
“Cuando el delincuente se va de rositas, el ciudadano honrado paga la factura y la justicia mira para otro lado”
Que España es diferente, aparte de un eslogan, es ya algo que ningún integrante de este pueblo puede desmentir. Somos especiales hasta para delinquir. Aquí puedes prender fuego a un bosque por cualquier motivo y no parece que las consecuencias sean demasiado graves para el incendiario, salvo pasar unos años en la cárcel… si le cogen. Pueden apuñalar a una persona en un callejón de Barcelona y, si nos lo tomamos a mal y reaccionamos para defender al agredido, podemos acabar entre rejas nosotros mismos y no los delincuentes. Vaya panorama: esto parece el salvaje oeste americano, con la diferencia de que aquí, si te defiendes, el que puede acabar en la cárcel es el inocente agredido, mientras los sinvergüenzas empiezan a ser legión en algunos barrios.
Muy valientes tuvieron que ser en Barcelona para detener y mantener en el suelo a un ladrón que robaba bolsos en un callejón paralelo a la Diagonal. Si seguimos así y el pusilánime presidente del Gobierno no lo remedia —que no lo remediará, porque está de vacaciones todavía, ahora en Andorra—, vamos de culo y cuesta abajo (perdón por la palabra “culo”, tan española, pero que parece molestar más que una puñalada en el estómago con una navaja o una catana que rebana el pecho de un muchacho de diecinueve años). ¡Pero vamos a ver, ¿en qué país y sociedad estamos?! ¿Es que aquí nadie pide cadena perpetua sin revisión? Pues me quedo a cuadros. Claro, si el hecho de que maten a galgos y podencos cuando ya no sirven para cazar, colgándolos de un árbol por el cuello, no mueve al odio hacia el desalmado que lo hace, está claro que tenemos gente en el país más bruta y burra que un arado. Reconocerlo debería hacernos caer la cara de vergüenza frente a otros europeos, que también tendrán lo suyo, pero que no lo exhiben tan abiertamente.
No sé cómo podemos convivir con semejante calaña de seres, yo diría que inhumanos. Pero claro, últimamente la educación de los niños y adolescentes deja mucho que desear, porque, al parecer, para no crear traumas a los infantes no se les puede regañar convenientemente ni mucho menos castigar, pues caerá sobre usted la ira incontrolada de sus padres, que creen que su retoño puede permitirse el lujo de molestar, insultar, vejar y hasta agredir si lo cree conveniente. Hay cosas que, si yo hubiera hecho con quince años, habrían provocado el gran enfado de mi padre, con bofetada incluida, para que se me pasara la tontería o estupidez.
No sé quién tiene la culpa de que esto sea así: ¿la educación, la costumbre, la poca autoridad de los padres o la imbecilidad de una sociedad atontada por los gadgets, los teléfonos o el ordenador? Ahora aparece la inteligencia artificial, que ya sirve de referente a muchos jóvenes que preguntan sobre diversos temas… miedo me da. Cada día que pasa perdemos más y más la humanidad, el sentido común y los referentes familiares, sociales y de convivencia. No sé si las sociedades seguirán por estos derroteros, pero tengo claro que, si es así, futuros como los de la película Mad Max serán lo esperable. Ni meteorito ni extinción masiva: la desaparición de la humanidad será producto de la “burrez” y la cortedad de intelecto. La mente plana por debajo de un coeficiente de ochenta o setenta será la culpable de la desaparición, primero de la cultura, después de la educación y, finalmente, de la lógica y el sentido común. Requiescat in pace, Homo sapiens sapiens.
Y es por todo esto por lo que empezaba diciendo: España es diferente. Somos especiales hasta para delinquir.
