
«Hasta ese momento nunca había contemplado cómo un ser humano, en este caso dos mujeres, podían berrear, mugir y barritar con tanto entusiasmo y energía»
Pocas cosas me llaman ya la atención en esta España nuestra, donde la dignidad lleva tiempo haciendo la calle, la vergüenza patea polígonos en busca de clientes, y el sentido del decoro sigue buscando desesperadamente a su madre en saunas frecuentadas por excelentísimos caudillos socialistas. La anormalidad vestida con puntilla rojo carmesí, al más puro estilo progresista.
Pocas cosas sí, hasta que fui sórdidamente sorprendido por un evento nuevo para mí: tertulias televisivas donde actúan supuestas periodistas expertas en retorcer la realidad. Impagable espectáculo ver cómo adornan sus gráciles figuras con maneras vulgares, y comentarios chabacanos. El imperio del mal gusto vestido de Birrrioche y Putino.
Hooligans progres al peor estilo de las Barras Bravas argentinas, furibundas y vocingleras, cuyos únicos méritos conocidos son su falta de pudor, su sectarismo sin aditivos ni colorantes, y su verborrea cuasi vitriólica. En La Santé se sonrojarían de vergüenza las mujerzuelas allí encerradas, si presenciasen este grotesco espectáculo televisivo donde las neuronas han sido sustituidas por silicona para sanitarios.
Pasar de hablar de reconchas y reputas, a señalar posibles objetivos políticos, solo existen 9mm Parabellum de distancia. Si no lo entienden pregunten a la etarra Merche Aizpurúa, ella les informará con su sepulcral sonrisa de hiena vascongada, en qué consiste el señalamiento y la ejecución simultánea. Sigamos.
Digamos que hoy día es práctica habitual en ciertos medios contratar auténticas “gañanas”, y estabularlas en los platós donde se efectúan las mal llamadas tertulias políticas, como si algunas de ellas supieran en qué consiste tal cosa. Una vez acomodadas y abrevadas, les es entregado el temario del día esperando a que sus efluvios verbales emerjan de entre sus espumarajos compulsivos. A partir de ahí empiezan las ejecuciones sumarias donde unos ponen el cuello, y ellas la guillotina. Avancemos dos renglones.
Hace unos días tuve que tragarme dos horas de televisión mañanera en el sofá de mi dentista. En la sala de espera había tres personas, una mujer adulta, otra no tanto, y el que suscribe. La espera fue tediosa y deprimente, sobre todo cuando una de ellas se puso a narrar cómo le habían extraído dos caninos y dos muelas del juicio. Centré mi inexistente atención en la tv, y fue entonces cuando aparecieron las cotorras.
La tv estaba sintonizando uno de estos programas “ropa vieja”, donde se mezclan los asuntos de estado, los estados del asunto, y otros donde las tragedias de los más débiles son mostradas con fingido desparpajo. Ni que decir tiene que el plato fuerte del programa era la tertulia en la que actuaban las reventadoras, que sin saber siquiera cómo se escribe su nombre, opinan de física nuclear o hípica sin tener repajolera idea de ambos asuntos.
En la mesa había un moderador, al que siempre se le olvidaba cuál era su papel, quedando en evidencia a cada bramido de las susodichas. A su izquierda dos cantantes de izquierdas, dizque tertulianas progres. Y a la derecha del moderador, un conocido periodista de derechas y una política también de la supuesta derecha, inofensiva.
Obviaré sus nombres por razones obvias, lo cual no obsta para que también obvie el nombre de la cadena, y el nombre del programa. Obviar es de sabios, no hacerlo en estos momentos, de suicidas.
El tema central era la corrupción del gobierno, en particular la de sus más prestigiosos corruptos, y también la del supuesto comandante en jefe de todos los corruptos, de cuyo nombre no hace ninguna falta que lo nombre, por razones obvias.
El director del coloquio empezó la función dando paso a una de las cantantes, a mis ojos más bien diva del afamado Teatro de Manolita Chen, más que nada por su esplendorosa vulgaridad, y su indisimulada pericia por parecer lerda. Siempre dije que definir no es insultar, siempre y cuando uno se atenga a la realidad.
Hasta ese momento estaba pensando más en la endodoncia que me iban a practicar, que en ver como una cotorra podía graznar sin tener plumas, espectáculo impagable al menos para mí. Recordé en ese momento que desde que emergió la claque de Podemos de las cloacas chavistas, no había presenciado una gresca tan agria y agresiva.
Las rebatió el único ser sensato que había en la tertulia, retratándolas con exquisita pulcritud y unas gotas de supino desprecio. Hasta ese momento nunca había contemplado cómo un ser humano, en este caso dos mujeres, podían berrear, mugir y barritar con tanto entusiasmo y energía. Creí entender, que para realizar tal hazaña hacía falta mucha entrega, mucha devoción y un puñado de estupidez, a partes iguales. El espectáculo oscilaba entre lo esperpéntico y lo compulsivo, lo extravagante también.
Lo más chusco fue cuando las dos mujeres que me escoltaban en la sala de espera empezaron a criticarlas, con un lenguaje tan corrosivo como elegante. Y es que nadie como una mujer para despedazar a otras, sobre todo cuando las otras se portan con la misma delicadeza que un socialista en un parador nacional.
A renglón seguido tomó la palabra la mujer de la supuesta derecha. No habían pasado ni seis segundos cuando las tipas de la siniestra comenzaron a increparla entre alaridos y alguna que otra forma ininteligible de lenguaje. A mí me pareció como el sonido de un serrucho oxidado tratando de serrar una piedra pómez.
El espectáculo fue grotesco, imposible definir un recital de mala educación donde las cotorras destilaban su odio entre berridos, alaridos e invectivas. Todo ello envuelto en mala educación, falta de saber estar y exceso de glamour rancio, es decir, inteligencia de baja intensidad.
Mal, muy mal, pero rematadamente mal tiene que andar la dictadura sanchista, para que un puñado de inútiles pretenciosas se erijan en portavoces, de esta obtusa y grotesca dictadura.
He aquí cómo un plató de tv puede convertirse en una taberna donde el coñac se sirve de boca a boca, y las tapas te las sirven de tapadillo en el interior del retrete.
Por cierto, de la endodoncia ni me enteré.
