(III) Monarquía hispánica. Felipe II, grandes conflictos y el esplendor de España. Por Susana del Pino

Retrato ecuestre de Felipe II, Pedro Pablo Rubens.

«La última etapa del reinado de Felipe II dejó entrever algunas fisuras en el gran Imperio español que durante el siglo XVII se irá resquebrajando»

Prudente, tímido e introvertido, Felipe II (1556-1598) supo aceptar la carga de la Corona y un inmenso imperio heredado, no exento de problemas y dificultades, pero que supo manejar diplomáticamente y siempre guiado por la fe católica. 

Los conflictos con los que se encontró el monarca tras la abdicación de su padre en 1555 fueron creciendo hasta agudizarse en 1568, fecha en la que tuvo lugar una profunda crisis que el monarca no lograría superar en su totalidad, aunque se lograrían soluciones a pesar de pagar un alto precio por ellas.

La rivalidad entre España y Francia, tanto por el interés en la península itálica como por los asuntos religiosos, que tantos enfrentamientos causó durante el reinado de Carlos I, supuso el primer conflicto exterior que afectaría al reinado de Felipe II. La Tregua de Vaucelles fue rota por el rey francés Enrique II (1519-1559) que había conseguido una alianza con el papa Paulo IV (1476-1559).

Sin embargo, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, el Gran duque de Alba (1507-1582) consiguió llegar a Roma y neutralizar al papa; por otra parte, conseguiría un gran triunfo en Nápoles al alejar a los franceses que pretendían conquistar la ciudad.

Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, Gran duque de Alba.

El matrimonio de Felipe con su segunda esposa María Tudor (1516-1558) facilitó la ayuda militar inglesa para la decisión del rey de atacar Francia. Para ello, el general Manuel Filiberto, duque de Saboya (1528-1580), se pondría al frente de las tropas partiendo desde Flandes hasta San Quintín, plaza que, con inteligente estrategia del general, se encontraba fuertemente protegida y con provisiones. 

La victoria española de San Quintín en agosto de 1556 acarrearía importantes pérdidas para los franceses, que al mando de Francisco de Guisa (1519-1563) lograron apropiarse de Calais, territorio que había pertenecido a Inglaterra, entonces aliada de España.

Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Para conmemorar la victoria española se construiría el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, en honor a la onomástica del santo celebrada el 10 de agosto, fecha en la que se logró la victoria.

La intención de los franceses de conquistar Flandes, llevó a Felipe II a preparar una importante defensa con el apoyo de la flota inglesa; los españoles partieron desde Guipúzcoa. Al mando de un destacado general flamenco, El conde de Egmont (1522-1568), se produjo el encuentro de ambos ejércitos en Gravelinas (1558); la batalla fue muy dura, llegando a alcanzar la misma trascendencia que la acaecida en San Quintín; las bajas entre los franceses fueron miles entre fallecidos y prisioneros.

Batalla de San Quintín, grabado siglo XIX.

Tras firmar la paz en el Castillo de Cateau- Cambrésis en 1559, aumentó la rivalidad entre católicos y calvinistas, apoyados fuertemente estos últimos por la nobleza que ayudó a expandir la religión con éxito por numerosas ciudades. Felipe II, llevado por estos conflictos religiosos, se inmiscuyó en los asuntos internos de Francia hasta el punto de reclamar el trono para su hija Isabel Clara Eugenia (1566-1633) en 1589, alegando que el sucesor de Enrique III (1551-1589), Enrique de Borbón (1553-1610) no podía ocupar el trono al ser un relevante calvinista.

Sin embargo, el pretendiente al trono tomó la decisión de abjurar de su religión y convertirse al catolicismo, lo que constituía el único impedimento para ocupar el trono: La famosa frase “París bien vale una misa” se atribuye a este rey que la pronunció cuando decidió renunciar al calvinismo. Fue coronado en 1594, tras lo cual Felipe II renunció a sus ambiciones sobre Francia firmándola Paz de Vervins en 1598.

Infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II.

Otro de los inconvenientes que el monarca tuvo que afrontar durante su reinado fue la integración de la población morisca, cuestión que ya supuso un problema durante el reinado de los Reyes Católicos, que no fue solucionado por Carlos I y que se acentuaría con su hijo Felipe II. 

Los moriscos, musulmanes que habían recibido el bautismo, continuaban sin incorporarse a una sociedad cristiana en la que se encontraban inmersos por circunstancias históricas. El propósito del rey Felipe era acabar con esta situación y para ello en 1567 se promulgó un edicto, que anulaba uno anterior no respetado, en el que se establecía que los moriscos debían abandonar su cultura, su lengua, sus costumbres y su forma de vestir.

