
«No soy un ferviente defensor de la publicidad en televisión. Pero tengo que reconocer que esta vez han acertado»
Me he encontrado, inopinadamente, con un anuncio televisivo que no prolifera demasiado en las pantallas. Se trata del spot navideño de la firma Campofrío.
En el mismo se nos plantea, a través de distintos actores, cómicos y presentadores, la presencia nociva de la polarización en nuestra sociedad. Una circunstancia basada en una dicotomía de buenos y malos, de los tuyos y los míos. El que no está conmigo… está contra mí. Un maniqueísmo de fachas y rojos que vuelve a aterrizar en las dos Españas.
El anuncio plantea, acertadamente, como se han ido radicalizando las ideas, quizás sustentadas en el ambiente político y su repercusión en los medios. Cómo estamos atentos a cualquier novedad, para contrarrestarla con el y “más tu”. Esta controversia se va introduciendo en ambientes más cercanos: las amistades, los compañeros de trabajo e incluso las familias, vamos entrando en una perpetua lucha ideológica que repercute en la convivencia diaria.
Me consta que hay tertulias, mantenidas durante años, a las que algunos miembros no acuden por temor a la discusión y el desencuentro. Me temo que, este año, en algunos de los tradicionales encuentros navideños, familiares o no, se va a acabar como “el rosario de la aurora”.
Los periódicos, la cadenas televisivas, los tertulianos y todos cuantos tienen acceso a los medios de alguna forma, no dudan en manifestar sus exacerbadas filias y folias arrastrando consigo a sus seguidores acérrimos.
Hemos pasado de ser del Madrid o del Barcelona a ser rojo o facha, intransigente y obstinado. Curiosamente, en una clase de Europa Contemporánea, tras un debate caluroso, llegamos a la conclusión de que el único día de estos años en que hemos estado de acuerdo y unidos todos los españoles fue el día 11 de julio de 2010. España se proclamó campeona del mundo de fútbol masculino.
Esta enfermedad, la polarización, tiene tratamiento. Escuchar a todo el mundo, pararse y pensar. Luego decidir si vale la pena dialogar con el interlocutor y finalmente, sacar nuestra propia conclusión, teniendo en cuenta que no existen las bondades ni las maldades absolutas. Aceptar el dialogo con quien lo sepa practicar y poner nuestro pequeño grano de arena en la discordia.
He descubierto que no tengo ninguna verdad absoluta. Que escuchando se aprende más que hablando y dialogando más que discutiendo. Y huyo como de la peste de los agitadores de masas y los salvadores de la patria. Son totalmente nocivos. Es el día de Nuestra Señora de la Esperanza. Confiemos en Ella.

