Lo místico y lo mundano. Por Teresita Ávila

OTRO POEMA DE LOS DONES

Gracias quiero dar al divino

Laberinto de los efectos y de las causas

Por la diversidad de las criaturas

Que forman este singular universo,

Por la razón, que no cesará de soñar

Con un plano del laberinto,

Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,

Por el amor, que nos deja ver a los otros

Como los ve la divinidad,

Por el firme diamante y el agua suelta,

Por el álgebra, palacio de precisos cristales,

Por las místicas monedas de Ángel Silesio,

Por Schopenhauer,

Que acaso descifró el universo,

Por el fulgor del fuego

Que ningún ser humano puede mirar sin un asombro

antiguo, […]

Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el

poema,

Por el hecho de que el poema es inagotable

Y se confunde con la suma de las criaturas

Y no llegará jamás al último verso

Y varía según los hombres,

Jorge Luis Borges
Lo místico y lo mundano. Cartel de la película Los domingos.

«Cada vez más enredados en la maraña de falsedades, sin escape, decirle al mundo que uno desea huir de la norma, del camino impuesto por la gélida doctrina social, tiene un valor inconmensurable»

Gracias al cine, al buen cine, una de las noticias del año que figurará por derecho propio en la hemeroteca, será la del éxito y la controversia que Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, ha generado entre el público. La evidente unanimidad en cuanto a la calidad de la cinta no se ha correspondido en absoluto con su análisis. Tirios y troyanos han tomado las armas y se han posicionado enfrente, con el ceño bien fruncido y visible hostilidad, en la defensa enconada de sus tesis irrebatibles. Como quien más y quien menos conoce de qué se trata, y habrá leído todo lo que ya ha sido dicho, o casi todo, sobre el tema de moda en este otoño suave, no voy a entrar en un terreno ya hollado, sino en el mío propio. Estando yo estos días muy absorta, muy harta también, en vicisitudes de trabajo y de responsabilidades asumidas, confieso que el tema de lo místico y lo mundano acudió a mi cabeza sin querer. La imagen de una mujer, de uno de mis queridos y extraordinarios personajes de la literatura, surgió de entre la niebla –o la fatiga mental– precisa, nítida. Era ella, Ana Ozores, La Regenta. Para mí, una especie de némesis de Ainara, salvando las distancias que la cronología y otros elementos ponen entre ambas.

La sugerente creación de Leopoldo Alas, Clarín, quizá sea uno de los arquetipos femeninos más relevantes a los que podemos aproximarnos. Una mujer compleja que pasa por situaciones análogas a la de nuestra contemporánea, Ainara. A las dos les pesa la temprana muerte de la madre como una losa. Taciturnas, vueltas hacia adentro, sin revelar demasiado de sí mismas. Es muy curiosa la transición de Ana Ozores desde una aspiración mística genuina hacia la entrega erótica –voluntaria, mas no amorosa– a un amante indigno. Padece frecuentes crisis nerviosas. Se casa con un hombre de posición, mucho mayor que ella, con quien habita en la misma casa, pero duermen en habitaciones separadas. De poca ayuda le servirán a nuestra heroína las horas pasadas entre las más selectas obras religiosas –Confesiones de san Agustín, san Juan de la Cruz, fray Luis de León o Chateaubriand–, la devoción y la instrucción de su director espiritual, don Fermín de Pas, si, al final, sucumbe a lo mundano, mancillando su lecho con un donjuán de provincias –por mucho que el dichoso Álvaro Mesía se crea el súmmum en Vetusta–. Y, en serio, ¿de qué se salva? ¿La salvan, acaso? ¿A qué buen destino la conducen sus familiares, sus allegados, si entre todos –por acción u omisión– la empujan al abismo y la abandonan? ¿La hipocresía y la asfixia de una sociedad son suficiente justificación para el yerro y la caída en desgracia de La Regenta?… Puede ser. No hagamos leña de este árbol. En su descargo, las falsas amistades cooperan para que sea así, para que fracase y sea como ellos; y para que, en su pecado, queden ellos absueltos –sus calumniadores–, elevados sin mérito, triunfantes en la sulfurosa y nauseabunda sociedad vetustense.

La Regenta

El parecido entre ambas mujeres estriba en la búsqueda de un agua que apague su sed. Cada una lo solucionará a su estilo. ¿Quién de ellas es más libre? ¿Quién menos sometida a los dictados, a los itinerarios tutelados por los suyos?

Según lo visto y leído sobre Ainara, la joven novicia de Los domingos, su error se fundamenta en elegir un mundo cuyos límites están bien definidos: las paredes del convento de clausura que tanto le atraen, donde descubre la belleza de una vida sencilla, sin sobresaltos, en lugar de las comodidades de la casa burguesa de la abuela, donde vive la familia. Allá, en medio de la austeridad de la celda, en los oficios, en la oración, la muchacha se reconoce. No hay angustia. Por el contrario, la inseguridad asoma en el entorno más próximo. Está muy bien planteada la forma en que los jóvenes se relacionan. Algunos dirán que apenas ha variado la naturaleza del rito del cortejo –pensemos en Calixto y Melibea, si conocen la obra–, y que no tiene tanta importancia. La cosa, el intríngulis en el que se sumerge Ainara, puede resumirse en esto tan simple como el nothing compares to God.

Los domingos

Lo revolucionario hoy es darle la vuelta a la tortilla de los dogmas del progreso que tantos quebraderos de cabeza, tantas insatisfacciones procuran. Cada vez más enredados en la maraña de falsedades, sin escape, decirle al mundo que uno desea –en el ejercicio de su propia voluntad, para colmo– huir de la norma, del camino impuesto por la gélida doctrina social, tiene un valor inconmensurable. La elección de nuestra protagonista contemporánea es de cine, naturalmente. Espectacular. Causa asombro, rechazo, adhesión, y todo tipo de especulaciones. Y un dato muy a tener en cuenta: no hay un final cerrado. Optar por esa vía es, y será, libre. Nadie le impedirá cambiar de opinión, regresar al mundo, si su destino no es permanecer en el convento, de igual manera que antes que ella colgaron los hábitos monjas y sacerdotes. ¿Qué es lo insoportable, entonces, para los que se rasgan las vestiduras y tanto critican? ¿No reside lo obsceno precisamente en lo mundano, en el ruido, en el vacío, en la pena continua, en el sucedáneo del amor entre los brazos de un apuesto mancebo cualquiera que deje un regusto insatisfecho, de objeto de usar y tirar? ¿Quién acierta, pues, con serenidad y madurez apabullantes? ¿Ainara o La Regenta?

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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