Sin embargo, no fue aceptado por la población morisca y un año después de ser promulgado comenzaron las protestas y los enfrentamientos en la ciudad de Granada, hasta que se produjo lo que se conoce como la Sublevación de las Alpujarras, donde el morisco Hernando de Córdoba, que tomó el nombre de Aben Humeya (c. 1545-1569) fue elegido caudillo.

El apoyo de los turcos fue decisivo para que el movimiento se expandiera rápidamente por otras ciudades como Málaga o Almería, sin embargo, Felipe II puso al mando del ejército a su hermanastro Juan de Austria (1546-1578), ocasión en la que el joven demostró sus grandes dotes como militar, aunque llevó a cabo una campaña sangrienta y encarnizada, destruyendo poblaciones y cultivos. 

Expulsión de los moriscos.

Tras la muerte de Aben Humeya, provocada por sus propios partidarios, su sucesor Aben Aboo, después de sufrir varias derrotas se rindió en 1570. De un total de aproximadamente ciento cincuenta mil moriscos, un tercio de ellos murió, muchos prisioneros fueron vendidos como esclavos y el resto huyó hacia otras partes de España o el norte de África. El problema morisco quedaría, de nuevo, sin resolver.

Antes de los sucesos ocurridos en Granada, los turcos, al mando de Solimán el Magnífico (1494-1566) que contaba con gran apoyo en el norte de África, suponía un terrible peligro para las posesiones de la Corona española en el Mediterráneo.

El papa Pío V (1504-1572), decidió en 1571 formar una coalición entre los estados cristianos para hacer frente al creciente peligro musulmán. España y los estados italianos respondieron a esta llamada y se creó la Liga Santa que reuniría a ochenta mil hombres y más de doscientas cincuenta naves. El mando de esta empresa se le otorgó a Juan de Austria; en una de las naves, la galera “Marquesa” combatía el ilustre Miguel de Cervantes, cuya aventura calificaría como la más alta ocasión que vieron los siglos”.

La flota de la Liga Santa se reunió en Mesina (Sicilia), lo que permitió planificarse y establecer estrategias, algo que resultaría vital para la confrontación con los turcos.

Batalla de Lepanto, Andrés Van Eerlt Beltrán.

Al este de la costa griega y a la altura del golfo de Lepanto se encontraron ambas flotas y tuvo lugar una batalla histórica en la que la Liga salió victoriosa. La Batalla de Lepanto causó un gran impacto político y cultural en Europa, convirtiéndose en un símbolo de la cristiandad frente a la constante amenaza otomana.

Murieron unos quince mil musulmanes, se hundieron un centenar de barcos, otros ciento treinta fueron asaltados y capturados un número considerable de prisioneros. 

En cuanto a Portugal, durante el reinado de Felipe II se produjo la anexión del territorio a la Corona española. Todo surgió tras la muerte en del rey portugués Don Sebastián (1554-1578) en la Batalla de Alcazarquivir, su tío, el cardenal infante Don Enrique (1512-1580) fue designado sucesor, pero murió poco después debido a su avanzada edad por lo que se planteó una disputa por el trono luso.

Felipe II la reclamaba por ser hijo de Isabel de Portugal (1503-1539), esposa de Carlos I y por tanto, nieto del rey Don Manuel (1469-1521); por otra parte, Doña Catalina, duquesa de Braganza (1540-1614), se creía también con derechos por ser hija del infante Don Duarte, tío de Don Manuel. Pero existía además un tercer aspirante, el prior de Crato, Don Antonio, (1531-1595) en este caso hijo ilegítimo de otro infante, Don Luis, siendo este último candidato el mayor rival de Felipe.

El monarca español no era aceptado por los portugueses ya que temían ser anexionados definitivamente, no obstante, el rey Felipe con un ejército de treinta mil hombres al mando del Gran duque de Alba,  que dispuso adentrarse en el territorio vecino apoderándose de la localidad de Yelves. Su rival, el prior de Crato, ya había conquistado Lisboa donde se había hecho proclamar rey, ciudad a la que pretendían llegar las tropas españolas, tras asediar Setúbal y conseguir la rendición, Don Antonio fue derrotado y Felipe II designado rey por las Cortes de Portugal entrando triunfalmente en la capital portuguesa el 27 de julio de 1581.

Felipe II designado rey por las Cortes de Portugal

Con esta anexión se conseguiría el sueño de los Reyes Católicos, la unidad peninsular. El Imperio español aumentaba sus dominios con las colonias portuguesas en Asia, América y África, controlando así la fachada atlántica occidental que tendría un gran valor estratégico.

Con respecto al conflicto en los Países Bajos, los problemas religiosos constituían un componente importante que acentuaría el rechazo hacia Felipe II en Flandes, además, el hecho de ser gobernados por un rey extranjero y tener en suelo flamenco a los tercios españoles no convencía a los flamencos.

