Que difícil es ser. Por Francisco Gómez Valencia

Que difícil es ser.

«Acuso y señalo a los «radicales», a los «extremistas» y a los «terroristas» que contagian alegremente a los demás, pues estos no aceptan de ninguna manera el respeto por los demás»

Otro milagro de la vida consiste en transitar por ella repanchingado como sea y confiar en la gente. Hasta hace relativamente poco no practicaba nunca ninguna de las dos máximas pues vivía atropelladamente disfrutando del continuo frenesí que en mí provocaba el constante movimiento. De repente una noche se produjo una leve pero increíble sacudida a la altura de la boca de mi estomago. Cuatro días después me apagué. Simplemente se hizo de noche mientras disfrutaba en una cena de mis amigos. El que mueve los hilos me apartó sibilinamente de toda conciencia terrenal. Cuatro días transcurrieron hasta que un ángel vestido de enfermera me acarició la cara y me dio la bienvenida. Gracias a Dios y a los de blanco en general, dos años y pico después ya no soy prisionero de mis complejos y mentiras autoimpuestas y, la comodidad que me aporta no necesitar pensar demasiado en el futuro, me ha hecho volver a confiar en él.

Es comprensible que la mera idea de avanzar en el día a día, provoque en la mayoría de las personas generalmente una desazón irrespirable e inaguantable, culminando en la infelicidad más absoluta. Sobrevivir al presente pensando en el mañana se convierte para muchos en una obsesión que no es compatible con vivir en paz. El afán sobreprotector termina amargando la vida al entorno marchitando la ilusión de los demás. 

Un día no muy lejano, alguien debió pensar en perfeccionar nuestra especie gracias al desarrollo de enfermedades como el Covid. ¿Quién podría dudar del beneficio de la ciencia y la tecnología aplicada sobre la conciencia del ser humano? Pues yo mismo y me explico: después de dos años esperando la ocasión idónea para poder comenzar a rehabilitar a mi pobre y maltrecho corazón, en el mismo hospital algún hijo de puta me ha pegado el COVID. —¿Estás seguro de ello? —¡Vamos, a mí me lo vas a contar! —Al menos, espero que haya sido alguna de las cepas  nuevas, por eso de estrenar algo de vez en cuando —Eso espero—.

El debate está servido señores: Ciertos hombres nos regimos por la defensa de la dignidad, la libertad individual y la felicidad bajo el amparo de la Protección con mayúsculas, pero tras ochos días bien jodido, directamente criminalizo a los diferentes y estigmatizo su comportamiento como irracional, por esto, hoy me muestro muy ofensivo contra el diferente y me defiendo y solivianto contra lo injusto de la vida mediante este alegato dedicado, al derecho a defender la protección en sí misma pues esta afecta nuestra manera de vivir. 

Alguien me ha privado de mi libertad estos últimos días…

Es cierto. Al fin y al cabo yo accedí voluntariamente (y en que hora) a que en dos ocasiones me alteraran mi naturaleza humana modificándola genéticamente, pero a lo que no accedí es a sufrir y permitir a diario ataques hacia lo correcto. Estar enfermo de algo contagioso, e ir por las salas de espera o de rehabilitación de un hospital «como Pedro por su casa», es inmoral y convierte a quien haya sido el culpable de mi desdicha, en una versión más desmejorada de lo normal de la especie humana.

El hombre del siglo XXI es más animal en general. Ahora también lo somos tecnológicamente hablando y eso nos hace estar mejor dotados siendo peores personas. Somos seres resultantes en una vida digital paralela y solo cuando se caen las redes, o el Gobierno nos corta el suministro globalmente para acogotarnos, notamos esa dependencia. Internet nos informa sobre como alimentarnos con cosas que no son saludables orgánicamente, de como usar técnicas reproductivas antinaturales, de los beneficios de implantarse órganos ajenos –como ese menda que se puso una antena para recibir señal WIFI–, sin embargo, no mejora la buena voluntad. Parece que lo que prima es la cultura de lo escabroso siendo el personal cada vez más mala gente y, ¿qué hay mas escabroso que causar dolor ajeno o la misma muerte? 

Estos días con lo del debate fake sobre el aborto para tapar la corrupción de quien todos sabemos, muchos piensan que el dolor y la muerte es una de tantas expresiones de libertad individual, respeto y dignidad todas ellas propiedades del ser humano y por supuesto –y aquí está la madre del cordero –lo defienden con gusto y voluntariamente siguen y aceptan los criterios de los gurús del progreso. 

Estos defensores de lo ajeno en nombre de la ciencia impusieron a la fuerza el uso de elementos tan básicos como es la miserable mascarilla. Hoy ya no lo es pero; si padeces algo contagioso ¿no sería lo normal utilizarla? Pues bien, el desgraciado o desgraciada de turno portador del virus —pues aquí si que procede hacer distinción —se ve que no. 

La imposición de la cultura holística es una tragedia llevadera para cualquier humanista secular llegado a este punto del debate. Servidor, como defensor de la cultura de pactos asumió a desgana solo para estos casos la necesidad de ser algo postmoderno, y acepté el uso civil del «tapabocas» de diseño y con una banderita de España, eso sí. Hoy gracias al sufrimiento atroz que me causa mi actual contagiosa incapacidad temporal, acuso y señalo a los «radicales», a los «extremistas» y a los «terroristas» que contagian alegremente a los demás, pues estos no aceptan de ninguna manera el criterio esencial asumido por la mayoría de la sociedad, es decir, el respeto por los demás.

Desde que la vida provocó que se me rompiera literalmente mi ventrículo izquierdo y se bloqueara para siempre mi arteria primera obtusa marginal, intento mirarme más y mejor hacia adentro, me alimento lo más sanamente que puedo para tener supuestamente un organismo algo más limpio, pero es que además yo antes ya cuidaba también de mí y los míos hacía afuera, reciclando residuos y energía para —según nos cuentan —dejar un mundo mejor a las generaciones venideras. Sin embargo, jamás creí en los consejos de los nuevos líderes mediáticos que cuidan de nuestra alma. No necesito que me ayuden a desarrollar mi nueva personalidad con técnicas de crecimiento personal para conseguir llegar a estar encantado de conocerme. No preciso de terapias que provoquen en mí la tan ansiada sensación de tranquilidad y paz interior que nunca tuve en mi vida anterior, pues simplemente a la fuerza abandoné la cultura del estrés.

Don Quijote derrotado

La conexión con otros, especialmente con gente a la que ni tan siquiera conocemos ahora para mí sí que es crucial, y el respeto hacia los demás es parte fundamental en mi nueva personalidad, aunque cada sacudida que recibo, me hace ser más antisocial. 

Alguien me ha privado de mi libertad estos últimos días condenándome al exilio, al destierro, a la soledad mas extrema. ¡Maldita sea mi suerte! Solo me queda esperar al próximo lunes cuando todavía enfermo, asistiré a algo casi inédito que es, que mi teléfono móvil me felicité por no haberlo usado excesivamente. Pobre dispositivo sin alma, si supiera que no ha sido por mi fuerza de voluntad, sino por la maldad del ser humano en general.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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