«El cuento de la criada». Por Teresita Ávila

Cuando ibas a comprar tenías que llevar esos billetes de papel, aunque cuando yo tenía nueve o diez años la mayoría de la gente usaba tarjetas de plástico. Pero no para comprar en las tiendas de comestibles, eso fue después. Parece tan primitivo, incluso totémico, como las conchas de cauri. Yo misma debo de haber usado ese tipo de dinero durante algún tiempo, antes de que todo pasara por el Compubanco.

Me imagino que eso es lo que posibilitó las cosas, el hecho de que lo hicieran de repente, sin que nadie lo supiera con antelación. Si aún hubiera existido el dinero en efectivo, habría resultado más difícil.

Fue después de la catástrofe, cuando le dispararon al presidente y ametrallaron el Congreso, y el ejército declaró el estado de emergencia. En aquel momento culparon a los fanáticos islámicos.

Hay que mantener la calma, aconsejaban por la televisión. Todo está bajo control.

Yo estaba anonadada. Como todo el mundo, ya lo sé. Era difícil de creer. El gobierno entero desaparecido de ese modo. ¿Cómo lo lograron, cómo ocurrió?

Fue entonces cuando suspendieron la Constitución. Dijeron que sería algo transitorio. Ni siquiera había disturbios callejeros. Por la noche la gente se quedaba en su casa mirando la televisión y esperando instrucciones. Ni siquiera existía un enemigo al cual denunciar.

Margaret Atwood, El cuento de la criada
El cuento de la criada

Resulta sencillo de entender a dónde vamos. La serie de televisión, El cuento de la criada, ha sido más conocida que la obra narrativa. Una de las últimas distopías —situada en la República de Gilead— que adquiere visibilidad, ya que todos los pasos se encaminan hacia ella. Tomando un poco de distancia, sus contornos y sus relieves llegan a sernos familiares porque, a pesar de todo, hemos sido instruidos sin advertirlo, como si una cierta despreocupación sobrevolase al margen de las evidencias. Las cosas podrán ser de otro modo —habrá quien me rebata—. En mi derecho estoy, sin embargo, de indicar que la ranura por la que el azar penetra, aun ínfima, existe y acarrea consecuencias casi siempre. Es el secreto punto de rotura. Por eso es bueno que miremos en derredor y observemos las ruinas prematuras de ese mundo que ha sido hollado y maltratado con nuestro consentimiento. Sobre el origen que gravita en esa República de la ficción que alguna vez fueron los Estados Unidos, no hay indicaciones rastreables. Su nombre bien pudiera deberse a Galaad —por los ecos de una religión represiva que arman el argumento— o, tal vez —se me ocurre— tenga alguna relación tangencial, menos evidente con la empresa estadounidense dedicada a la investigación biomédica Gilead —quién lo sabe—, dado que uno de los ejes problemáticos atañe a la disminución de la natalidad debido a los graves problemas de fertilidad que afectan a las familias, y cuyas causas no se explicitan —aunque se aluda a la contaminación proveniente de químicos y a una guerra que sigue activa y de la que se tienen pocos datos—. Lo importante de Gilead es que se convertirá en un lugar tan concreto como cualquier otro. Con o sin un magnicidio mediante, el requisito fundamental para obligar a una sociedad a dar ese giro de timón definitivo —la trasluchada que pille por sorpresa al de por sí despistado ciudadano medio— exige un alto impacto, porque nadie sabe el día ni la hora. Desde luego que darán la campanada. Las pequeñas monstruosidades se han acumulado en tal cantidad debajo de la alfombra que, por fuerza, tendrán que causar algún tropiezo.

¿A qué señales prestar atención, si la mayoría de ellas nos acompañan desde hace siglos?… A todas. Tienen un mismo hilo conductor: la limitación de las libertades. En la novela están presentes de varias formas y, ahora, en nuestras sociedades occidentales las estamos viendo germinar. Hace no tanto tiempo, era impensable que se poseyera algún conocimiento sobre el diseño de ciudades basadas en un núcleo, un radio dentro de unos límites, algo que podría resultarle atractivo a la mayoría por el ahorro que implica reducir los costes en tiempo y dinero invertidos en los desplazamientos, pero que también oculta un regalo envenenado. Shyam Batra, candidato a la alcaldía londinense, es una de las voces críticas más recientes contra el proyecto C40 cities que, como verán, propone un modelo urbano que introduce los conceptos de acciones climáticas en lo cotidiano, en línea con los objetivos promulgados por el Foro Económico Mundial (o WEF), de una drástica reducción del CO2 «para construir un futuro más sostenible, resiliente y equitativo». El político desea, entre otras cosas, «abolir la Zona de Emisiones Ultra Bajas (Ulez), así como la zona de congestión y los límites de velocidad de 20 mph (aproximadamente, unos 32 kph)». Revela, asimismo, que el objetivo no es solo el control de la movilidad o del tipo de vehículos prohibidos o permitidos. Implica, incluso, otros hábitos, como la alimentación que podrá consumirse. Toda violación sería castigada con la congelación del propio dinero. En la entrevista concedida al medio IBTimes UK lo explica. Aquí, en un vídeo más breve, está la clave:

