucró en la creación de hospitales y realizó la primera vacuna contra la viruela.

Su pasión por la filosofía y su conocimiento sobre las ideas de la ilustración acercaron Rusia a Europa le hizo entender la política y tener una actitud visionaria. Ávida lectora, la obra Anales del magnífico historiador romano Tácito (c.55-c.120) causó en ella una gran impresión por sus argumentos sobre cómo debía ser la política del poder, sus ideas influyeron en la visión de gobierno.

En definitiva, aunque su escandalosa vida privada e incansable deseo sexual que mantuvo hasta la vejez, fue conocida por muchos, Catalina II fue una mujer con fuerte personalidad, reformadora y gran estadista que supo situar a Rusia en el centro de la Europa del siglo XVIII en cuanto a cuestiones políticas.

En mi opinión, el esplendor de Rusia en el reinado de Catalina II, a pesar de todos los aspectos positivos, era una apariencia que escondía una dura realidad en la que las personas eran las protagonistas, personas que vivían en terribles condiciones de vida; todo ello, sin solucionar durante años, traería más adelante graves consecuencias con la citada anteriormente revolución de 1917. 

Para concluir este breve apunte sobre Catalina II de Rusia, una de las frases pronunciadas por ella: «Los obstáculos en este mundo no tienen más objeto que ser vencidos por los hombres de mérito y están hechos para aumentar su fama”.

                                                                                  

 

Susana del Pino

Malagueña y amante del arte, una de las pasiones de mi vida. Me gusta la belleza, la armonía y quiero siempre la verdad. Me siento afortunada y agradecida por muchas cosas, entre ellas haber viajado y conocido otras culturas que me han aportado tanto. Italia me fascina, nunca me cansaré de visitarla, siempre que regreso siento que una parte de mí se queda allí.

La vida es una oportunidad maravillosa para aprender, conocer, soñar, compartir, sentir... y siempre amar.

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