
“La tragicomedia municipal: actores sin escena, políticos sin vergüenza. Cartagena, la ciudad con teatros cerrados y políticos mudos”
Hoy volveremos a hablar de cultura, y con el mismo ejemplo: Cartagena, cuna de Isidoro Máiquez, gran actor teatral que, si levantara la cabeza, se indignaría de que en su ciudad natal no hubiera ningún gran teatro funcionando. ¿Y por qué razón? Porque seguimos igual: nada ha cambiado en esta ciudad que, teniendo salas —porque las tiene— donde poder actuar, no tiene Teatros (en plural) abiertos y disponibles. Leer la noticia que aparece en la prensa me indigna.
Ante todo, pido perdón por ser mi preciosa ciudad el ejemplo de la sinrazón en esta batalla: la lucha de la Política contra la Cultura. Alguno en la Piel de Toro había que poner, y este lo conozco bien, al haber sido alumno de la Escuela Municipal de Teatro, actor en una compañía teatral aficionada y exmiembro de la comisión municipal de cultura, con la función de “búsqueda de espacios para actuar las compañías teatrales de aficionados”. Pero estoy convencido de que muchos verán a su propio municipio con el mismo problema.
Aquí tenemos dos grandes posibilidades —será por lugares para actuar—: Una, el antiguo Cine Central, comprado por la consejería murciana hace muchos años y que, por aquello de “pleito va, pleito viene” y siempre con lo dudoso de las adjudicaciones, sigue cerrado. Con mucha suerte, si dejan de salirle pleitos, abrirá en 2027. Mientras tanto, los más de seis millones invertidos entre compra y obras… ¿dónde están? No se sabe, pero decirlo, lo dicen.
Otra, el Teatro Circo, comprado por el ayuntamiento y cerrado. Dicen que pendiente de remodelación. ¿Para cuándo estará en uso? Y, sobre todo, ¿por qué se compra una sala teatral por una millonada para cerrarla? Más el coste añadido de la “broma” de los arreglos. Ni ellos lo saben, y si lo saben, se lo callan, como tantas otras explicaciones a las que ya, por desgracia, nos tienen acostumbrados los PolitiQué.
Tenemos también el gran Teatro Romano, inmenso y maravilloso, pero no se puede utilizar para lo que fue creado: el teatro. Nadie entiende el porqué, ya que es un espacio idóneo, especial y con una gran acústica para poder interpretar a los clásicos y, cómo no, a los modernos. Es el paraninfo perfecto, un lugar ideal donde poder actuar, uno de esos sitios en los que un actor disfrutaría como nunca. Uno de los mejores teatros que Roma construyó en la vieja Europa y que, para desgracia del público, está desaprovechado. Penoso, pero inmensamente cierto.
También tenemos el Auditorio del Parque Torres, municipal y al aire libre, con gran acústica; y la sala multiusos del Batel, que al estar en semisótano no goza, sin ser mala, precisamente de la mejor acústica. Uno público e infrautilizado —porque no dan razones— y otro privado y comercial, con limitaciones según el tipo de espectáculos que se puedan representar. Lo único cierto es que, hoy por hoy, habiendo muchos días sin función, ninguno de los dos da cabida en su programación a compañías de teatro aficionado, y en la ciudad tenemos varias.
Y, por fin, nos queda el único recinto donde se pueden celebrar actualmente obras teatrales, eso sí, compartido con una extensa programación de actos culturales: el Salón de Actos y Teatro del Centro Cultural Ramón Alonso Luzzy. En segunda planta y sin montacargas, lo que hace muy complicada la representación de obras con gran puesta en escena. El concejal de Cultura me aseguró que habría montacargas y que todo mejoraría.
Nos quedan las asociaciones de vecinos donde actuar, pero eso solo es posible para compañías de aficionados.
Otra “solución”: si no hay salas donde las compañías de teatro aficionado —y las profesionales que quieran— puedan actuar, siempre nos queda la calle. Pero va a ser que no: la cantidad de permisos y licencias que deben otorgar las autoridades municipales lo convierten en misión imposible, sobre todo si en esos sainetes, entremeses o comedias burlescas callejeras se pone a “la autoridad mirando al norte”, es decir, a la crítica constructiva, esa que a los políticos no les gusta. Y no entiendo cómo en democracia no aceptan las críticas del pueblo que les sienta en “el sillón”.
Sí, sé que hay una más fácil: conseguir que un grupo de concejales del municipio apoye la idea. Lo he intentado. La idea les gustó —no puedo decir el grupo—, pero, dando la callada por respuesta, ante la insistencia me dijeron que estaban esperando presupuestos y que el “coste de la puesta en escena” era el problema. Será por aquello de… ¿quién le pone el cascabel al gato? Los actores aficionados actuamos gratis, con nuestros textos, nos pagamos el vestuario, etc., y lo saben.
Error en la tirada: nadie de la PolitiQué quiere apoyar nada que pueda lanzarles piedras sobre su tejado. ¿Son piedras las palabras?
Por todo esto, y mucho más que ignoran —pero que no tiene por qué no ser—, este IaioQuePiensa afirma que la política, y sobre todo por culpa de los PolitiQué, no quiere ningún tipo de trato con la cultura, para la que nunca quedan fondos, ni euros, ni ganas de ponerlos. Prefieren destinarlos a otros intereses, sobre todo los más tangibles. Razones por las que la Política y la Cultura ni pueden ir juntas, ni jamás irán de la mano. Nuestros PolitiQué prefieren un pueblo fiel, callado, obediente y tonto, para meter en la urna —sin pensar ni opinar— los papelicos con sus listas de listos de las siglas-marcas, muy amadas por todos los que están en ellas, y cada vez más detestadas por los votantes, hartos de que se la metan doblada por ese lugar donde la espalda pierde su dulce nombre.
Y un viejo dicho, algo cambiado: La cultura era verde y vino un PolitiQué y se la zampó. Debió de pensar que eran berzas.