Por añadidura, la insistencia en la abolición del dinero físico por el digital es otro recorte fundamental, puesto que su pervivencia constituye un obstáculo evidente para lograr lo anterior. La creación de la denominada cartera digital, o wallet —que permite la selección de una serie de documentos por parte del usuario— será un importante paso hacia esa futura emisión de criptomonedas. Supuestamente, las innumerables ventajas para desenvolverse en una sociedad cada vez más abierta, en la que son habituales los desplazamientos entre los países por causas diversas —los estudios y el trabajo, los más visibles— acabarán por conquistarnos. Pero, cómo no, la relación entre el gran capital y los retos de la Agenda 2030, a pesar de la propaganda, sale a relucir gracias a la investigación de un periodismo superviviente que trabaja en la primera línea. En ello están los periodistas Ian Davis y Whitney Webb, quienes publicaron hace no tanto tiempo este artículo, Esclavitud por deuda sostenible, en donde se cuestionan si es real la existencia de un verdadero altruismo, si cabe entre los objetivos que pretenden un cambio tan notorio:

«¿Están sus intereses realmente alineados con el “desarrollo sostenible” y la mejora del estado del mundo para la gente común y corriente, como ahora afirman? ¿O sus intereses están donde siempre han estado, en un modelo económico impulsado por las ganancias basado en la esclavitud de la deuda y el robo descarado?»

No hay confrontación posible entre lo que se predica y el resultado. Por mucho que trabajen a destajo los informativos al dictado del poder, la curva ascendente hacia una mayor polarización social y económica no es capaz de frenarla nadie, ni menos esconderla. El uso y el alcance de otros medios alternativos está asestando de continuo duros golpes que, sin duda, hieren a los dueños de las narrativas. El intento de echarle la llave a la plataforma Telegram lo prueba: «A raíz de la denuncia formulada por los grupos de comunicación MEDIASET, ATRESMEDIA y MOVISTAR PLUS por un delito de vulneración continuada de derechos de propiedad intelectual y en que presuntamente están incurriendo varios titulares de cuentas de la plataforma divulgando contenidos protegidos».

Hay más. La aniquilación de las libertades posee sus rutas intrínsecamente conectadas, algunas escalofriantes. En la novela, una de ellas ofrece la visión de los cadáveres que cuelgan en el Muro, —la muralla que rodeaba parte del campus de la Universidad de Harvard—. La antigua institución, el templo de la excelencia, aparece ahora convertida en un lugar siniestro donde se exhiben los cuerpos de aquellos ejecutados en los ‘Salvamentos’. No hemos llegado a tanto, aún. En ello estamos, en la paulatina instilación del odio, en la creación de nuevos patrones que alimentan las mayores bajezas contra figuras del mundo de la cultura que se elevan entre la mediocridad rampante que pulula y acecha, y que vive por y para obtener las migajas como recompensa a su agusanada dedicación. Con la tinta de las rotativas reciente, ha sido vergonzoso el señalamiento a la periodista Ana Iris Simón por parte de esta neoinquisición arrogante que se adjudica el reparto de carnés de progresismo a conveniencia, y que no acepta más verdad que la suya. Con el peor estilo posible, la canalla wokista —tan aguerrida cuando ‘se ofrece’, se pone ‘arrimona’ con el poder— es incapaz de sujetar los nervios si no es ella la administradora de la dosis de tolerancia o pluralidad que imagina le pertenece. Esa apropiación indebida, ese patrimonio que no quiere compartir, es objeto del agudo análisis de Víctor Lenore en su artículo Pasolini, Miguel Hernández y otros autores que la izquierda no quiere que leas.

Los ojos no descansan. En la novela de Atwood las relaciones auténticas, de amistad, han desaparecido bajo un estado de vigilancia constante del que es difícil hallar salida, donde cualquiera puede traicionar o delatar. Como indico, estamos en ello, camino a Gilead, por más que se niegue. La realidad exige oraciones exclamativas, vocativos, gritos —como el de Juan Soto Ivars— lanzados como una bengala de socorro, que no excluyen la ironía: ¡Celebrities! Hoy… la cultura de la cancelación no existeEl aviso a navegantes, de esos que gustan de hacerle (mucho) la rosca al presidente.

«Mejor nunca significa mejor para todos (…). Para algunos siempre es peor».

El Comandante (Parte XII, Cap.32)

«Nuestra misión no consiste en censurar sino en comprender (Aplausos)».

Profesor Pieixoto (Notas históricas)

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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