
«La unión de Fernando e Isabel constituyó la forja de una monarquía unida, poderosa y capaz de expandirse más allá de las fronteras de los reinos de la península»
El matrimonio de Isabel de Castilla (1451-1504) y Fernando de Aragón (1452-1516) en 1469 y la unión de los dos reinos, sentaría las bases del estado moderno que no solo marcaría el destino de la península ibérica, sino que diseñaría y proyectaría el futuro de nuevos territorios allende los mares.
A finales del siglo XV, la península ibérica estaba inmersa en una situación política muy complicada; un mosaico de reinos con fuertes rivalidades, fronteras en constante cambio y una diversidad cultural que hacía difícil la cohesión.
En Castilla, las luchas entre una monarquía bastante frágil y una nobleza cada vez más exigente eran constantes. Aragón no contaba con tantos recursos económicos, aunque tenía grandes intereses en el Mediterráneo, dedicándose ante todo a la actividad mercantil.

El Reino de Navarra se posicionaba a veces a favor de Aragón, otras veces bajo la influencia de Francia y en otras ocasiones con Castilla. Al sur de la península, el Reino de Granada representaba el último bastión musulmán tras el largo periodo de reconquista, que ya se encontraba en su recta final, culminando en 1492.
En cuanto al continente, Europa se hallaba en un momento de cambio, el feudalismo comenzaba a dar paso a formas de gobierno centralizadas y los deseos de expansión por parte de Francia o el Imperio Otomano provocaban rivalidad y el interés de otros territorios en afianzar su poder.

En esta situación, el matrimonio entre Isabel y Fernando representaba ante todo la unión de dos extensos reinos con intereses comunes en acabar con el proceso de ir conquistando nuevas tierras y con la necesidad de ejercer fuerza ante la ambición de otras potencias, por lo que en realidad se trató de un pacto político bien planificado, aunque el reino de Aragón no estaría de acuerdo en un principio con doblegarse ante la más poderosa Castilla, en contra de sus propios intereses.
Esta unión, sin embargo, no estuvo exenta de obstáculos, en primer lugar, al ser primos segundos tuvieron que pedir una bula papal para autorizar el matrimonio, que hubo que falsificar al no llegar a tiempo; otro asunto que constituía un problema era la oposición del hermano de Isabel, el rey Enrique IV (1425-1474), ya que pretendía casar a la joven con Alfonso V de Portugal (1432-1481) con la intención de estrechar alianzas con otros países.
Pero la situación más complicada a la que el propósito de esta unión se tuvo que enfrentar fue la guerra de sucesión a la que se enfrentaron tras la muerte de Enrique IV en 1474 cuando Isabel se proclamó heredera, sin embargo, Juana, conocida como “la Beltraneja” (1462-1530) hija ilegítima de Enrique IV pretendía ocupar el trono, para ello contaba el apoyo de Portugal y nobles castellanos. Fue en esta situación cuando Isabel recibió un gran apoyo de Aragón.

Este enfrentamiento les unió aún más y con buena estrategia militar y diplomacia consiguieron la victoria, estableciéndose en un principio un gobierno en el que ambos territorios mantendrían sus propias leyes e instituciones; Isabel y Fernando gobernarían juntos, aunque cada uno de ellos con preferencia sobre Castilla y Aragón respectivamente.
Así se sentaron las bases del Estado Moderno en la península ibérica, un estado en el que se unieron fuerzas para acabar con las fragmentaciones y aunque en un principio, como ya he mencionado, ambos reinos conservaron sus propios privilegios, es cierto que sentaron las bases para actuar como una potencia en asuntos relevantes para el Estado.
El reinado de Isabel y Fernando estuvo marcado por varios factores fundamentales como la expansión territorial y por el enfrentamiento con Francia por los intereses de dominio en Italia.

Con respecto a la expansión tanto en la Península como en el exterior, finalizo el proceso de la Reconquista con la toma del Reino Nazarí de Granada en 1492 que convertiría a los monarcas en líderes de la cruzada cristiana; Canarias fue tomada en 1496, la ocupación de Melilla sería en 1497 y la anexión del Reino de Navarra en 1512, aunque en este caso conservando sus fueros.
En América comenzó el proceso de expansión tras la llegada en 1492 de Cristóbal Colón (c. 1541-1506). Los Reyes Católicos no imaginarían jamás el alcance que esta empresa traería en un futuro, el Tratado de Tordesillas en 1494, firmado con Portugal, proporcionaría a España un imperio en gestación.

En cuanto al enfrentamiento con el país galo, el reino de Nápoles se convirtió en la causa principal de esta rivalidad, que finalmente acabó anexionándose a la corona de Aragón en 1504; este hecho fue fundamental para el futuro de la monarquía hispánica.
Otros aspectos que configuraron los cimientos de la historia de la monarquía en la península ibérica y afianzaron el establecimiento del estado moderno fueron el establecimiento de un ejército permanente, la creación de Consejos y Chancillerías que fortalecerían el poder real, la creación de la inquisición, el Real Patronato y el sometimiento de la nobleza con lo que se logró la pacificación interna; los nobles habían adquirido relevancia en la sociedad, desafiando a la autoridad real, mediante la creación de la fuerza policial de la Santa Hermandad se pudo controlar la situación.
Tras la toma de Granada, se acabó con ocho siglos de dominio musulmán tras la invasión en el año 711; la expulsión de los judíos y la conversión de los musulmanes al cristianismo, buscando la homogeneidad religiosa, fueron aspectos controvertidos.

La política matrimonial que llevarían a cabo los Reyes Católicos vincularía a la monarquía ibérica con el resto de Europa, con Casa reales como los Habsburgo, en el caso de su hija Juana “La Loca” (1479-1555) con el Archiduque de Austria Felipe de Habsburgo (1478-1506), llamado El Hermoso o la monarquía Tudor con quien emparentaron a raíz del matrimonio de otra de sus hijas, Catalina, con Arturo Tudor (1486-1502), fallecido tan solo cinco meses después del enlace y Enrique VIIII (1491-1547); este fue el comienzo de una política de enlaces matrimoniales que se seguiría realizando durante siglos.

En definitiva, la unión de Fernando e Isabel no solo fue un matrimonio, en el que según las crónicas se dio la atracción a primera vista, constituyó la forja de una monarquía unida, poderosa y capaz de expandirse más allá de las fronteras de los reinos de la península. Esta unión, a pesar de ser en realidad un estado confederado, trajo consigo estabilidad y las bases de un poder establecido que evolucionaría con los años, aunque también exclusión, de cualquier modo, dejaron un legado que aún está presente en la identidad de España. Un reinado entre los años 1474 y 1516, en el que la fe, la política, el pragmatismo y la determinación abrieron el camino hacia una nueva era.
Con Carlos I (1500-1558), nieto de los Reyes Católicos, comienza un nuevo periodo en la historia de la monarquía hispánica; con él se unieron la herencia de su padre Felipe que comprendía Flandes, Austria y la Corona Imperial y el Franco Condado; por parte de su madre Juana I, Castilla y la Corona de Aragón, distintos reinos, pero con sus propios fueros, leyes y organización administrativa y política, comenzando así un nuevo periodo para abordar en un próximo artículo.
Málaga, 2025

