
«Esta obra, ‘El desengaño’, de Francesco Queirolo (1754) esculpida sobre un único bloque de mármol nos muestra la capacidad, ingenio y creatividad humana»
Tras la muerte del gran Bernini, Antonio Corradini heredó la corona de rey de la escultura y se convirtió en el principal escultor de la época y en una figura señera del Neoclasicismo, especialmente por su innovadora técnica de «mármol velado» que lograba que la piedra pareciera seda. Sus obras, muy apreciadas en toda Europa, ornamentaron cortes y palacios en Viena, San Petersburgo, Roma, Nápoles, Praga o Dresde. Sus alegorías… la verdad, castidad, modestia… son obras dinámicas pero que transmiten serenidad, cargadas de realismo pero llenas de fantasía, y desde luego ejecutadas con un nivel perfeccionista propio de un gran maestro que fue capaz de conseguir sobre el mármol la textura de la seda.
Tras la muerte de Bernini en 1680, Corradini ascendió al trono para convertirse en uno de los escultores más influyentes de Italia y de todo Occidente. Además de la ingente obra de Antonio Corradini, no podemos olvidar trabajos como el ‘Cristo Velado’ de Giuseppe Sanmartino, ‘La virgen velada’ de Giovanni Strazza, ‘Isabel II, velada’ de Torreggiani, ‘La fe’ de Spinazzi, ‘La Vestale velata’ de Monti, la ‘Ninfa’ de Giovanni Battista Lombardi quien se atrevió a esculpir la transparencia del agua sobre el delicado pie de la Ninfa, o cualquiera de las muchas obras de este soberbio artista.
Esta obra, ‘El desengaño’, a la que nos referimos ahora de Francesco Queirolo (1754) esculpida sobre un único bloque de mármol nos muestra la capacidad, ingenio y creatividad humana que casi nos lleva a creer que tras acabar la escultura se colocó una red sobre la misma. Es, si cabe, todavía más sobrecogedora que los rostros velados, aquella Verdad Velada de Corradini, o aquel otro mencionado que esculpió el agua a los pies de una mujer y que rozan la divinidad, tan odiada por la creencia totalitaria, disfrazada de religión, que quiere sepultar la belleza de la mujer bajo un trapo-cárcel que no es cultura sino sometimiento.
Esta maravilla surgida del alma y las manos de Francesco Queirolo no tiene ningún precedente en la Historia del Arte. No existe ni se conoce nada similar ni en el Arte Antiguo ni en el Moderno que tenga ese altísimo nivel de detalle, esa creatividad barroca y virtuosismo y esa demostración de una increíble habilidad con el cincel mediante el que ha sabido «tejer» toda esa red, bajo la que vemos a un hombre barbudo que ha sido liberado del pecado, y cuya lógica representación es esa red, convertida en la verdadera y sobrecogedora protagonista del conjunto escultórico.
Liberación gracias al Intelecto, encarnado en un niño que representa el espíritu alado con una pequeña llama que surge de su frente. El ángel señala con el índice de su mano derecha el globo terrestre ubicado a sus pies como símbolo de las pasiones mundanas. Giangiuseppe Origlia en su obra «Istoria dello Studio di Napoli» (1754), define esta estatua como la última y más difícil prueba a la que puede aspirar la escultura en mármol. Resulta indiscutible ese elevado, casi sobrenatural, nivel de virtuosismo que deja con la boca abierta a cualquiera que visite la Capilla de Sansevero de Nápoles, en la que también se encuentran las obras maestras de Corradini, ídolo de Queirolo.
Se cuenta que el artista pasó años puliendo personalmente la obra con piedra pómez pues ninguno sus discípulos se atrevía a tocar esa prodigiosa red. Al parecer el artista vivió bajo la obsesión y el temor de que pudiera romperse en pedazos. Esta es una prueba más de la originalidad y la creatividad humana que no puede ser sustituida por ninguna inteligencia artificial y que puede surgir en cualquier lugar y momento donde el ser humano pueda crear y vivir en libertad.


La última palabra del artículo sintetiza el ideal a través del cual un genio de esta calidad pudo llegar a esa cúspide de virtuosismo: LIBERTAD (algo que en Europa y puntualmente en España ya se ha perdido y esperemos que no definitivamente…)