En los Países Bajos gobernaba Margarita de Parma (1522-1586), hija ilegítima de Carlos I, sobre la que ejercía una gran influencia el cardenal Antonio Granvela (1517-1586), que gozaba de un excesivo poder al ser el más fiel cumplidor de los deseos del rey. Este poder y la firme oposición al protestantismo provocaron una reacción contraria por parte de los nobles flamencos, surgiendo enfrentamientos en varias ciudades, lo que hizo que el rey retirara los ejércitos y cesar de su cargo a Granvela.

Sin embargo, el Concilio de Trento obligaba al rey a no ceder ante las peticiones de los protestantes, por lo que al negarle la libertad de culto el conflicto estallaría con enfrentamientos y asaltos en ciudades como Ámsterdam, Gante o Amberes; nuevamente el duque de Alba estaría al mando del con un ejército numeroso persiguiendo a los disidentes y estableciendo el que se conoció como el Tribunal de los Tumultos, también conocido como el Tribunal de la Sangre.

El Concilio de Trento

El duque de Alba llevaría a cabo sus campañas durante seis años, pero, aunque consiguió muchas victorias, la dura represión causaba cada vez más descontento por lo que Felipe II decidió sustituirlo, primero por Juan de Zúñiga y Requeséns (1536-1586), a quien siguió Juan de Austria y finalmente Alejandro Farnesio, III duque de Parma (1545-1592), aunque tampoco se logró la pacificación. En 1579 en la Unión de Utrecht se agruparon las provincias protestantes del Norte que se declararon independientes; el rey aceptó la autonomía entregando el país a su hija Isabel Clara Eugenia, separándolo de la herencia de su hijo Felipe.

En cuanto a la guerra contra Inglaterra y la catástrofe de la Gran Armada, antes de ser declarada la guerra por España, la rivalidad entre ambos países era evidente por diversos factores como las incursiones piratas con apoyo del gobierno inglés, la intervención de la reina Isabel I (1533-1603) en Flandes apoyando a los protestantes o el enfrentamiento religioso en general. Sin embargo, fue un hecho concreto el que llevó al monarca español a tomar la decisión de atacar, la decapitación de la reina católica de Escocia María Estuardo (1542-1587) que el rey deseaba que ocupara el trono inglés. 

En 1588 se concentró la Gran Armada en Lisboa al mando de Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, duque de Medina Sidonia (1550-1615). Al llegar al Canal de la Mancha, la flota inglesa demostró una fuerza y una habilidad de maniobras muy superior a la española, a pesar de la superioridad en hombres de esta última, por lo que se vieron obligados a refugiarse en el golfo de Calais en Francia.

Varios enfrentamientos posteriores hicieron ver al duque de Medina Sidonia la imposibilidad de obtener la victoria; la flota española se retiró hacia Irlanda y el norte de Inglaterra donde las inclemencias del tiempo destrozaron las naves, muriendo ahogados aproximadamente siete mil hombres y siendo asesinados los que se salvaban llegando a tierra.

El reinado de Felipe II presentó numerosos problemas.

 La derrota de la Gran Armada traería consigo el desprestigio de España como gran potencia europea. Esta potente flota es conocida también como la Armada Invencible, sin embargo, este calificativo se popularizó más adelante para ridiculizar a la flota española.

En definitiva, el inmenso imperio de España en el reinado de Felipe II presentó numerosos problemas tanto a nivel interno como externo. El rey, defensor del catolicismo, fue tenaz en la persecución contra las doctrinas contrarias al Concilio de Trento, la política y la religión estuvieron muy unidos, lo que provocó grandes enfrentamientos que trajeron como consecuencia dificultades financieras y un gran sacrificio humano con la pérdida de miles de hombres; guerras que se pudieron sostener en gran parte por las riquezas venidas de América, aunque es bien cierto que la población en general veía como era cada vez más difícil subsistir.

Y es que esta última etapa del reinado de Felipe II dejó entrever algunas fisuras en el gran Imperio español que durante el siglo XVII se irá resquebrajando; quizás ello se podría haber evitado con buenos estadistas. Con Felipe III (1598-1621) España comenzará un proceso de decadencia que se acrecentará con sus sucesores, el periodo de los Austrias menores.

                                                                          

Málaga, 2025

Susana del Pino

Malagueña y amante del arte, una de las pasiones de mi vida. Me gusta la belleza, la armonía y quiero siempre la verdad. Me siento afortunada y agradecida por muchas cosas, entre ellas haber viajado y conocido otras culturas que me han aportado tanto. Italia me fascina, nunca me cansaré de visitarla, siempre que regreso siento que una parte de mí se queda allí.

La vida es una oportunidad maravillosa para aprender, conocer, soñar, compartir, sentir... y siempre amar.

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