
«Casi sin darnos cuenta hemos vuelto a nuestros cuarteles de invierno y retomado la actividad rutinaria»
Los pertenecientes al “segmento de plata” apenas notamos el cambio. Nuestra calidad de jubilados nos propicia la oportunidad de vivir en unas perpetuas vacaciones. Lo cual no indica que tengamos que viajar, ir a la playa o de excursión cada día. Significa que, dentro de un orden, podemos hacer lo que nos da la gana.
En mi caso he vuelto a las aulas. Con muy pocas ganas. Por poco me tienen que llevar a rastras mis hijos. (Como se ha trocado la situación, antaño era yo el que les obligaba). La vuelta a la Universidad, a las casi cinco horas de clase, al control de apuntes y la temida espada de Damocles de los exámenes pendiente de tu cabeza, te llevan a pensar: ¿qué necesidad tengo yo de esto?
Y ahí viene la moraleja de esta situación. Los mayores tenemos necesidad de sentirnos vivos. De tener capacidad para aprender, para relacionarnos y para sentirnos útiles dentro de nuestras posibilidades. El sofá y el “dolce far niente” se nos presentan tentadores y llenos de horas de Internet y televisión. Pero hemos de tirar de fuerza de voluntad y no dejarnos invadir por las justificaciones para rendirnos a nuestra edad.
Ayer me habló de usted un profesor. Cuando termino la clase me acerqué a él con una sonrisa en la cara. Le interpelé diciendo que me había sentido insultado por el tratamiento. Me pareció una discriminación con el resto de los alumnos a los que tuteaba. Primero se sintió confuso. Después me pidió disculpas y, sonriente, empezó a tutearme. Soy mayor… pero no distinto. Ahora me toca recuperar el derecho de los mayores a no ser diferentes.
Lo importante es que volvamos. Que volvamos a ser como éramos hace un año y no nos dejemos avasallar por una fecha en el carnet de identidad. Ánimo. Somos capaces.
